Agua clara, altas montañas y viñedos son los elementos que conforman el paisaje de esta región en el norte de Italia. Ahí en donde se esconden pueblos llenos de viandas y manjares para ofrecer a ojos y paladares.
lunes
Bersi Serlini
El cuerpo fuera de mi Olimpo
Me acordé de lo que una vez me dijo mi amiga italiana: “Charla, los turcos son puro cuerpo”. Sin embargo él no era turco, sino griego. Y aunque entre ellos tengan diferencias culturales y disputas históricas yo creo que los griegos también son puro cuerpo.
Verlo sentado frente a mi tocando una bella guitarra negra acústica, irradiando pasión en cada canción, observando todos sus movimientos -que eran los propios de quien se conecta con lo que está haciendo- me hizo sentir curiosidad por saber si el Ouzo es de verdad tan distinto al Raki.
Probablemente se llama Costas o Giles, Homer o Rhodes o Soterio, para mi ahora da lo mismo pues desconozco absolutamente todo de él. Casado, estudiante, empleado, migrante, soltero, gigoló, gay, adinerado…no tengo la menor idea de los adjetivos ni las condiciones que califican a su persona, por supuesto tampoco conocí su olor ni su textura.
Sólo por haberlo escuchado cantar y tocar me hubiera emborrachado de él si me lo hubiera permitido. Cantando de la manera que lo hizo entró con su voz en mis íntimas pieles. Mientras lo escuchaba me humedecí como si nadara en al Adriático. Era Eurínome.
Abrazando enamorado su guitarra como si fuera su mujer cantaba sin pena, con una voz que salía desde las entrañas que me hubiera gustado conocer. Su voz me penetraba desde los oídos, viajaba por mi cuerpo y se quedaba vibrando en tonos bajos ahí, en el lugar que lo esperaba.
No me vio en toda la noche. Concentrado en el tono, en la afinación, en las letras de las canciones que en griego e ingles cantó, no me dirigió una mirada en toda la noche. Yo sufría disfrutando, llamándole inútilmente con los ojos abiertos y fijos en su persona, mientras sentía la temperatura de mi cuerpo escalar grados de a poco a poco, fundando la certeza de que ese griego era puro cuerpo.
Pero ante su indiferencia la fantasía. Viendo sus antebrazos endurecidos por el esfuerzo de tocar, viendo sus ojos entreabiertos, viendo sus piernas marcar el ritmo que él llevaba dentro, viendo toda esa sensibilidad expresada pude entrar al mundo de las imágenes y de la fantasía. Ese en donde él me abrazaba fuerte y me besaba, en donde me cantaba una canción no aprendida ni por mi conocida en esa lengua que Eros y Afrodita entenderían. En las imágenes era una ninfa por Poseidón poseída. Ahí estaban todos los dioses y las diosas vigilándonos, festejando nuestro coito apasionado con música compuesta por Mikis Theodorakis.
Tanto recordar las historias de Hesíodo y Homero para distraerme, para evitar enfrentar mi apetito con su inapetencia que por primera vez no era de comida griega sino de sexo griego.
Yannis, Darius o Basilis, el griego que nunca volteo a verme, quien ni siquiera se percató de mi presencia cuando le canté “Bésame mucho” en silencio y con los ojos “como si fuera esta noche la última vez”…merece ser arrojado fuera de mi Olimpo.
Verlo sentado frente a mi tocando una bella guitarra negra acústica, irradiando pasión en cada canción, observando todos sus movimientos -que eran los propios de quien se conecta con lo que está haciendo- me hizo sentir curiosidad por saber si el Ouzo es de verdad tan distinto al Raki.
Probablemente se llama Costas o Giles, Homer o Rhodes o Soterio, para mi ahora da lo mismo pues desconozco absolutamente todo de él. Casado, estudiante, empleado, migrante, soltero, gigoló, gay, adinerado…no tengo la menor idea de los adjetivos ni las condiciones que califican a su persona, por supuesto tampoco conocí su olor ni su textura.
Sólo por haberlo escuchado cantar y tocar me hubiera emborrachado de él si me lo hubiera permitido. Cantando de la manera que lo hizo entró con su voz en mis íntimas pieles. Mientras lo escuchaba me humedecí como si nadara en al Adriático. Era Eurínome.
Abrazando enamorado su guitarra como si fuera su mujer cantaba sin pena, con una voz que salía desde las entrañas que me hubiera gustado conocer. Su voz me penetraba desde los oídos, viajaba por mi cuerpo y se quedaba vibrando en tonos bajos ahí, en el lugar que lo esperaba.
No me vio en toda la noche. Concentrado en el tono, en la afinación, en las letras de las canciones que en griego e ingles cantó, no me dirigió una mirada en toda la noche. Yo sufría disfrutando, llamándole inútilmente con los ojos abiertos y fijos en su persona, mientras sentía la temperatura de mi cuerpo escalar grados de a poco a poco, fundando la certeza de que ese griego era puro cuerpo.
Pero ante su indiferencia la fantasía. Viendo sus antebrazos endurecidos por el esfuerzo de tocar, viendo sus ojos entreabiertos, viendo sus piernas marcar el ritmo que él llevaba dentro, viendo toda esa sensibilidad expresada pude entrar al mundo de las imágenes y de la fantasía. Ese en donde él me abrazaba fuerte y me besaba, en donde me cantaba una canción no aprendida ni por mi conocida en esa lengua que Eros y Afrodita entenderían. En las imágenes era una ninfa por Poseidón poseída. Ahí estaban todos los dioses y las diosas vigilándonos, festejando nuestro coito apasionado con música compuesta por Mikis Theodorakis.
Tanto recordar las historias de Hesíodo y Homero para distraerme, para evitar enfrentar mi apetito con su inapetencia que por primera vez no era de comida griega sino de sexo griego.
Yannis, Darius o Basilis, el griego que nunca volteo a verme, quien ni siquiera se percató de mi presencia cuando le canté “Bésame mucho” en silencio y con los ojos “como si fuera esta noche la última vez”…merece ser arrojado fuera de mi Olimpo.
El pollo, el pez y el cangrejo real
Después de que el reconocido chef español Jesús Almagro ganó el concurso nacional de chefs en España, se preparó para competir por el Nobel de la cocina, como bautizó el premio Paul Bocuse -el padre de la nouvelle cuisine francesa-.De José Luis López-Linares, el documental El pollo, el pez y el cangrejo real (España 2008) es la crónica de Almagro preparándose para la competencia bienal Bocuse d’Or de 2007 en Lyon, Francia.
El documental muestra los avatares de Jesús Almagro para lograr definir el menú que debe realizarse con base en tres ingredientes: el pollo francés de Bresse, el fletán -un pescado noruego- y el, también noruego, cangrejo real.
Meses de trabajo, de experimentación, de pruebas refutadas y criticadas por otros expertos chefs españoles -como Juan María Arzak y Alberto Chicote- son presentados en 87 minutos. Pero también la desesperación de Almagro, sus intentos, frustraciones, ansiedades, creatividad e inventiva, y sobre todo su empeño por llegar a Francia y dejar saber que la cocina española tiene algo para mostrar al mundo (aunque el “mundo” jamás vayamos a probar sus creaciones).
Se trata de ganar el concurso mundial más importante de cocina desde 1987 participando en una competencia de los 24 mejores chefs. Mostrando dos charolas de comida para complacer y convencer ojos y paladares de un jurado de –también- 24 maestros de la cuisine, el concurso se realiza en dos días, con público que presencia las cocinas como teatros abiertos y a los cocineros –y sus ayudantes- como actores en un escenario representando una obra que dura 5 horas y 35 minutos. Después se cierra el telón pero empieza el show.
El documento visual deja ver cómo se organiza esta competencia con base en lineamientos y reglas muy claras y previamente definidas. Pero también se pueden observar cuáles son los criterios que se manejan para otorgar el premio. Como en toda toma de decisiones para entregar un premio o reconocimiento, el conflicto de intereses y la dominación de una noción hegemónica – en este caso de lo que la cuisine debe ser- son factores que caracterizan el Bocuse d’Or. Por lo que no es casualidad que en doce competencias el premio de oro se haya quedado en Francia seis veces.
El pollo, el pez y el cangrejo real da cuenta del lado humano de este mundo –elitista, masculino y masculinizado- que se representa con platos sofisticados, restaurantes lujosos, revistas especializadas, críticos culinarios y estrellas Michelin. Aquí la cocina –conocido como un ámbito privado y mujeril- se torna no un espacio físico y social, sino un campo de poder, en el cual se enfrentan distintos actores en la competencia por el prestigio y el reconocimiento, se confrontan nociones y discursos sobre los sabores, texturas y colores apropiados y sobre lo que un plato PERFECTO debe ser.
Almagro, quien dedicó meses enteros y se asesoró hasta por Serge Vieira (Bocuse d’Or 2005) e hizo probar a Arzar, a Chicote y a Roncero -entre otros- sus pruebas con pollo, pez y cangrejo, no logró la calificación esperada. España quedó en el noveno lugar.
Para quienes no tenemos aspiraciones más allá que de complacer a nuestros paladares más cercanos, una competencia como ésta queda fuera de nuestros objetivos. Pero es interesante y recomendable ver cómo una práctica tan cotidiana –como cocinar- y una necesidad tan humana –como comer- pueden construir un mundo aparte.
jueves
La terapia
Entró al consultorio y ya la estaba esperando. Vistiendo un elegante traje sastre de color rosa que combinaba perfectamente con sus zapatos color miel se acercó a ella con pasos lentos. Su lenguaje corporal la invitó a sentarse en el diván que tenía un tapiz rojo de piel. Ella, que no tenía muy claro porque había acordado esa cita, se quitó los zapatos y se acostó. El olor de unas velas encendidas le hizo sentirse un poco más relajada y cómoda.
“Veamos” –le dijo la doctora sentada a su lado, con la espalda perfectamente erecta, en una silla con tapiz negro de piel- “Según veo usted tuvo una niñez tranquila, libre de violencia y conflicto. Se inició en la vida sexual poco antes de cumplir los 19 años. Fue con un novio. No fue un acto violento quiero suponer”.
Ella pensaba en el diván que no, no fue un acto violento, fue un acto raro mientras sucedía pues para los dos era la primera vez y no sabían qué hacer ni cómo hacerlo. Tal vez la sangre fue violenta pero no fue un acto forzado ni involuntario. Estaba por contestar. Pero la doctora siguió hablando.
“Aquí tiene reportado un aborto. Tenía usted 22 años. Ese si me imagino fue un evento violento para su edad y su condición. ¿Tuvo usted un trauma o sentido de culpa por esta situación?...”
Ella estaba por contestarle, cuando la interrumpió. “Bueno, pero eso no es importante con lo que vamos a tratar aquí. Sigamos...en su formulario fue muy explícita. Empezó a masturbarse a los 25 años. Debo decir que fue un tanto tarde para una mujer de su generación. Me imagino que la educación y los valores le impidieron tener una relación más abierta con su cuerpo. Aunque aquí dice usted que no viene de una familia ni estricta, ni religiosa, ni conservadora.”
Recostada en el diván ella observaba el techo, impecablemente blanco, y pensaba en las razones por las que no se masturbó antes de los 25 años. Quizás fue porque no le faltó pareja, porque el sexo era bueno, porque se lo hacía con frecuencia, porque llegaba cansada de estudiar y trabajar, o porque no se le ocurrió tocarse antes. Pero no por ideologías represoras. Porque definitivamente relaciones abiertas, muy abiertas ya había tenido su cuerpo con otros cuerpos.
La doctora no esperó a que ella terminara la reflexión y prosiguió. “Nunca ha pasado más de un mes sin tener relaciones sexuales, cuando tiene pareja le gusta practicar el sexo diariamente, aunque desde que empezó a masturbarse reporta que lo hace mínimo cuatro veces por semana. ¿Inclusive cuando tiene pareja?”
Pues si, pensó ella. Se masturba cuando está sola, como parte de tener una relación más abierta con su cuerpo. Se ha dado cuenta de que los orgasmos clitorales son fáciles de lograr con sólo apretar un botón. Le gusta sentirse. Lo hace, en su casa, antes de dormir si está sola, en la regadera, a veces después de cenar, como postre, o cuando se acuerda de alguien y lo quiere homenajear. Le dice en silencio “este orgasmo es para ti”. En fin, que si, inclusive cuando tiene pareja se masturba.
Cruzando las piernas como apretándose el sexo, la doctora no le permitió terminar su pensamiento cuando siguió mencionando las respuestas dadas al formulario: “Ah!, registra que a los 31 años tuvo su primera experiencia de sexo anal y que ha mantenido relaciones con dos hombres simultáneamente y también ha formado parte de tríos con otra mujer y otro hombre, también estuvo con mujeres. ¿Son situaciones que práctica con frecuencia?”
Con esa pregunta su pensamiento estaba en otra parte. Básicamente recordando esas situaciones atípicas para ella que desgraciadamente no práctica con frecuencia porque, le quiso decir a la doctora, “a veces no tengo a nadie con quien coger”.
Pero la doctora se entretuvo con otra página del formulario en la cual ella había reportado que únicamente ha estado una vez con dos hombres y en dos ocasiones con un trío (que no era Los Panchos).
“Digamos que fueron experimentaciones. Es normal, cuando se es joven a veces la identidad sexual no se tiene clara y se atreve uno a formar parte de estas situaciones para saber y conocerse mejor.”
Ella no le quiso decir que esas situaciones normales para jóvenes no las experimentó a los 20 sino a los 30 años. Al parecer ese dato no había sido solicitado por el formulario.
“Bueno, sigamos” –dijo mientras pasaba a las hojas que faltaban de revisar- “No ha tenido experiencias con animales, tampoco con niños, no ha sufrido de ataques o violencia sexuales, no consume pornografía, pero contestó si a la pregunta sobre si le excitan las escenas de sexo que ve en cine o televisión”.
En ese momento ella estaba atenta a los detalles que había en el consultorio. La doctora tenía un tapete de Marruecos colgado de la pared, una tetera de Japón, una licorera de cristal de Bohemia, una escultura en madera de Java, un mate argentino, una muñeca victoriana de porcelana, un reloj cu-cu del sur de Alemania. Ella pensaba en los lugares en donde había estado y cogido alrededor del mundo.
La doctora la sacó del viaje que ella había iniciado a través de esos objetos. “Si, aquí dice que a usted le excitan las escenas sobre sexo que ve en la televisión o en el cine”.
Pues si, pensó ella. La excitan, como la excita una descripción de coito bien escrita en un novela, como la excita el olor a ajo y aceite, como la excita ver una cama destendida con un hombre a un lado, como la excitan algunas fotografías de Nan Goldie, como la excita el chocolate acompañado de vino tinto, como la excita que le jalen el cabello y le peguen en las nalgas, como la exhitan las camisetas para hombre blancas y con tirantes. Como la excitan muchas cosas en este mundo estando acompañada, pero también estando sola.
“Pero eso es normal, la excitación empieza en el cerebro que envía señales a los órganos sexuales y estos reaccionan. Es una cuestión fisiológica.”
En un momento pareció que la doctora se entretenía en una de las últimas paginas del formulario. Volteaba a verla de reojo. Regresó a la primera página a revisar algún dato de los generales. Volvió a la última.
“Bueno...-carraspeó un poco-... tiene usted 34 años y propensión y afición al sexo. No se le dificulta tenerlo inclusive con desconocidos. Ha tenido sexo con hombres de los que no sabe el nombre. O sea para usted el amor no es importante, para usted el sexo es otra cosa. No es sadomasoquista pero un poco de violencia la excita. Desde los 19 años hasta ahora ha tenido poco más de 40 parejas sexuales un promedio de 2.6 parejas distintas por año. ¿Cuál parece ser su problema?”
Ella se sentó sobre el diván. Se puso los zapatos que había dejado a un costado. Tomó su bolsa y se levantó. Se arregló la falda y la blusa. Se acomodó el cabello y le dijo:
“Eso era exactamente lo que quería que usted me dijera”.
Y se fue maldiciendo…“pinches terapias”.
“Veamos” –le dijo la doctora sentada a su lado, con la espalda perfectamente erecta, en una silla con tapiz negro de piel- “Según veo usted tuvo una niñez tranquila, libre de violencia y conflicto. Se inició en la vida sexual poco antes de cumplir los 19 años. Fue con un novio. No fue un acto violento quiero suponer”.
Ella pensaba en el diván que no, no fue un acto violento, fue un acto raro mientras sucedía pues para los dos era la primera vez y no sabían qué hacer ni cómo hacerlo. Tal vez la sangre fue violenta pero no fue un acto forzado ni involuntario. Estaba por contestar. Pero la doctora siguió hablando.
“Aquí tiene reportado un aborto. Tenía usted 22 años. Ese si me imagino fue un evento violento para su edad y su condición. ¿Tuvo usted un trauma o sentido de culpa por esta situación?...”
Ella estaba por contestarle, cuando la interrumpió. “Bueno, pero eso no es importante con lo que vamos a tratar aquí. Sigamos...en su formulario fue muy explícita. Empezó a masturbarse a los 25 años. Debo decir que fue un tanto tarde para una mujer de su generación. Me imagino que la educación y los valores le impidieron tener una relación más abierta con su cuerpo. Aunque aquí dice usted que no viene de una familia ni estricta, ni religiosa, ni conservadora.”
Recostada en el diván ella observaba el techo, impecablemente blanco, y pensaba en las razones por las que no se masturbó antes de los 25 años. Quizás fue porque no le faltó pareja, porque el sexo era bueno, porque se lo hacía con frecuencia, porque llegaba cansada de estudiar y trabajar, o porque no se le ocurrió tocarse antes. Pero no por ideologías represoras. Porque definitivamente relaciones abiertas, muy abiertas ya había tenido su cuerpo con otros cuerpos.
La doctora no esperó a que ella terminara la reflexión y prosiguió. “Nunca ha pasado más de un mes sin tener relaciones sexuales, cuando tiene pareja le gusta practicar el sexo diariamente, aunque desde que empezó a masturbarse reporta que lo hace mínimo cuatro veces por semana. ¿Inclusive cuando tiene pareja?”
Pues si, pensó ella. Se masturba cuando está sola, como parte de tener una relación más abierta con su cuerpo. Se ha dado cuenta de que los orgasmos clitorales son fáciles de lograr con sólo apretar un botón. Le gusta sentirse. Lo hace, en su casa, antes de dormir si está sola, en la regadera, a veces después de cenar, como postre, o cuando se acuerda de alguien y lo quiere homenajear. Le dice en silencio “este orgasmo es para ti”. En fin, que si, inclusive cuando tiene pareja se masturba.
Cruzando las piernas como apretándose el sexo, la doctora no le permitió terminar su pensamiento cuando siguió mencionando las respuestas dadas al formulario: “Ah!, registra que a los 31 años tuvo su primera experiencia de sexo anal y que ha mantenido relaciones con dos hombres simultáneamente y también ha formado parte de tríos con otra mujer y otro hombre, también estuvo con mujeres. ¿Son situaciones que práctica con frecuencia?”
Con esa pregunta su pensamiento estaba en otra parte. Básicamente recordando esas situaciones atípicas para ella que desgraciadamente no práctica con frecuencia porque, le quiso decir a la doctora, “a veces no tengo a nadie con quien coger”.
Pero la doctora se entretuvo con otra página del formulario en la cual ella había reportado que únicamente ha estado una vez con dos hombres y en dos ocasiones con un trío (que no era Los Panchos).
“Digamos que fueron experimentaciones. Es normal, cuando se es joven a veces la identidad sexual no se tiene clara y se atreve uno a formar parte de estas situaciones para saber y conocerse mejor.”
Ella no le quiso decir que esas situaciones normales para jóvenes no las experimentó a los 20 sino a los 30 años. Al parecer ese dato no había sido solicitado por el formulario.
“Bueno, sigamos” –dijo mientras pasaba a las hojas que faltaban de revisar- “No ha tenido experiencias con animales, tampoco con niños, no ha sufrido de ataques o violencia sexuales, no consume pornografía, pero contestó si a la pregunta sobre si le excitan las escenas de sexo que ve en cine o televisión”.
En ese momento ella estaba atenta a los detalles que había en el consultorio. La doctora tenía un tapete de Marruecos colgado de la pared, una tetera de Japón, una licorera de cristal de Bohemia, una escultura en madera de Java, un mate argentino, una muñeca victoriana de porcelana, un reloj cu-cu del sur de Alemania. Ella pensaba en los lugares en donde había estado y cogido alrededor del mundo.
La doctora la sacó del viaje que ella había iniciado a través de esos objetos. “Si, aquí dice que a usted le excitan las escenas sobre sexo que ve en la televisión o en el cine”.
Pues si, pensó ella. La excitan, como la excita una descripción de coito bien escrita en un novela, como la excita el olor a ajo y aceite, como la excita ver una cama destendida con un hombre a un lado, como la excitan algunas fotografías de Nan Goldie, como la excita el chocolate acompañado de vino tinto, como la excita que le jalen el cabello y le peguen en las nalgas, como la exhitan las camisetas para hombre blancas y con tirantes. Como la excitan muchas cosas en este mundo estando acompañada, pero también estando sola.
“Pero eso es normal, la excitación empieza en el cerebro que envía señales a los órganos sexuales y estos reaccionan. Es una cuestión fisiológica.”
En un momento pareció que la doctora se entretenía en una de las últimas paginas del formulario. Volteaba a verla de reojo. Regresó a la primera página a revisar algún dato de los generales. Volvió a la última.
“Bueno...-carraspeó un poco-... tiene usted 34 años y propensión y afición al sexo. No se le dificulta tenerlo inclusive con desconocidos. Ha tenido sexo con hombres de los que no sabe el nombre. O sea para usted el amor no es importante, para usted el sexo es otra cosa. No es sadomasoquista pero un poco de violencia la excita. Desde los 19 años hasta ahora ha tenido poco más de 40 parejas sexuales un promedio de 2.6 parejas distintas por año. ¿Cuál parece ser su problema?”
Ella se sentó sobre el diván. Se puso los zapatos que había dejado a un costado. Tomó su bolsa y se levantó. Se arregló la falda y la blusa. Se acomodó el cabello y le dijo:
“Eso era exactamente lo que quería que usted me dijera”.
Y se fue maldiciendo…“pinches terapias”.
Comer en el chilango.

Siempre lo he dicho: I Love D.F.
No nada más porque el centro histórico es uno de los más bonitos que he visto, o por el “rush” que tiene la ciudad que siempre respira agitada o porque ahí habitan amigos y amigas queridisim@s que visito cuando me paso por ahí. Sino porque me siento en casa. Jamás he cultivado la aberración –casi envidia- contra el chilango que han desarrollado en otros estados. A mi la gran Tenochtitlán me encanta.
Además de caminar por calles del centro, de la Roma, de Coyoacan o de Tlalpan, pasarme por alguna exposición y por varias librerías, intento ver a las amistades que andan del tingo al tango, por lo que quedar para comer o cenar es siempre muy práctico: sosegar la necesidad viendo y hablando con alguien apreciado.
Además de caminar por calles del centro, de la Roma, de Coyoacan o de Tlalpan, pasarme por alguna exposición y por varias librerías, intento ver a las amistades que andan del tingo al tango, por lo que quedar para comer o cenar es siempre muy práctico: sosegar la necesidad viendo y hablando con alguien apreciado.
La ciudad se presta para todo ya que las opciones van de la comida corrida de 35 pesos al restaurante de súper chef con estrellas Michelin y en medio todo es posible.
En esta última parada aproveche muy bien mi tiempo. El domingo que llegue mi anfitriona me invito a cenar a la Hostería de Santo Domingo, el restaurante más antiguo de México en el mero centro histórico. Tenía como doce años sin entrar y me pareció que sigue igual, tradicional, kitshona, mexicana. Pedí una pechuga de pollo ranchera (tipo al pastor) con nopal asado y de tomar agua de limón con chía. Creo que hay que ir a la Hostería mas seguido, el ambiente es familiar, la decoración divertida y el menú muy variado y muy típico. Es un buen pretexto para ir al centro histórico a degustar chiles en nogada, que sirven todo el año, o caldo de habas, sopa de medula, mole de olla y todo tipo de antojitos mexicanos (Belisario Domínguez, atrás de la plaza del mismo nombre). Otro buen pretexto en el corazón de la ciudad es El Café Tacuba (Tacuba 28) me gusta porque siento que me introduzco a una parte de la historia chilanga desconocida para mi. El edificio es precioso, su carta es amplia y sus enchiladas son ricas. Últimamente no he ido porque hay mucha gente y lista de espera. Pero siempre es una opción en la zona.
El lunes aprovechando que andaba por el sur me pase al mercado de Coyoacan famoso por sus quesadillas -que si están muy buenas- pero que yo dejo pasar por comer tostadas. Ya dentro del mercado, acercándome al área de la comida fui sintiendo el llamado de los meseros que te invitan a tomar un lugar en sus puestos. Pero yo le soy fiel a las “Tostadas Coyoacan”. Ahí Fernando le hace un homenaje a la tostada rifándosela con su destreza sirviendo de tinga, de ceviche o de pata, con su base de frijoles o aguacate según sea el caso y coronadas de lechuga, crema y queso. Yo soy tradicional y como siempre pedí la de champiñones, la de cochinita y la de salpicón, siempre las mismas y en ese orden. Agua de tamarindo para acompañar. Otra muy buena opción económica, rapidita y siempre súper rica. Con más tiempo hubiera llegado sin duda a comer a Los Danzantes en el jardín Centenario, cuyo menú mezcla sabores típicamente mexicanos con ingredientes extranjeros haciendo combinaciones muy interesantes, como el atún con mango y frijoles blancos cocidos en leche de coco o la hierbasanta rellena de queso de cabra y quesillo en salsa de miltomate y chile meco. Pero mejor aprovecho mis visitas a la ciudad de Oaxaca para ir a su restaurante que ademas es lindisimo.
Ese lunes por la noche me encontré con otra amiga. Nos fuimos a la colonia Roma buscando un restaurante de comida asiática, pues tenia antojo de un pad thai o un curry verde, y encontramos El Malayo cerrado. Yo no tenia ganas de comida italiana, cocina que por cierto abunda ahí y en cualquier parte de México. Dando vueltas llegamos a la Condechi que, aunque una quiera evitar, siempre ha de llegar. Terminamos en un bistro francés llamado Rojo. El Rojo Bistro es un lugar agradable, con una buena iluminación, el menú es variado pero (siempre hay un pero) para comer bien y beber un par de copas de vino si se necesitan unos 400-500 pesos por persona. Como no iba en ese plan me salte la entrada y el primer plato y elegí un segundo. Me costo trabajo pues todo se antojaba, pero el pato a mi me mata y lo como poco así que pato fue. A la naranja y frutas secas con puré de papas y un Pinot Noir francés. Ambas elecciones impecables. El pato estaba perfectamente cocinado, con la piel crujiente y la salsa de naranja y frutas secas le daba un sabor cítrico riquísimo que no se parecía al pato laqueado de la comida china (que bien hecho es una delicia igualmente). Estuve muy a gusto y en muy grata compañía. El Rojo Bistro es la excusa para ponerse el vestido negro corto al que no se le encuentra lugar, es ideal para una cena romántica o para celebrar un cumpleaños o un trabajo nuevo, pero con muy buen sueldo. (Amsterdam 71, Condesa).
El siguiente día me toco comer ahora si en la colonia Roma. Gracias a otra amiga, avecindada de la zona, descubrí el “Levadura”, un lugar que hubiera podido estar en el barrio de Prenzlauer Berg de Berlín. Un local de sencilla decoración, paredes blancas, una barrita y pocas mesas adentro y otras pocas afuera. El personal alivianado y el ambiente muy relajado. El “Levadura” tiene un menú distinto todos los días que da a conocer en una pizarra. Te ofrecen un primero que puede ser ensalada o pasta, un segundo y el postre, con una copa de vino el menú cuesta de 100 a 130 pesos, dependiendo del segundo que puede ser con pollo, pero también con salmón. Para el precio la comida es una ganga. Los platos están servidos en la proporción correcta y lo que comí estuvo muy rico. La ensalada ligerita y fresca de distintas lechugas con manzana muy buena como entrada. El segundo fue una delicia de codorniz asada con ajo y perejil acompañada de calabacitas salteadas, que afortunadamente deguste frente a una amiga pues comer dicha ave no es nada sensual. Para terminar un pudin de frutas del bosque. Por la relación calidad-precio el “Levadura” (Tonalá 23, colonia Roma) fue mi nuevo y grato descubrimiento.
Lamentablemente no me quede más días y no me moví por otras zonas. Generalmente quedo con gente a quienes la Condesa o la Roma les queda muy a la mano por lo que conozco muy bien el menú de carnes y comida argentina de El Zorzal (Tamaulipas y Alfonso Reyes), las hamburguesas de ahí a un lado, el Buena Tierra de comida fresca y nutritiva en donde me gusta desayunar (Atlixco 84). En Tlalpan me gusta el restaurante de comida yucateca del que olvido el nombre, pero esta en la plaza central, muy rico y autentico. En San Ángel me he pasado en ocasiones por el Cluny en donde las crepas son riquísimas y del que aun recuerdo la crema de flor de calabaza. Ahora se me pasan otros sitios, que seguramente he olvidado por el paso del tiempo, pero no por malos, que esos no se me olvidan. Por eso lo único que no como en el D.F. son tacos a los que incluso evito. Si un día alguien me muestra algo mejor que El Caliman o el Tizoncito entonces rectificare mi opinión.
Pero no los necesita, la ciudad de México es una experiencia de muchos tipos, con dinero destinado para ello también es una experiencia culinaria que de verdad no le pide nada a otras grandes capitales. Por eso simplemente I Love D.F.
viernes
El extrañado asado argentino
“Si esa primera noche que lo conocí no me lo hubiera cogido, después no me lo hubiera cogido nunca”, me dijo en un arranque de encabronamiento. “Si es un pinche flaco, ojeroso, drogadicto y huevón, no, si nada mas le faltaba robarme o vivir de mi sueldo”.
“Pero nunca lo hizo”, le dije yo para que se tranquilizara pues estaba a punto de ir a golpear a alguien ahí en el café de la plaza central. La cosa no era una tragedia. Pero era la primera vez que le veían la cara de pendeja. Y que a una le vean la cara de pendeja ya entrada en los treinta años y, además, que te la vea el hombre con el que te acuestas es, primero, una mala sorpresa, y después una desagradable experiencia.
“El muy cabrón con sus recaditos y sus llamadas para decirme cualquier cantidad de pendejadas con su acentillo sudamericano…¿a poco no lo viste con esos ojos de borrego moribundo? Si la pendeja fui yo por creerle a ese chamaco, porque eso es, un pinche chamaco veinteañero que se llena la nariz de speed para irse los sábados a bailar mala música electrónica, con sus amigos, una bola de drogadictos apestosos buenos para nada”.
Yo me preguntaba ¿Por qué tanto rencor? Oye reinita, si te enamoraste lo entiendo, pero si como se supone lo único que sientes es el orgullo herido ¿Por qué despotricar sin parar y no dejarlo ir, si ultimadamente es un pinche chamaco imbécil?
No, pero no paraba, como era normal en ella. Primero porque le creyó todas y cada una de las razones, que resultaron mentiras, que le dio para –de un día para otro- dejarla. Y luego porque vio con sus propios ojos lo que en realidad sucedía: el chamaco ya estaba con otra chamaca. “Pero si era de esperarse, además la pinche vieja esta igual de fea que él y será una pendeja igual”.
Igual, ¿que tú o igual que él? me preguntaba yo. Oye mi reina, ¿Para qué, porqué, cómo fue que duraste cinco meses acostándote con un baboso, inútil que se droga todos los fines de semana y que además es feo? La respuesta que debí sospechar llegó mientras le daba un sorbo a mi capuchino.
“¡No te imaginas como cogía!.” Me dijo con los ojos abiertos como dos platos. “Así como lo viste de flaco y con sus dreads, con aspecto de que no se baña muy seguido, ¡uta, era una onda la que teníamos en la cama! que hacía mucho no sentía con nadie. Un contacto de piel, una conexión en la mirada, un placer…AB-SO-LU-TO”. Absoluto, es un placer que no conozco, lo pensé pero no se lo dije. Pero ella estaba ya roja –no de pena, sino de emoción- contándome los detalles de la tocadera, la besadera, la lamedera, la abrazadera, la acurrucadera, la meneadera y la movedera, que junto con la penetradera la dejaron como una loca cinco meses al hilo. “Es que no pasaron más de dos días sin que lo hiciéramos, a veces tres veces en el día, a veces tres veces en el mismo rato. Una vez lo hicimos dormidos. ¿Te imaginas?, ¡estábamos dormidos!..era un pinche loco”.
¿Y tu, mi reina?…quería preguntarle. ¿Tú no eras una pinche loca desquiciada, completamente desarmada por un chamaco que se había salido de Argentina con su pasaporte holandés para conquistar Europa y que llegó a un pueblo quesero a trabajar para comer y a no hacer nada de provecho?
“Era una cosa!...pero una cosa! (hasta la boca se le hacía agua al hablar)...mira, sudábamos inclusive en el invierno, a mi se me antojaba estar con él todo el día, pensaba en el sexo hasta cuando lo estábamos haciendo, a veces yo ya estaba lista para irme a la oficina y desde la cama el muy cabrón me hablaba para que me despidiera y ándale! otra vez a la folladera. No, de verdad, era incontrolable”.
¿Tu o él?, pensaba yo: ¿Qué era lo incontrolable?, ¿las ganas?, ¿la calentura?, o ¿tu vanidad por sentirte deseada o la de el tipo por sentirse un semental? ¿Qué era lo incontrolable? ¿sus ganas por controlarte a través de la cama o tus ganas por no dejarte controlar y portarte como nunca lo habías hecho antes?
“Perdí la cabeza. Pero yo sabía que se terminaría pues empezó como juego, yo sabía que no iba a durar más de lo necesario pues no era un tipo para mí –porque es un chamaco- (proseguía ella). No me enamoré, de eso estoy segura, pero desde la primera vez estar en la cama con él me hizo sentir todos y cada uno de los poros de mi cuerpo abiertos exudando mares, me hizo sentir el corazón en medio de las piernas latiendo a mil por hora y escalofríos por la piel, me convertía en un lago tibio y su sexo en el animal que lo nadaba con maestría. De verdad, pero de verdad te lo digo, que si en un orgasmo me hubiera muerto no me hubiera importando. Y saber que no todos los hombres hacen sentir eso, es lo único que me pesa. Voy a extrañarlo. Porque así, así como con ese pedazo de asado argentino no me voy a volver a sentir en mucho tiempo”.
Me quedé pensando. ¿Por qué el sexo puede ser tan bueno o mejor cuando no hay amor? ¿Qué nos inhibe a sentirlo plenamente cuando estamos enamorados? ¿Son las expectativas en una relación, en la pareja, las que nos bloquean los sentidos? ¿Por qué es más posible dejarnos ir con todo cuando la otra persona no importa absolutamente o no va a importar absolutamente? Ella seguía hablando pero yo no la escuchaba todavía. Empecé a recordar mis experiencias y terminé calculando que he cogido mas y mejor con amantes de ocasión que con los amores de mi vida.
“Ya, no te preocupes por mi, voy a estar bien, más se perdió en la guerra”, me dijo para regresarme de mis pensamiento. Apagó su cigarro: “Se está haciendo tarde y hoy ceno con un colega del trabajo, uruguayo por cierto, a ver, en una de esas la carne asada con leña es mejor que la carne asada al carbón”.
Ya no dije nada. Cuando a una le gusta la manta fiada, aunque se la den a peso, como dice mi abuela.
“Pero nunca lo hizo”, le dije yo para que se tranquilizara pues estaba a punto de ir a golpear a alguien ahí en el café de la plaza central. La cosa no era una tragedia. Pero era la primera vez que le veían la cara de pendeja. Y que a una le vean la cara de pendeja ya entrada en los treinta años y, además, que te la vea el hombre con el que te acuestas es, primero, una mala sorpresa, y después una desagradable experiencia.
“El muy cabrón con sus recaditos y sus llamadas para decirme cualquier cantidad de pendejadas con su acentillo sudamericano…¿a poco no lo viste con esos ojos de borrego moribundo? Si la pendeja fui yo por creerle a ese chamaco, porque eso es, un pinche chamaco veinteañero que se llena la nariz de speed para irse los sábados a bailar mala música electrónica, con sus amigos, una bola de drogadictos apestosos buenos para nada”.
Yo me preguntaba ¿Por qué tanto rencor? Oye reinita, si te enamoraste lo entiendo, pero si como se supone lo único que sientes es el orgullo herido ¿Por qué despotricar sin parar y no dejarlo ir, si ultimadamente es un pinche chamaco imbécil?
No, pero no paraba, como era normal en ella. Primero porque le creyó todas y cada una de las razones, que resultaron mentiras, que le dio para –de un día para otro- dejarla. Y luego porque vio con sus propios ojos lo que en realidad sucedía: el chamaco ya estaba con otra chamaca. “Pero si era de esperarse, además la pinche vieja esta igual de fea que él y será una pendeja igual”.
Igual, ¿que tú o igual que él? me preguntaba yo. Oye mi reina, ¿Para qué, porqué, cómo fue que duraste cinco meses acostándote con un baboso, inútil que se droga todos los fines de semana y que además es feo? La respuesta que debí sospechar llegó mientras le daba un sorbo a mi capuchino.
“¡No te imaginas como cogía!.” Me dijo con los ojos abiertos como dos platos. “Así como lo viste de flaco y con sus dreads, con aspecto de que no se baña muy seguido, ¡uta, era una onda la que teníamos en la cama! que hacía mucho no sentía con nadie. Un contacto de piel, una conexión en la mirada, un placer…AB-SO-LU-TO”. Absoluto, es un placer que no conozco, lo pensé pero no se lo dije. Pero ella estaba ya roja –no de pena, sino de emoción- contándome los detalles de la tocadera, la besadera, la lamedera, la abrazadera, la acurrucadera, la meneadera y la movedera, que junto con la penetradera la dejaron como una loca cinco meses al hilo. “Es que no pasaron más de dos días sin que lo hiciéramos, a veces tres veces en el día, a veces tres veces en el mismo rato. Una vez lo hicimos dormidos. ¿Te imaginas?, ¡estábamos dormidos!..era un pinche loco”.
¿Y tu, mi reina?…quería preguntarle. ¿Tú no eras una pinche loca desquiciada, completamente desarmada por un chamaco que se había salido de Argentina con su pasaporte holandés para conquistar Europa y que llegó a un pueblo quesero a trabajar para comer y a no hacer nada de provecho?
“Era una cosa!...pero una cosa! (hasta la boca se le hacía agua al hablar)...mira, sudábamos inclusive en el invierno, a mi se me antojaba estar con él todo el día, pensaba en el sexo hasta cuando lo estábamos haciendo, a veces yo ya estaba lista para irme a la oficina y desde la cama el muy cabrón me hablaba para que me despidiera y ándale! otra vez a la folladera. No, de verdad, era incontrolable”.
¿Tu o él?, pensaba yo: ¿Qué era lo incontrolable?, ¿las ganas?, ¿la calentura?, o ¿tu vanidad por sentirte deseada o la de el tipo por sentirse un semental? ¿Qué era lo incontrolable? ¿sus ganas por controlarte a través de la cama o tus ganas por no dejarte controlar y portarte como nunca lo habías hecho antes?
“Perdí la cabeza. Pero yo sabía que se terminaría pues empezó como juego, yo sabía que no iba a durar más de lo necesario pues no era un tipo para mí –porque es un chamaco- (proseguía ella). No me enamoré, de eso estoy segura, pero desde la primera vez estar en la cama con él me hizo sentir todos y cada uno de los poros de mi cuerpo abiertos exudando mares, me hizo sentir el corazón en medio de las piernas latiendo a mil por hora y escalofríos por la piel, me convertía en un lago tibio y su sexo en el animal que lo nadaba con maestría. De verdad, pero de verdad te lo digo, que si en un orgasmo me hubiera muerto no me hubiera importando. Y saber que no todos los hombres hacen sentir eso, es lo único que me pesa. Voy a extrañarlo. Porque así, así como con ese pedazo de asado argentino no me voy a volver a sentir en mucho tiempo”.
Me quedé pensando. ¿Por qué el sexo puede ser tan bueno o mejor cuando no hay amor? ¿Qué nos inhibe a sentirlo plenamente cuando estamos enamorados? ¿Son las expectativas en una relación, en la pareja, las que nos bloquean los sentidos? ¿Por qué es más posible dejarnos ir con todo cuando la otra persona no importa absolutamente o no va a importar absolutamente? Ella seguía hablando pero yo no la escuchaba todavía. Empecé a recordar mis experiencias y terminé calculando que he cogido mas y mejor con amantes de ocasión que con los amores de mi vida.
“Ya, no te preocupes por mi, voy a estar bien, más se perdió en la guerra”, me dijo para regresarme de mis pensamiento. Apagó su cigarro: “Se está haciendo tarde y hoy ceno con un colega del trabajo, uruguayo por cierto, a ver, en una de esas la carne asada con leña es mejor que la carne asada al carbón”.
Ya no dije nada. Cuando a una le gusta la manta fiada, aunque se la den a peso, como dice mi abuela.
jueves
Cosquillitas ahi
Fue durante unas vacaciones de verano. En esos largos días de sol y claridad durante los cuales pasaba el tiempo en la calle con el grupo de vecinas de mi barrio. En esos días salíamos a jugar a la playa, que nos quedaba a una cuadra y cruzábamos "al otro lado" caminando por la arena haciéndonos pasaportes de cartulina por si llegaban los de la “border patrol” a pedirnos documentos. Antes apenas aparecían esos gorilas y cuando llegaban ni caso nos hacían.
Íbamos “al otro lado” todos los días, jugábamos en el parque que está ahí juntito -en donde dice que es el limite entre México y Estados Unidos- y nos sentíamos muy cucas porque estábamos solas “en los Estados Unidos”. En esos veranos los días volaban y desde las 12 del día estábamos en la calle. Cuando no estábamos comiendo una “nieve de frosty”, estábamos patinando sobre la banqueta o comiendo nachos con queso, o comprando paletas de helado de cajeta, o platicando en la esquina con los vecinos o jugando quemados contra la pared de una vecina que nos odiaba por eso o montando bicicleta. Y fue justo en una bicicleta que supe que ese algo que dios me puso en medio de las piernas y que me hacía diferente a los niños, tenía vida propia.
En esa ocasión íbamos en bicicleta las seis que formábamos el grupo. Habíamos hecho una excusión y veníamos bajando en bicicleta una calle empedrada. Yo en mi bicicleta de mediados de los ochenta, -de asiento largo, ancho de atrás y angosto de enfrente-, llevaba a mi hermana menor detrás, por lo que tuve que acercarme a la orilla del asiento. Iba yo sentada en la punta apretando las piernas, cuando el constante brinco causado por el empedrado de la calle provocó un, igual de constante, roce de mi vagina con el asiento.
Empecé a sentir calor y humedad y una sensación amable, por decirlo de alguna manera. Al terminar el trayecto insistí en volver a bajar la calle, pero ninguna de mis amigas quería repetir. Me esperaron en la esquina comiéndose unas paletas de semaforo con chamoy. Yo subí obligando a mi hermana a hacerlo conmigo, pues quería volver a tener la misma posición en el asiento. Empecé el trayecto mas arriba, para que el descenso fuera un poco más largo. Sabía que se llegaba alguna parte con esa sensación, intuía que no podía quedarse en eso. Subí con mi hermana, nos fuimos hasta la cumbre de la calle, nos sentamos las dos, me acerqué a la orilla del asiento, apreté el sexo y los muslos contra él, provoqué el roce, empecé a sentir eso que no sabía cómo se llamaba pero que estaba sintiendo. Se fue haciendo más intenso hasta que llegó una oleada de humedad mayor y me dieron cosquillas ahí.
Reí al bajarme de la bicicleta, con muchas ganas de meterme la mano entre las piernas, sentía como entumecido, hormigas que recorrían esa parte que ahora estaba relajada.
Fue mi primera vez.
Íbamos “al otro lado” todos los días, jugábamos en el parque que está ahí juntito -en donde dice que es el limite entre México y Estados Unidos- y nos sentíamos muy cucas porque estábamos solas “en los Estados Unidos”. En esos veranos los días volaban y desde las 12 del día estábamos en la calle. Cuando no estábamos comiendo una “nieve de frosty”, estábamos patinando sobre la banqueta o comiendo nachos con queso, o comprando paletas de helado de cajeta, o platicando en la esquina con los vecinos o jugando quemados contra la pared de una vecina que nos odiaba por eso o montando bicicleta. Y fue justo en una bicicleta que supe que ese algo que dios me puso en medio de las piernas y que me hacía diferente a los niños, tenía vida propia.
En esa ocasión íbamos en bicicleta las seis que formábamos el grupo. Habíamos hecho una excusión y veníamos bajando en bicicleta una calle empedrada. Yo en mi bicicleta de mediados de los ochenta, -de asiento largo, ancho de atrás y angosto de enfrente-, llevaba a mi hermana menor detrás, por lo que tuve que acercarme a la orilla del asiento. Iba yo sentada en la punta apretando las piernas, cuando el constante brinco causado por el empedrado de la calle provocó un, igual de constante, roce de mi vagina con el asiento.
Empecé a sentir calor y humedad y una sensación amable, por decirlo de alguna manera. Al terminar el trayecto insistí en volver a bajar la calle, pero ninguna de mis amigas quería repetir. Me esperaron en la esquina comiéndose unas paletas de semaforo con chamoy. Yo subí obligando a mi hermana a hacerlo conmigo, pues quería volver a tener la misma posición en el asiento. Empecé el trayecto mas arriba, para que el descenso fuera un poco más largo. Sabía que se llegaba alguna parte con esa sensación, intuía que no podía quedarse en eso. Subí con mi hermana, nos fuimos hasta la cumbre de la calle, nos sentamos las dos, me acerqué a la orilla del asiento, apreté el sexo y los muslos contra él, provoqué el roce, empecé a sentir eso que no sabía cómo se llamaba pero que estaba sintiendo. Se fue haciendo más intenso hasta que llegó una oleada de humedad mayor y me dieron cosquillas ahí.
Reí al bajarme de la bicicleta, con muchas ganas de meterme la mano entre las piernas, sentía como entumecido, hormigas que recorrían esa parte que ahora estaba relajada.
Fue mi primera vez.
lunes
Tamaliza en la mixteca...
miércoles
Un inoportuno olor a chocolate
Era de noche. Siempre me esperaba a que oscureciera para llegar a su casa. No era difícil en esa ciudad que escondía el sol tan temprano en el invierno. Aunque hacia frío –y porque hacia frío- llegaba sudando a su casa…y no era de nervios.
Un trayecto de 27 minutos en bicicleta separaba su casa de la mía y en el invierno ese trayecto yo trataba de hacerlo en menos minutos. La consecuencia de mi cadencia y mi ritmo era el sudor que me empapaba la espalda bajo tanto trapo.
Sostén, camiseta de tirantes, blusa, suéter, abrigo, bufanda, guantes, gorro, medias a medio muslo, calentadoras bajo los pantalones, botas. Por meses el ritual de salir y entrar de un lugar implicaba minutos de poner y quitar prendas. Dependiendo del contexto una cosa podría ser más divertida que la otra.
Llegue roja de las mejillas y agitada por el calor y por el frío. Tenía la nariz escarchada, los ojos llorosos por el aire congelado. Amarre mi bicicleta con su candado a una reja segura. Subí las escaleras al primer piso de su puerta. Mientras lo hacía me quitaba el gorro y los guantes, me iba desanudando la bufanda.
Cuando se abrió la puerta un par de ojos azules como un cielo de verano aparecieron para recibirme. Y entonces me abrazó y me besó como si no me hubiera visto en semanas. En realidad no recuerdo si habíamos pasado semanas sin vernos.
Me desabrochó el abrigo, me quitó el suéter. Yo quería hacer lo mismo pero él tenía ya “demasiada poca” -como se dice en su lengua- ropa. La chimenea y la estufa encendida provocaron varios y agradables grados en la sala de su casa. Por eso estaba esperándome en playera, jeans y calcetines.
Le gustaba cocinar y esa tarde me estaba preparando algo muy típico y tradicional. Yo me quejaba con frecuencia de la comida, pues la propia del lugar puede ser bastante monótona y aburrida. Él me demostró lo contrario en varias ocasiones.
Pero ahora no quiero recordar el menú que estaba preparando con carne por supuesto, con papas por supuesto, con salchichas por supuesto y algo de col…pero por supuesto.
Quiero recordar que estaba contento porque su novia se había ido a visitar a su familia cerca del Rhin. Estaba contento porque había avanzado en la escritura de su novela. Estaba contento porque con el trabajo de ese helado mes podía descansar varios y dedicarse a lo suyo.
Pero estaba especialmente contento porque yo estaba ahí. Y hacer feliz a la gente es mi mayor placer.
Me quité los zapatos, como siempre que hay un limpio piso de madera. Me ofreció un Riesling blanco para preparar el estomago. La carne en la estufa necesitaba más tiempo para cocinarse. Y nosotros necesitábamos tiempo para cocinarnos.
De verdad no recuerdo cuanto tiempo había pasado desde mi última visita, pero estábamos contentos porque estábamos ahí.
Los olores de la cocina llegaban a la sala en donde descalzos jugábamos una guerra de pies arriba del sofá.
La lámpara encendida daba una tenue iluminación a la sala.
Nos besamos como lo hacíamos cuando sabíamos que queríamos tenernos.
Bajamos yo sobre él, él sobre mí. El sofá se nos hacia chico pero las posibilidades eran varias.
La carne estaba en su punto. Sólo un poco más de su propio jugo para que no se pegue.
Regresó a la sala y dijo que pronto podríamos comer. Seguimos.
Yo ya estaba comiendo.
Con las medias a medio muslo aun puestas y el sostén en su lugar nos fuimos acercando a la ventana, hasta que me senté sobre el bordo. La ventana no tenía cortina y daba a la calle. Una calle poco transitada -es cierto- pero con muchas otras ventanas.
En pocos segundos ya estaba penetrándome y yo chocaba la espalda contra el vidrio. Me tomaba del cuello para evitar un golpe. Yo lo tomaba del culo para no quebrarle los cristales.
Sentía que alguien nos veía. Aunque estaba de espaldas y no podía confirmar quien era y desde donde, me parecía imposible que de entre tantas y tantas ventanas frente a la nuestra nadie estuviera viendo una espalda y un culo de mujer y la cara del vecino fornicando en publico.
La idea me excito más. Me hubiera gustado ver (simultáneamente al acto) quien nos veía –un hombre o una mujer, estaría joven o seria viejo, guapo o feo- me hubiera gustado saber cómo se sentía -se estaría divirtiendo, se estaría masturbando, se estaría sorprendiendo, se estaría burlando, se le estaría antojando-.
Imaginando al posible “voyeur” terminé sin piedad.
Un olor a chocolate se intensificó y me dio risa imaginar que mi vagina mojada y complacida podía oler a chocolate. En ese momento él se acordó del postre en el horno.
El “Schwarzwaelder Kirschtorte” gritó y salió (literalmente) corriendo a la cocina. En decir el nombre del postre se llevó varios segundos.
Me pare sobre mis pies y así, con medias a medio muslo y sostén voltee hacia fuera para ver quien nos observaba. No vi a nadie. Las ventanas estaban oscuras.
Nosotros cenamos y después preparamos juntos el postre que es de gran manufactura y es una delicia.
Volví a esa casa algunas veces. No en pocas ocasiones, mientras acomodaba mi bicicleta, distintas personas vecinas de la calle me veían con mirada extraña o curiosa. Incluso hubo quienes me saludaban de lejos.
Imaginé que no había sido uno quien me había visto esa vez a través de la ventana. Imaginé que dimos un espectáculo público para deleite de la calle. Imaginé que esa noche varios de los vecinos hicieron el amor con pasión y deseo. Y concluí que por primera y única vez en mi vida el chocolate de esa Schwarzwaelder Kirschtorte había sido absolutamente inoportuno.
Un trayecto de 27 minutos en bicicleta separaba su casa de la mía y en el invierno ese trayecto yo trataba de hacerlo en menos minutos. La consecuencia de mi cadencia y mi ritmo era el sudor que me empapaba la espalda bajo tanto trapo.
Sostén, camiseta de tirantes, blusa, suéter, abrigo, bufanda, guantes, gorro, medias a medio muslo, calentadoras bajo los pantalones, botas. Por meses el ritual de salir y entrar de un lugar implicaba minutos de poner y quitar prendas. Dependiendo del contexto una cosa podría ser más divertida que la otra.
Llegue roja de las mejillas y agitada por el calor y por el frío. Tenía la nariz escarchada, los ojos llorosos por el aire congelado. Amarre mi bicicleta con su candado a una reja segura. Subí las escaleras al primer piso de su puerta. Mientras lo hacía me quitaba el gorro y los guantes, me iba desanudando la bufanda.
Cuando se abrió la puerta un par de ojos azules como un cielo de verano aparecieron para recibirme. Y entonces me abrazó y me besó como si no me hubiera visto en semanas. En realidad no recuerdo si habíamos pasado semanas sin vernos.
Me desabrochó el abrigo, me quitó el suéter. Yo quería hacer lo mismo pero él tenía ya “demasiada poca” -como se dice en su lengua- ropa. La chimenea y la estufa encendida provocaron varios y agradables grados en la sala de su casa. Por eso estaba esperándome en playera, jeans y calcetines.
Le gustaba cocinar y esa tarde me estaba preparando algo muy típico y tradicional. Yo me quejaba con frecuencia de la comida, pues la propia del lugar puede ser bastante monótona y aburrida. Él me demostró lo contrario en varias ocasiones.
Pero ahora no quiero recordar el menú que estaba preparando con carne por supuesto, con papas por supuesto, con salchichas por supuesto y algo de col…pero por supuesto.
Quiero recordar que estaba contento porque su novia se había ido a visitar a su familia cerca del Rhin. Estaba contento porque había avanzado en la escritura de su novela. Estaba contento porque con el trabajo de ese helado mes podía descansar varios y dedicarse a lo suyo.
Pero estaba especialmente contento porque yo estaba ahí. Y hacer feliz a la gente es mi mayor placer.
Me quité los zapatos, como siempre que hay un limpio piso de madera. Me ofreció un Riesling blanco para preparar el estomago. La carne en la estufa necesitaba más tiempo para cocinarse. Y nosotros necesitábamos tiempo para cocinarnos.
De verdad no recuerdo cuanto tiempo había pasado desde mi última visita, pero estábamos contentos porque estábamos ahí.
Los olores de la cocina llegaban a la sala en donde descalzos jugábamos una guerra de pies arriba del sofá.
La lámpara encendida daba una tenue iluminación a la sala.
Nos besamos como lo hacíamos cuando sabíamos que queríamos tenernos.
Bajamos yo sobre él, él sobre mí. El sofá se nos hacia chico pero las posibilidades eran varias.
La carne estaba en su punto. Sólo un poco más de su propio jugo para que no se pegue.
Regresó a la sala y dijo que pronto podríamos comer. Seguimos.
Yo ya estaba comiendo.
Con las medias a medio muslo aun puestas y el sostén en su lugar nos fuimos acercando a la ventana, hasta que me senté sobre el bordo. La ventana no tenía cortina y daba a la calle. Una calle poco transitada -es cierto- pero con muchas otras ventanas.
En pocos segundos ya estaba penetrándome y yo chocaba la espalda contra el vidrio. Me tomaba del cuello para evitar un golpe. Yo lo tomaba del culo para no quebrarle los cristales.
Sentía que alguien nos veía. Aunque estaba de espaldas y no podía confirmar quien era y desde donde, me parecía imposible que de entre tantas y tantas ventanas frente a la nuestra nadie estuviera viendo una espalda y un culo de mujer y la cara del vecino fornicando en publico.
La idea me excito más. Me hubiera gustado ver (simultáneamente al acto) quien nos veía –un hombre o una mujer, estaría joven o seria viejo, guapo o feo- me hubiera gustado saber cómo se sentía -se estaría divirtiendo, se estaría masturbando, se estaría sorprendiendo, se estaría burlando, se le estaría antojando-.
Imaginando al posible “voyeur” terminé sin piedad.
Un olor a chocolate se intensificó y me dio risa imaginar que mi vagina mojada y complacida podía oler a chocolate. En ese momento él se acordó del postre en el horno.
El “Schwarzwaelder Kirschtorte” gritó y salió (literalmente) corriendo a la cocina. En decir el nombre del postre se llevó varios segundos.
Me pare sobre mis pies y así, con medias a medio muslo y sostén voltee hacia fuera para ver quien nos observaba. No vi a nadie. Las ventanas estaban oscuras.
Nosotros cenamos y después preparamos juntos el postre que es de gran manufactura y es una delicia.
Volví a esa casa algunas veces. No en pocas ocasiones, mientras acomodaba mi bicicleta, distintas personas vecinas de la calle me veían con mirada extraña o curiosa. Incluso hubo quienes me saludaban de lejos.
Imaginé que no había sido uno quien me había visto esa vez a través de la ventana. Imaginé que dimos un espectáculo público para deleite de la calle. Imaginé que esa noche varios de los vecinos hicieron el amor con pasión y deseo. Y concluí que por primera y única vez en mi vida el chocolate de esa Schwarzwaelder Kirschtorte había sido absolutamente inoportuno.
viernes
Mi ultima mesa del OCHO
miércoles
Deseo para esta navidad
Querido Santa,
Se que este año mi comportamiento deja mucho que desear, sin embargo no pierdo la esperanza de que cuando metas a tu costal los regalos para quienes algo te pidieron te acuerdes de mi. En esta época de crisis de todo tipo sé que lo que deseo para el próximo 25 de diciembre es casi imposible de conseguir: amanecer con el hombre perfecto. Por lo mismo y para que veas que no me pongo exquisita te doy las características a tomar en cuenta por si algo se te atraviesa uno entre el polo norte y mi casa.
De preferencia moreno y con cabello oscuro (aunque esta visto que a los rubios tampoco les hago el feo). De preferencia que no pase de los 40 (aunque a los 50 hay unos que con la experiencia conquistan). De preferencia que se dedique a algo que no tenga nada que ver con lo que yo hago (pero si es antropólogo social tampoco lo voy a regresar). De preferencia que no comparta mi nacionalidad (pero si es un buen producto nacional te lo agradeceré). De preferencia que no tenga arraigo a ninguna parte (pero si ya tiene casa propia no esta de mas). De preferencia que ya tenga hijos (para que no me los pida a mi). De preferencia que su familia viva en otra parte (y que la vaya a visitar seguido). De preferencia con inclinaciones artísticas (pero no de “performero”). De preferencia que no le importe si soy soltera, casada, viuda o divorciada (y que no pregunte si estoy en vías de convertirme en algo de esto).
De preferencia que no hable mucho (pero que sepa escuchar). De preferencia que le guste mucho cocinar (pero que tambien le guste salir a comer fuera). De preferencia que no beba mucho (pero que no le importe si yo bebo de mas). De preferencia que no fume en exceso y de preferencia que no se drogue (si, ya se que eso esta muy difícil). De preferencia que le guste escuchar música (como la que yo escucho). De preferencia que le guste ver “pelis” (pero no todos los domingos comiendo pizzas). De preferencia que tenga un hobby o una afición (pero que no sea coleccionar algo). De preferencia que le guste hacer ejercicio (pero que no quiera hacerlo conmigo).
De preferencia que tenga un pene de tamaño normal (ni muy grande que lastime, ni muy chico que no se sienta) y sin circuncidar (y de un color no muy claro pero tampoco muy oscuro, pero eso dependerá del hombre que encuentres). De preferencia que le guste el sexo de mañana (pero que antes se lave los dientes). De preferencia que se fije en la ropa linda interior que uso (y que no la quite como lobo hambreado). De preferencia que disfrute el sexo oral (pero hacerlo no solo que se lo hagan). De preferencia que le guste un poco de violencia en la cama (pero que no olvide que es sólo un juego). De preferencia que haga realidad sus perversiones conmigo (y no que únicamente las diga en la borrachera con los amigos). De preferencia que tenga ganas todos los días (o cinco veces por semana). De preferencia que no gima en exceso (el escándalo me desconcentra) pero que tampoco se haga el muerto tendido sobre la cama.
De preferencia que le gusten los viajes (sobretodo los que haré yo sola). De preferencia que no tenga ganas de matrimonio (pero tampoco de una cana al aire). De preferencia que sea limpio y de preferencia que use desodorante y perfume. De preferencia que sea un caballero (pero que no me trate como a una inútil). De preferencia que tenga carro (para que se vaya a dormir a su casa). De preferencia que le guste el fútbol (pero no solo verlo sino practicarlo).
De preferencia que no pregunte sobre mi pasado (que incluye ex -amantes, novios, y esposos). De preferencia que sus animales domésticos no duerman con él (que coger con gemidos caninos o gritos felinos me mato la libido mas de una vez). De preferencia que no hable de su pasado (pero que me avise cuando nos topemos con una ex pareja suya). De preferencia que tenga detalles amables (como dejarme sola cuando lo necesito, no molestarme cuando hago yoga, no hablar de temas que desconoce, no sugerir tips mientras cocino, dedicarle tiempo a mi perro y a mi gato, etc.).
Santa, si evalúas la petición no estoy pidiendo a Superman. Sólo un hombre de carne y hueso (con un poco mas de carne y cartílago que hueso) que le guste comer bien y coger con alegría y que de preferencia cuente con algunas de las características arriba señaladas (son detallitos).
Sin otro particular quedo de ti
Muy Atentamente
Se que este año mi comportamiento deja mucho que desear, sin embargo no pierdo la esperanza de que cuando metas a tu costal los regalos para quienes algo te pidieron te acuerdes de mi. En esta época de crisis de todo tipo sé que lo que deseo para el próximo 25 de diciembre es casi imposible de conseguir: amanecer con el hombre perfecto. Por lo mismo y para que veas que no me pongo exquisita te doy las características a tomar en cuenta por si algo se te atraviesa uno entre el polo norte y mi casa.
De preferencia moreno y con cabello oscuro (aunque esta visto que a los rubios tampoco les hago el feo). De preferencia que no pase de los 40 (aunque a los 50 hay unos que con la experiencia conquistan). De preferencia que se dedique a algo que no tenga nada que ver con lo que yo hago (pero si es antropólogo social tampoco lo voy a regresar). De preferencia que no comparta mi nacionalidad (pero si es un buen producto nacional te lo agradeceré). De preferencia que no tenga arraigo a ninguna parte (pero si ya tiene casa propia no esta de mas). De preferencia que ya tenga hijos (para que no me los pida a mi). De preferencia que su familia viva en otra parte (y que la vaya a visitar seguido). De preferencia con inclinaciones artísticas (pero no de “performero”). De preferencia que no le importe si soy soltera, casada, viuda o divorciada (y que no pregunte si estoy en vías de convertirme en algo de esto).
De preferencia que no hable mucho (pero que sepa escuchar). De preferencia que le guste mucho cocinar (pero que tambien le guste salir a comer fuera). De preferencia que no beba mucho (pero que no le importe si yo bebo de mas). De preferencia que no fume en exceso y de preferencia que no se drogue (si, ya se que eso esta muy difícil). De preferencia que le guste escuchar música (como la que yo escucho). De preferencia que le guste ver “pelis” (pero no todos los domingos comiendo pizzas). De preferencia que tenga un hobby o una afición (pero que no sea coleccionar algo). De preferencia que le guste hacer ejercicio (pero que no quiera hacerlo conmigo).
De preferencia que tenga un pene de tamaño normal (ni muy grande que lastime, ni muy chico que no se sienta) y sin circuncidar (y de un color no muy claro pero tampoco muy oscuro, pero eso dependerá del hombre que encuentres). De preferencia que le guste el sexo de mañana (pero que antes se lave los dientes). De preferencia que se fije en la ropa linda interior que uso (y que no la quite como lobo hambreado). De preferencia que disfrute el sexo oral (pero hacerlo no solo que se lo hagan). De preferencia que le guste un poco de violencia en la cama (pero que no olvide que es sólo un juego). De preferencia que haga realidad sus perversiones conmigo (y no que únicamente las diga en la borrachera con los amigos). De preferencia que tenga ganas todos los días (o cinco veces por semana). De preferencia que no gima en exceso (el escándalo me desconcentra) pero que tampoco se haga el muerto tendido sobre la cama.
De preferencia que le gusten los viajes (sobretodo los que haré yo sola). De preferencia que no tenga ganas de matrimonio (pero tampoco de una cana al aire). De preferencia que sea limpio y de preferencia que use desodorante y perfume. De preferencia que sea un caballero (pero que no me trate como a una inútil). De preferencia que tenga carro (para que se vaya a dormir a su casa). De preferencia que le guste el fútbol (pero no solo verlo sino practicarlo).
De preferencia que no pregunte sobre mi pasado (que incluye ex -amantes, novios, y esposos). De preferencia que sus animales domésticos no duerman con él (que coger con gemidos caninos o gritos felinos me mato la libido mas de una vez). De preferencia que no hable de su pasado (pero que me avise cuando nos topemos con una ex pareja suya). De preferencia que tenga detalles amables (como dejarme sola cuando lo necesito, no molestarme cuando hago yoga, no hablar de temas que desconoce, no sugerir tips mientras cocino, dedicarle tiempo a mi perro y a mi gato, etc.).
Santa, si evalúas la petición no estoy pidiendo a Superman. Sólo un hombre de carne y hueso (con un poco mas de carne y cartílago que hueso) que le guste comer bien y coger con alegría y que de preferencia cuente con algunas de las características arriba señaladas (son detallitos).
Sin otro particular quedo de ti
Muy Atentamente
martes
Comiendo cine
En ocasiones cuando no pienso sólo en comida, o sólo en sexo, o no pienso sólo en esta combinación, pienso en las combinaciones de, por ejemplo, sexo y literatura y se me va la tarde recordando los libros que he leído en donde el sexo y la cama tienen un rol protagónico. Hay quienes dicen que es pornografía y otros que es literatura erótica. Yo mejor no digo nada.
En estos días de frío se me antojó ver películas sobre comida y cocinas. Entonces me di a la tarea de buscar una lista de películas que incluyeran a estas como un tema en sí mismo. Películas que le hubieran dedicado a la práctica de cocinar, de comer o de compartir la comida un argumento con el fin de contar una historia.
Me acordé de Tampopo (Japón, 1986); del memorable Festín de Babette (Dinamarca, 1987), del drama familiar en La Búche (Francia, 1999), de los platos exóticos de Eat, drink, man, woman (Taiwán, 1993), del sirviente que debía complacer a comensales en Versalles, Vatel (Francia, 2000), de la exquisita Politiki Kouzina (Grecia, 2003).
Encontré por supuesto más que han usado la comida para sus títulos (Chocolat, El olor de la papaya verde, Fried Green Tomatos, por poner unos ejemplos). Sideways, una historia divertida e inteligente para hablar del vino que –por cierto- dejo muy mal parado al Merlot.
Como agua para chocolate (México, 1992) –muy mexican curios, para mi gusto- dejó una imagen espectacular de la cocina mexicana, pues gran parte de la historia pasa en la cocina (espacio social básico e importante de la reproducción cultural en nuestro país), así como de la comida, que como sustancia que penetra los cuerpos promueve, desinhibe y cataliza sentimientos y emociones. Lindas metáforas.
Seguí buscando en mi memoria y en la tienda de videos, pregunté entre amigos. Conseguí varias y ahora tengo una buena selección que no incluye Women on the top (EEUU, 2000), qué mal gusto enlistar esa película como una que trata sobre cocina y comida!.
En fin que en dicha búsqueda me encontré con otro subtema sobre el cine y la falta de comida, o sea la hambruna, la escasez y la pobreza. Ya que sobre la otra combinación hay bastaste para leer y es menos triste, les comparto el ensayo de Bettina Bremme sobre “La comida en el cine latinoamericano”, que también trae lista de películas que no estaría mal degustar un dia.
http://www.jornada.unam.mx/2007/09/16/sem-bettina.html
En estos días de frío se me antojó ver películas sobre comida y cocinas. Entonces me di a la tarea de buscar una lista de películas que incluyeran a estas como un tema en sí mismo. Películas que le hubieran dedicado a la práctica de cocinar, de comer o de compartir la comida un argumento con el fin de contar una historia.
Me acordé de Tampopo (Japón, 1986); del memorable Festín de Babette (Dinamarca, 1987), del drama familiar en La Búche (Francia, 1999), de los platos exóticos de Eat, drink, man, woman (Taiwán, 1993), del sirviente que debía complacer a comensales en Versalles, Vatel (Francia, 2000), de la exquisita Politiki Kouzina (Grecia, 2003).
Encontré por supuesto más que han usado la comida para sus títulos (Chocolat, El olor de la papaya verde, Fried Green Tomatos, por poner unos ejemplos). Sideways, una historia divertida e inteligente para hablar del vino que –por cierto- dejo muy mal parado al Merlot.
Como agua para chocolate (México, 1992) –muy mexican curios, para mi gusto- dejó una imagen espectacular de la cocina mexicana, pues gran parte de la historia pasa en la cocina (espacio social básico e importante de la reproducción cultural en nuestro país), así como de la comida, que como sustancia que penetra los cuerpos promueve, desinhibe y cataliza sentimientos y emociones. Lindas metáforas.
Seguí buscando en mi memoria y en la tienda de videos, pregunté entre amigos. Conseguí varias y ahora tengo una buena selección que no incluye Women on the top (EEUU, 2000), qué mal gusto enlistar esa película como una que trata sobre cocina y comida!.
En fin que en dicha búsqueda me encontré con otro subtema sobre el cine y la falta de comida, o sea la hambruna, la escasez y la pobreza. Ya que sobre la otra combinación hay bastaste para leer y es menos triste, les comparto el ensayo de Bettina Bremme sobre “La comida en el cine latinoamericano”, que también trae lista de películas que no estaría mal degustar un dia.
http://www.jornada.unam.mx/2007/09/16/sem-bettina.html
viernes
Menú mixteco…
Chilate rojo o amarillo
Mole sin chocolate (con pollo, guajolote o res)
Tortillas a mano hechas de maíz fresco
Chirimoyas
Ticutas
Empanadas de Xilacayote
Chileajo de puerco con perejil fresco
Amarillo de pollo
Barbacoa de chivo
Totopos con nopales
Granadas
Pozole blanco con hierbasanta
Tortitas de frijoles molidos
Dulce de calabaza
Chayotes con miel
Fraile, pepicha y cilantro
Aguacates criollos
Rdiky de res
Quesillo y queso fresco
Aguardiente y mezcal
Curados de capulín, piña, nanche, coco o guayaba
Mole sin chocolate (con pollo, guajolote o res)
Tortillas a mano hechas de maíz fresco
Chirimoyas
Ticutas
Empanadas de Xilacayote
Chileajo de puerco con perejil fresco
Amarillo de pollo
Barbacoa de chivo
Totopos con nopales
Granadas
Pozole blanco con hierbasanta
Tortitas de frijoles molidos
Dulce de calabaza
Chayotes con miel
Fraile, pepicha y cilantro
Aguacates criollos
Rdiky de res
Quesillo y queso fresco
Aguardiente y mezcal
Curados de capulín, piña, nanche, coco o guayaba
Mi unico plato de Borscht
Nos conocimos en un restaurante. Bueno, en realidad no nos conocimos, la primera vez nos vimos en un restaurante.
Yo lo vi primero. Él estaba comiendo con un par de amigos y me llamó la atención su traje oscuro y su corbata naranja (color audaz que tambien cubría mi cocina de aquel entonces). Resaltaba de sobremanera con su tez blanca, sus ojos azules y su castaño claro del cabello.
Él me vio después, lo sentí.
Nos vimos directamente a los ojos cuando estábamos, cada quien en su mesa, pagando la cuenta. Él no fue discreto y yo respondí con la misma indiscreción. No me gustan los rubios, pero ese rubio si me gustó (dije lo mismo de los árabes y…). Antes de irme pasé por su mesa y le dejé mi número de teléfono en un papel. No voltee a verlo.
Me llamo al día siguiente por la noche. Por el tono me di cuenta de que como yo, era un extranjero.
Quedamos para el día siguiente en el CCCP, un bar ubicado en la Torstrasse, en Mitte, el centro de lo que fuera la parte oriental de Berlín.
Nos encontramos en la barra a las 10 de la noche. Pedimos un par de cervezas y hablamos de nada pues en realidad nos veíamos los labios y los ojos. Antes de terminar la segunda cerveza ya me tomaba de la cintura y me acercaba a su cuerpo. El tipo sabía a lo que iba y yo también. Estábamos ansiosos.
Yo de niña siempre había tenido curiosidad por la URSS, por su idioma con alfabeto indescifrable, por el tamaño de su geografía, por todo lo que se decía sobre los “ruskys”, por Lenin embalsamado y Trotsky asesinado en México, por la literatura, por el símbolo de la hoz y el martillo, por la arquitectura de San Basilio, por todo lo que parecía tan diferente. La URSS era para mí la imagen de otro planeta y los rusos habían sido enigma.
Pero de nada de eso trató la conversación de esa noche. Ni de ninguna otra.
Después de intentar ubicarnos en algo para evitar la realidad –que no teníamos nada de que hablar-, decidimos ir a comer. El ruido y el humo de cigarro fueron una excelente excusa para salir del CCCP.
El ruso me llevo al “Borscht”. Un restaurante de comida de su país que yo absolutamente desconocía (tanto el sitio, como la comida de su país, y en ese entonces su país también).
Llego hablando ruso y todos le contestaban en tan singular lengua. Pidió dos vodkas para calentar el estomago. O al menos esa entendí era la intención de tomarlos sin haber comido algo antes. Me presento a sus amigos y conocidos. Demasiados Vladimires, Ivanoves, Paveles, Alexanderes, Sergeis, y todos esos nombres que abundan en La Madre de Máximo Gorki.
Al sentarnos nos pasaron dos platos con Borscht precisamente. Ahí conocí esta típica sopa rusa de betabel, col y crema que es una delicia hasta para quienes, como yo, odiamos el betabel. Después vino el pastel de poro, cebollas y papa en una pasta de hojaldre, con una sencilla ensalada de pepino, pilav y zanahoria y un plato de pelmenis (los raviolis rusos).
Yo estaba concentrada en la comida y esperando irme de ahí lo más pronto posible. Me entretenía ver al resto de los comensales –en su mayoría rusos-, con quienes compartía una larga mesa. Imaginé que estábamos en una taberna de un pueblo siberiano perdido en la blanca nada. Me acordé de Ana Karenina. Esa noche hacia frío también en Berlín. Extrañé no tener la confianza -y que los rusos no la provocaran- para pedir un poco de lo que había en otros platos para probar la variedad.
Sin embargo el vodka seguía fluyendo, así como el pan con un queso ácido y salado que combinaban con jitomate fresco.
El ruso hablaba y hablaba sin parar en su lengua materna y paterna con todos a su alrededor; su rostro se enrojecía por el calor del vodka. El mío por las miradas provocadoras que me lanzaba. Seguramente hablaba de sus planes conmigo pues miembros de su público también me lanzaban miradas, que no provocadoras, pero si curiosas.
Después de un rato alguien tuvo la amabilidad de preguntarme sobre mi procedencia y hacer algo de conversación. Me dijo que, por mi apariencia física, podría ser de alguna de las regiones del sur de Rusia. No supe si era un halago o un insulto. También me dijeron que me parecía a Frida Kahlo. Quise suponer que lo decían por el hecho de que iba a darle asilo sexual a un ruso y no por el bigote.
Después de comer pasaron el postre. Unas oladi, croquetas de manzana y zanahoria espolvoreadas de azúcar glas. Un cierre perfecto.
El ruso me preguntó sobre mis planes para esa noche. Era la una, “por dios! rusky, que pregunta!”.
Nos fuimos a su casa que, casualmente, estaba a dos cuadras del lugar.
Me ofreció algo de beber. Otro vaso más de vodka y te juro que vomito el borscht, le dije amablemente. Omitió la insistencia y nos dirigimos al sofá ya que el ruso vivía solo.
El sexo fue bueno, aunque me sobró alcohol y a él le faltó, por aquello que el alcohol desinhibe. Las miradas que lanzaba eran más cachondas que el ruso en si.
Era la primera vez que me acostaba con alguien tan eslavo, con un sexo tan rosado (de color, no de textura). Era demasiado ruso, por así decirlo. Esa primera noche preferí no quedarme. Y después se me hizo hábito pues la curiosidad de volver a verlo una segunda vez me hizo verlo muchas otras noches.
Se volvió itinerario, rutina y agenda de invierno. Sólo nos veíamos para lo mismo, casi siempre en un restaurante italiano y después siempre en su cama. Comodidad buscada y concedida. El ruso era un fan de las pastas y la pizza, no volví a comer Borscht con él, a pesar de que se lo pedía con el mismo entusiasmo con el que le pedía mi orgasmo semanal. Cada semana imaginaba que iríamos a comer Borscht antes de ir a la cama. No sucedía.
No sabíamos mucho el uno del otro y cuando hablábamos mentíamos descaradamente. Él había aprendido muy bien alemán, pero su conocimiento de inglés y español era nulo. Como yo tenía pocos meses en la ciudad, la conversación era básica, de “Grundstufe”. Nunca hablamos ni de Tolstoi, ni de Dostovyeski, ni de Gogol, ni de Chejov, ni de ningún grande de las letras de su país. Nunca le dije que uno de mis sueños era ir a Moscú. Nunca lo invite a mi casa, nunca dormimos juntos.
La cosa no iba ni mal, ni bien. Más bien no iba.
Un buen día el ruso me dejó. Sin explicaciones, sin demasiadas palabras, sin pasión, sin pleitos, sin ternura, sin disculpas.
En la única llamada que nos hacíamos a la semana para ponernos de acuerdo para el encuentro, me dijo que ya no nos veríamos más. Me dijo que había sido un placer conocerme, que el tiempo que paso conmigo lo paso bastante bien, que se divirtió mucho (ah! gracias) pero que no creía necesario (nuetzlich! dijo el eslavo) que nos siguiéramos viendo. Entonces el ruso dejo de ser un enigma.
Yo no hice drama. Pues no era para tanto, aunque dejo un raro vacío de algo. Creo que fue de ese buen plato de Borscht.
Yo lo vi primero. Él estaba comiendo con un par de amigos y me llamó la atención su traje oscuro y su corbata naranja (color audaz que tambien cubría mi cocina de aquel entonces). Resaltaba de sobremanera con su tez blanca, sus ojos azules y su castaño claro del cabello.
Él me vio después, lo sentí.
Nos vimos directamente a los ojos cuando estábamos, cada quien en su mesa, pagando la cuenta. Él no fue discreto y yo respondí con la misma indiscreción. No me gustan los rubios, pero ese rubio si me gustó (dije lo mismo de los árabes y…). Antes de irme pasé por su mesa y le dejé mi número de teléfono en un papel. No voltee a verlo.
Me llamo al día siguiente por la noche. Por el tono me di cuenta de que como yo, era un extranjero.
Quedamos para el día siguiente en el CCCP, un bar ubicado en la Torstrasse, en Mitte, el centro de lo que fuera la parte oriental de Berlín.
Nos encontramos en la barra a las 10 de la noche. Pedimos un par de cervezas y hablamos de nada pues en realidad nos veíamos los labios y los ojos. Antes de terminar la segunda cerveza ya me tomaba de la cintura y me acercaba a su cuerpo. El tipo sabía a lo que iba y yo también. Estábamos ansiosos.
Yo de niña siempre había tenido curiosidad por la URSS, por su idioma con alfabeto indescifrable, por el tamaño de su geografía, por todo lo que se decía sobre los “ruskys”, por Lenin embalsamado y Trotsky asesinado en México, por la literatura, por el símbolo de la hoz y el martillo, por la arquitectura de San Basilio, por todo lo que parecía tan diferente. La URSS era para mí la imagen de otro planeta y los rusos habían sido enigma.
Pero de nada de eso trató la conversación de esa noche. Ni de ninguna otra.
Después de intentar ubicarnos en algo para evitar la realidad –que no teníamos nada de que hablar-, decidimos ir a comer. El ruido y el humo de cigarro fueron una excelente excusa para salir del CCCP.
El ruso me llevo al “Borscht”. Un restaurante de comida de su país que yo absolutamente desconocía (tanto el sitio, como la comida de su país, y en ese entonces su país también).Llego hablando ruso y todos le contestaban en tan singular lengua. Pidió dos vodkas para calentar el estomago. O al menos esa entendí era la intención de tomarlos sin haber comido algo antes. Me presento a sus amigos y conocidos. Demasiados Vladimires, Ivanoves, Paveles, Alexanderes, Sergeis, y todos esos nombres que abundan en La Madre de Máximo Gorki.
Al sentarnos nos pasaron dos platos con Borscht precisamente. Ahí conocí esta típica sopa rusa de betabel, col y crema que es una delicia hasta para quienes, como yo, odiamos el betabel. Después vino el pastel de poro, cebollas y papa en una pasta de hojaldre, con una sencilla ensalada de pepino, pilav y zanahoria y un plato de pelmenis (los raviolis rusos).
Yo estaba concentrada en la comida y esperando irme de ahí lo más pronto posible. Me entretenía ver al resto de los comensales –en su mayoría rusos-, con quienes compartía una larga mesa. Imaginé que estábamos en una taberna de un pueblo siberiano perdido en la blanca nada. Me acordé de Ana Karenina. Esa noche hacia frío también en Berlín. Extrañé no tener la confianza -y que los rusos no la provocaran- para pedir un poco de lo que había en otros platos para probar la variedad.
Sin embargo el vodka seguía fluyendo, así como el pan con un queso ácido y salado que combinaban con jitomate fresco.
El ruso hablaba y hablaba sin parar en su lengua materna y paterna con todos a su alrededor; su rostro se enrojecía por el calor del vodka. El mío por las miradas provocadoras que me lanzaba. Seguramente hablaba de sus planes conmigo pues miembros de su público también me lanzaban miradas, que no provocadoras, pero si curiosas.
Después de un rato alguien tuvo la amabilidad de preguntarme sobre mi procedencia y hacer algo de conversación. Me dijo que, por mi apariencia física, podría ser de alguna de las regiones del sur de Rusia. No supe si era un halago o un insulto. También me dijeron que me parecía a Frida Kahlo. Quise suponer que lo decían por el hecho de que iba a darle asilo sexual a un ruso y no por el bigote.
Después de comer pasaron el postre. Unas oladi, croquetas de manzana y zanahoria espolvoreadas de azúcar glas. Un cierre perfecto.
El ruso me preguntó sobre mis planes para esa noche. Era la una, “por dios! rusky, que pregunta!”.
Nos fuimos a su casa que, casualmente, estaba a dos cuadras del lugar.
Me ofreció algo de beber. Otro vaso más de vodka y te juro que vomito el borscht, le dije amablemente. Omitió la insistencia y nos dirigimos al sofá ya que el ruso vivía solo.
El sexo fue bueno, aunque me sobró alcohol y a él le faltó, por aquello que el alcohol desinhibe. Las miradas que lanzaba eran más cachondas que el ruso en si.
Era la primera vez que me acostaba con alguien tan eslavo, con un sexo tan rosado (de color, no de textura). Era demasiado ruso, por así decirlo. Esa primera noche preferí no quedarme. Y después se me hizo hábito pues la curiosidad de volver a verlo una segunda vez me hizo verlo muchas otras noches.
Se volvió itinerario, rutina y agenda de invierno. Sólo nos veíamos para lo mismo, casi siempre en un restaurante italiano y después siempre en su cama. Comodidad buscada y concedida. El ruso era un fan de las pastas y la pizza, no volví a comer Borscht con él, a pesar de que se lo pedía con el mismo entusiasmo con el que le pedía mi orgasmo semanal. Cada semana imaginaba que iríamos a comer Borscht antes de ir a la cama. No sucedía.
No sabíamos mucho el uno del otro y cuando hablábamos mentíamos descaradamente. Él había aprendido muy bien alemán, pero su conocimiento de inglés y español era nulo. Como yo tenía pocos meses en la ciudad, la conversación era básica, de “Grundstufe”. Nunca hablamos ni de Tolstoi, ni de Dostovyeski, ni de Gogol, ni de Chejov, ni de ningún grande de las letras de su país. Nunca le dije que uno de mis sueños era ir a Moscú. Nunca lo invite a mi casa, nunca dormimos juntos.
La cosa no iba ni mal, ni bien. Más bien no iba.
Un buen día el ruso me dejó. Sin explicaciones, sin demasiadas palabras, sin pasión, sin pleitos, sin ternura, sin disculpas.
En la única llamada que nos hacíamos a la semana para ponernos de acuerdo para el encuentro, me dijo que ya no nos veríamos más. Me dijo que había sido un placer conocerme, que el tiempo que paso conmigo lo paso bastante bien, que se divirtió mucho (ah! gracias) pero que no creía necesario (nuetzlich! dijo el eslavo) que nos siguiéramos viendo. Entonces el ruso dejo de ser un enigma.
Yo no hice drama. Pues no era para tanto, aunque dejo un raro vacío de algo. Creo que fue de ese buen plato de Borscht.
jueves
La Biznaga...un cactus mestizo en Oaxaca
Después de mi natal Baja California, Oaxaca es el estado que mejor conozco, al que más he visitado y en el que más tiempo me he quedado. Cuestiones de trabajo me llevaron en 1999 a conocer la ciudad capital. Después me ha tocado recorrer los valles, las sierras, el itsmo y la costa. Me gusta estar en Oaxaca, me gusta el clima, me gusta la gente, me gusta el ambiente, me gusta la artesanía y la ropa, me gusta la música y cuando estoy ahí me siento como en mi casa.
La comida fue obviamente uno de los elementos que me enamoró del lugar. El mole en sus varias presentaciones que es motivo de un festival de manteles largos durante julio en la capital. El mezcal, el tejate, las tlayudas, los tamales en hoja de plátano, el chocolate en agua, el buen café de la sierra, los helados de garrafa de la iglesia de La Soledad y tantas otras delicias hacen de la cocina oaxaqueña una de las mas ricas del país.
Pero cuando ya se conoce tan bien el folclore culinario, nada más refrescante que visitar un oasis de sabores nuevos y variados, de combinaciones arriesgadas y exóticas, y por que no hasta eróticas.
Eso es La Biznaga, un restaurante muy original ubicado en una vieja casona con patio interior en el centro de Oaxaca.
Conocí el lugar invitada por un colega antropólogo al que también le gusta comer bien. Después he vuelto sola varias veces. El sitio es muy agradable. Las mesas están ubicadas en el patio central de la casa, con un gusto rusticon pero refinado. A la izquierda hay una barra larga con un buen número de distintos licores, también una variedad de cervezas que incluye algunas europeas. Sirven vino tinto o blanco por copa o por botella.
El personal es amable y el ambiente es bastante relajado. Las veces que he estado ahí he comido con música muy bien elegida, electrónica suave, chill out, algunas mezclas de jazz con electrónica, o Lila Downs cuando se ponen oaxaqueños.
Generalmente doy banderazo de salida con un mezcal de cedrón de la casa. Ahí sirven uno que se llama Los Palenqueros. Además de las naranjas de rigor, te sirven una botana de zanahorias con limón, sal y chile.
El menú está escrito en dos pizarrones grandes que cuelgan de una viga, quedando frente a las mesas. Se enlistan, en el pizarrón del lado derecho las entradas, las sopas y las ensaladas, mientras que el pollo, la carne, el pescado y los postres en el del lado izquierdo.
A mi me gusta mucho empezar con Las Calendas, que es una hoja grande de hierba santa asada rellena de queso, flor de calabaza y rajas de chile poblano. No recuerdo haber pedido otra entrada distinta, porque a mi la hierba santa me encanta. Me he saltado generalmente las sopas -de cuatro quesos, de verduras, tipo crema o caldo- pero la silvestre con champiñones y tocino es una delicia.
Después sigo con una ensalada. Me gusta la Fresca con espinacas, toronja, nueces picadas y tocino y me gusta la Tehuana con berros, pera, roquefort y pistachos. Siempre me tardo mucho en decidir el plato fuerte pues todo se me antoja. Conozco el pollo Sandunga con plátano macho en mole de guayaba que es una delicia, también el filete de res El Necio, en salsa de chile pasilla, ciruela y mezcal, semi-acidito. He comido el filete De la Sierra, que es un pedazo de tasajo con hongo portobello, nuez y queso de cabra, un poco picosito. El pescado Al Pastor que es riquísimo, servido en una cama de piña, nopales y cebollitas. Generalmente la guarnición es arroz y sirven tortillas de maíz. La última vez me decidí por los camarones al Ajillo, servidos en una cama de arroz con una salsa de mole de tamarindo y rodajitas de chile frito. No me arrepentí.
Pero cuando ya se conoce tan bien el folclore culinario, nada más refrescante que visitar un oasis de sabores nuevos y variados, de combinaciones arriesgadas y exóticas, y por que no hasta eróticas.
Eso es La Biznaga, un restaurante muy original ubicado en una vieja casona con patio interior en el centro de Oaxaca.
Conocí el lugar invitada por un colega antropólogo al que también le gusta comer bien. Después he vuelto sola varias veces. El sitio es muy agradable. Las mesas están ubicadas en el patio central de la casa, con un gusto rusticon pero refinado. A la izquierda hay una barra larga con un buen número de distintos licores, también una variedad de cervezas que incluye algunas europeas. Sirven vino tinto o blanco por copa o por botella.
El personal es amable y el ambiente es bastante relajado. Las veces que he estado ahí he comido con música muy bien elegida, electrónica suave, chill out, algunas mezclas de jazz con electrónica, o Lila Downs cuando se ponen oaxaqueños.
Generalmente doy banderazo de salida con un mezcal de cedrón de la casa. Ahí sirven uno que se llama Los Palenqueros. Además de las naranjas de rigor, te sirven una botana de zanahorias con limón, sal y chile.
El menú está escrito en dos pizarrones grandes que cuelgan de una viga, quedando frente a las mesas. Se enlistan, en el pizarrón del lado derecho las entradas, las sopas y las ensaladas, mientras que el pollo, la carne, el pescado y los postres en el del lado izquierdo.
A mi me gusta mucho empezar con Las Calendas, que es una hoja grande de hierba santa asada rellena de queso, flor de calabaza y rajas de chile poblano. No recuerdo haber pedido otra entrada distinta, porque a mi la hierba santa me encanta. Me he saltado generalmente las sopas -de cuatro quesos, de verduras, tipo crema o caldo- pero la silvestre con champiñones y tocino es una delicia.
Después sigo con una ensalada. Me gusta la Fresca con espinacas, toronja, nueces picadas y tocino y me gusta la Tehuana con berros, pera, roquefort y pistachos. Siempre me tardo mucho en decidir el plato fuerte pues todo se me antoja. Conozco el pollo Sandunga con plátano macho en mole de guayaba que es una delicia, también el filete de res El Necio, en salsa de chile pasilla, ciruela y mezcal, semi-acidito. He comido el filete De la Sierra, que es un pedazo de tasajo con hongo portobello, nuez y queso de cabra, un poco picosito. El pescado Al Pastor que es riquísimo, servido en una cama de piña, nopales y cebollitas. Generalmente la guarnición es arroz y sirven tortillas de maíz. La última vez me decidí por los camarones al Ajillo, servidos en una cama de arroz con una salsa de mole de tamarindo y rodajitas de chile frito. No me arrepentí.
Todo, absolutamente todo vale la pena probar, por eso hay que dejar espacio para el postre.
Conozco el Cinco hermanos que es una mousse de chocolate con guayaba; el Susto (mi favorito) que es un flan de coco con una salsa de cajeta al mezcal y la Lechuza: tarta de almendra con pera y un jarabe de chocolate. También tienen típicos helados de garrafa.
Ir a La Biznaga es una experiencia, y no lo digo porque vi ahí una vez comiendo a Pedro Armendáriz Jr., sino por el viaje de sabores tan variado y tan distinto que ofrece su singular menú. No deja de ser comida mexicana con ingredientes de la región, pero combinados con ingredientes de otras partes el resultado son combinaciones pertinentes y gustos distintos.
A precios bastante razonables, La Biznaga es uno de mis lugares favoritos para comer en México. Contrario a su nombre, no es un cactus en el seco desierto, el sitio es un bálsamo en el centro de la capital oaxaqueña.
Info: www.myspace.com/labiznaga (una actualización y mejor diseño no les vendría mal).
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