miércoles

¿Pornografía para mujeres?

En el último número de la revista Gatopardo (Septiembre 2009) viene un reportaje sobre una directora de cine porno. Sueca, radicada en Barcelona, ella y su esposo iniciaron una productora de películas hechas para mujeres con una visión femenina, asegura Erika Lust en el artículo.

Veremos...

No sé si se puede hablar de porno para mujeres, feminista o femenino. A mi únicamente me gustaría ver más porno con argumento, historias que se desarrollen, mejores escenografías y locaciones y actos sexuales más prolongados que retrasen el orgasmo. Actores y actrices que hagan menos ruido y menos gestos de falso placer; en donde los hombres sean tan sometidos como las mujeres y que ambos participen de la misma manera en flagelaciones, violencia y escatologías varias. Vamos, películas que no sean sólo para masturbarse.

Habrá que ver qué están proponiendo las mujeres en la industria del cine porno. Aquí el artículo:

http://www.gatopardo.com/numero-104/cronicas-y-reportajes/la-guerra-de-las-pornografas.html

lunes

Mujeres bebamos vino!

En estos días he estado bombardeada por artículos sobre las mujeres y el vino. Nada de particular pues mucho se ha escrito y dicho sobre este dúo que cada vez parece más dinámico.
Bebida antigua y saludable, apreciada por las culturas occidentales, el vino se ha convertido en una pasión femenina, en un gozo y en un objeto de placer.

Actualmente hay un boom de mujeres enólogas, catadoras y sommeliers, que hacen, definen, catan, eligen y opinan de vinos en distintos lugares y que están conquistando espacios en un mundo muy masculino. Algunas prueban, disfrutan y califican, pero otras estudian las cepas, los suelos, los vientos, la humedad y las mezclas para producir sus propios vinos o ayudar a otros a producirlos. De estas mujeres dan cuenta las revistas especializadas en las que colaboran escribiendo o en las que se publica algo sobre la participación femenina en el sector vitivinícola.

Otro aspecto tratado sobre la pareja mujer y vino es el médico. Si bien es cierto que a quienes lo consumimos nos ayuda a activar los sistemas cardiocirculatorio y digestivo, evitar el alza del colesterol y nos proporciona vitamina C y carbohidratos que dan energía, en las mujeres el vino expresa otras propiedades. Además de ser un antioxidante natural que combinado con otros nos puede ayudar a evitar los rasgos de un envejecimiento prematuro, es un afrodisiaco infalible.

Ya parece una certeza (científica) que las mujeres que beben vino tienen una vida sexual más activa. Las propiedades afrodisiacas del vino en el género femenino se han estudiado bastante, tanto, que se llegó a la conclusión de que si, a nosotras el vino nos pone muy apasionadas. Lo que no le sucede a los hombres, a quienes más bien los relaja y apaga –cuando no los duerme-.

Según los resultados de un estudio realizado en el Hospital Santa Maria Nuova de Florencia, en Italia, “el consumo de entre una y dos copas de vino tinto al día incrementan el apetito sexual femenino”. En dicho estudio se cuantificó algo que YO DESCONOCIA que existía: el índice de la función sexual femenina (medida que se toma a través de cuestionarios para evaluar los diferentes aspectos de la función sexual).

Se estudiaron los hábitos y rutinas sexuales de casi 800 mujeres para concluir que las que bebían vino tinto cotidianamente manifestaban un alza de deseo sexual y una vida sexual más activa que quienes no lo bebían. Según otro estudio realizado en la Universidad de La Laguna en España se concluyó que “los países en donde hay un mayor consumo de vino per cápita son aquellos (cuya población) dicen ser los más satisfechos sexualmente”. Tal vez es momento de desmitificar a Brasil y a Cuba y voltear los ojos a Francia o España (Referencia: “Factor Vino & El deseo femenino” en Revista Catadores, núm. 46, junio-julio 2009).

Y como consecuencia (o más bien para complementar la información) el Statens Serum Institute de Copenhague en Dinamarca, realizó una investigación que demostró que las mujeres que beben vino tinto y buscan embarazarse lo logran más rápidamente que las que beben otra bebida alcohólica, o no beben alcohol. No sé si eso tenga relación justamente con lo primero, pues si el vino nos pone en la órbita sexual y nos desinhibe seguramente tendremos sexo más frecuentemente con mayor ahínco y ganas, por lo que habrá más posibilidades de que se logre un embarazo deseado. Porque lo que el estudio no señala es si el vino tiene propiedades particulares que estimulan la fertilidad.

Pero lo bueno del vino tinto es que sus beneficios no terminan cuando las mujeres llegan a una edad en la que sexo no es ni tan frecuente ni tan apasionado (edad a la que yo no quiero llegar, por supuesto). Otro estudio indicó que las mujeres de la tercera edad (de más de 70 años) que beben entre 1 y 7 copas de vino a la semana tenían mejores funciones cerebrales y cognitivas que las que no bebían nunca.

Durante toda la vida beber vino nos beneficia más a las mujeres. Chicas, debemos promover su consumo.

Y aunque el mundo del vino sigue estando regido y dirigido por los hombres, hay mujeres con experiencia y conocimiento a la caza de un lugar en ese universo de expertos. Mujeres que han llegado para contradecir los estereotipos de que hay “vinos para mujeres” -como el rosado, para mí vino de una noche como dicen los franceses-, los tintos suaves o los espumosos y blancos dulces. En México 46% de quienes consumen vino somos mujeres, y en este porcentaje estarán unas que preferimos los vinos potentes, con un ataque complejo, con olores interesantes y colores distinguidos.

No hay vinos para mujeres, señores, lo que tal vez hay son mujeres que no saben beber vino.

Con estos resultados a la vista, pareciera que el vino debería de ser la bebida de las mujeres desde que nos iniciamos en el sexo y hasta que dejemos de existir. Yo no tengo un registro de mi índice de función sexual, pero he comprobado en varias ocasiones que un hombre que llega con una botella de tinto a mi casa para compartirla -y el vino resulta ser uno maravilloso-, ya tiene algo del camino ganado entre la puerta y la cama. El resto es lo que acompaña al vino: la conversación amena, la música agradable, la copa exacta, la luz adecuada y todos esos elementos que forman parte de un ambiente para beber vino, que no deja de ser un ambiente también para el sexo.

El mundo del vino es uno que nos pertenece a las mujeres por cuanto los beneficios que nos conlleva el beberlo –en cantidades moderadas- cotidianamente, para mejorar nuestra vida sexual en particular y nuestra salud en general. Y también por el simple placer de tenerlo en la boca.

El vino es nuestro aliado antes de llegar a la cama, cómplice en la cama y amigo después de haber estado en la cama.

Por eso digo: mujeres, bebamos vino tinto!

viernes

Fuck For Forest

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domingo

En el caribe mar

Ella jamás hubiera ido a Cancún si no la hubieran enviado por razones de trabajo. Odiaba los lugares congregados de turistas y Cancún era la capital del turismo en el Caribe: caro, artificial, superficial y además lleno de gringos.

Estuvo varios días tomando parte de desayunos, reuniones, comidas, juntas, cenas, presentaciones y seminarios. La primera noche que pudo cenar sola e ir a tomar algo aprovechó la oportunidad.

Después de comer en el cuarto del hotel -de uno desde donde se veía el azul turquesa del mar- bajó al bar a tomar algo. Tenía antojo de una cerveza…o de una margarita. Se llevó con ella el libro que estaba leyendo.

El bar estaba a media luz y medio vacío. Se sentó, alejada de los pocos bebedores, en un sillón que se antojaba cómodo y que justo estaba a un lado de una mesita con lámpara. Pidió una cerveza oscura…y muy fría por favor. Estaba a medias en una novela que la tenía muy entretenida.

Metida en una historia ajena estaba cuando escuchó una carcajada valiente, pensó que no cualquiera se ríe de ese modo. Ella volteó para saber de dónde venía el estruendo y de quién. Y así fue como la vio.

En la barra estaba una mujer sentada hablando con el cantinero. Llevaba un vestido ligero de tirantes que le llegaba hasta la rodilla y zapatos altos destapados. El cabello suelto con una flor roja atorada en un lado de la cabeza. Por los modos, ella asumió que la dueña de esa risa estaba completamente borracha.

Volvió a su lectura. Seguía dándole tragos lentos a su cerveza pero pronto se la acabó. Pidió otra a señas al tipo de la barra, desde el sillón.

Cuando se la pusieron en la mesa volteo para dar las gracias y se dio cuenta de que se la había traído la dueña de la risa. Lo primero que vio fue el espectacular par de piernas que tenía y un perfecto pedicure en los pies. Las uñas rojo candente siempre expresaron para ella desinhibición y falta de protocolo.

Con su copa rebosante de margarita en la mano izquierda se presentó. Kiki de Madrid, prima del dueño del hotel. En cinco segundos le dijo que estaba harta pues ya se había aburrido de hablar con turistas y con los empleados del hotel…¿tú que haces aquí y sola? Ella le explicó que estaba ahí por una cuestión de trabajo, que se iba en un par de días, que estaba harta del calor, de los mosquitos nocturnos que se la comen en el camino entre el restaurante y el cuarto y de no tener tiempo para meterse en el mar.

Al decir eso Kiki le preguntó, con un acento madrileño que le recodó cualquier personaje femenino de película de Almodóvar, que porqué estaba leyendo pudiendo entrar al mar ahora…de noche estar dentro es un placer, una pasada. Ella contestó con evasivas tontas: llega tarde al hotel, está cansada, le dan miedo los cangrejos, etc.

Kiki cada vez parecía más simpática, no estaba borracha, e insistió con lo del mar y ella se fue animando. Kiki le dijo que podía hacer que el gerente les mandara a una mesa de la playa una botella de vino blanco frío…Ándale, vamos al mar, yo siempre me meto de noche. La convenció.

Dejaron el bar. Ella iba a subir por su bikini y una toalla. Kiki le dijo que las toallas y las bebidas estaban arregladas y que no había nadie en la playa…¿para qué el bikini?

Salieron del edificio, se quitaron los zapatos y empezaron a caminar por la arena blanca. El mar parecía un espejo. Se sentaron en una mesa a platicar mientras esperaron. No tardó mucho en llegar el mesero con una botella, dos copas, unas velas, toallas y batas.

Kiki le ofreció una copa. Bebieron la botella de vino hablando del país de una y del país de la otra. Kiki se mostró culta, educada e informada, pero no daba señales sobre vida personal, privada, íntima.

De las sillas se levantaron y se fueron acercando al mar. Casi en la orilla Kiki se quitó su vestido y la ropa interior. Ella se quitó el pantalón de manta blanca, la blusa roja y la ropa interior y se dejó el collar de corales…para que vuelvan a su casa.

El mar para ella era mágico. Le encantaba, la hipnotizaba, la regresaba a una fase fetal, de cuando no había nacido y estaba dentro de su madre, en esa matriz cálida, con agua tibia que no es salada, pero que podría ser un Caribe.

Kiki hablaba y cada vez era más de su agrado. Se dio cuenta de que tenía un cuerpo perfecto y ella empezó a hablarle de sus estrategias para no subir de peso y para combatir la celulitis. Kiki la veía pero no opinaba, no sugería, no aconsejaba. Se le acercó y le dijo que ella era perfecta, así como estaba. Y la miró de una manera que ella no reconoció, en una mujer.

Salieron del mar y se fueron a sentar. Se envolvieron en las toallas. Siguieron hablando, bebiendo, y pidiendo más botellas de vino blanco. Se hizo tarde y las dos estaban bastante borrachas.

Ella dijo que subiría a su recámara a dormir. Tenía una reunión al día siguiente y tenía que descansar. Entraron las dos al edificio envueltas en las toallas, con la ropa y los zapatos en las manos. La escena era particular pero no hubo más de un testigo para verla. Subieron en el elevador. Ella preguntó por el piso de Kiki y ella dijo que iban al mismo…pues si vamos a dormir juntas.

En ese momento ella sintió que el alcohol se le bajaba de la cabeza. Nunca había recibido una proposición tan abierta, ni había estado con una mujer y, además nunca se imaginó que Kiki hubiera estado seduciéndola toda la noche. Todo lo que había pasado era para -al final- acostarse con ella.

Sin embargo ni se ofendió, ni se enojó, ni quiso salirse del elevador…ahorita mismo. No. Se esperó a llegar al octavo piso. Se abrieron las puertas, salieron juntas del elevador y caminaron por el pasillo, entraron al cuarto.

Ya dentro Kiki se destapó y se metió a la ducha a quitarse lo salado del mar y la arena. Mientras la escuchaba canturrear algo que le sonaba a Estrella Morente, ella se veía en el espejo y quería reconocerse…¿te vas a coger a una mujer?, estás a punto de estar con una mujer en la cama, ¿lo vas a hacer…tú?

Kiki le gritó desde el baño…anda ven para que te quites la sal. Salió del baño envuelta en la bata, y abrió el refrigerador enano que había en el cuarto…vaya, tu si bebes eh!, mira nada más queda el vodka. Pues un par de vodkas preparó mientras ella estaba en la ducha. Ahí también había espejo. Entonces se veía la cara para reconocerse, para saber si esa que era ella y que veía era quien iba a irse a la cama con una mujer…en unos momentos, o sea en cuanto dejara la regadera.

Al salir de la ducha, Kiki le ofreció el vodka con agua quina y hielos. Ella le dijo que prefería no seguir bebiendo…ya me siento bastante borracha. Se lo dijo porque se sentía mareada, pero también porque era una buena excusa para dejarse llevar. No se quería juzgar y al día siguiente tendría el buen pretexto del alcohol. Sin embargo le dio un trago largo a la bebida fría.

Kiki le quitó la bata y la empezó a tocar. Paso sus manos por el cuello mientras ella cerraba los ojos para no ver que era una mujer quien estaba frente a ella. Después se detuvo en los senos, bajo por el estómago, le tocó las nalgas, y bajó con los labios hasta la vagina. La besaba por dentro para sacarle la última gota de Caribe y ella no podía creer el gozo. Era lo mejor que le habían hecho en su vida. Kiki se masturbaba con una mano aprovechando que en cuclillas tenía las piernas abiertas.

Kiki se paró. Se besaron en la boca y se tendieron sobre la cama. Kiki sabía lo que hacía. La recorría con manos y labios de arriba abajo. La penetraba con lengua y dedos, la hizo venir varias veces. Ella se dejaba hacer, tocaba a Kiki con pudor, intentaba hacerle a Kiki lo mismo que ella estaba recibiendo, pero no podía dejar de pensar en el hecho de que estaba con una mujer.

Tardó un rato en perder el control hasta que ella hizo gala de sus habilidades. Las dos formaron un pulpo caribeño de senos, nalgas, brazos y piernas. Se besaron, se lamieron, se mordieron, se hicieron venir. Ella nunca había tocado nada femenino que no fuera suyo, y tocarlo todo que es lo mismo que se tiene, pero en otra persona, es una experiencia que nunca imaginó tan satisfactoria. Senos redondos, nalgas duras, vientre terso, espalda suave, cuello fino y largo.

Todas esas partes que ella conoce las estaba reconociendo en otra mujer, disfrutándolas en otra mujer, sintió que se estaba haciendo el amor a ella misma. Entre el alcohol sus pensamientos no giraban alrededor de que otra mujer la estuviera colmando en la cama, sino que ella estuviera colmando a otra mujer. Kiki sonreía, gemía, pedía un poco más…así, no pares.

Abrazadas se quedaron dormidas poco antes de que ella tuviera que irse a la reunión. Con un dolor de cabeza que no le cabía dentro se levantó. La vio ahí tendida. Kiki en su cama, cubriendo su desnudez con una sabana blanca. No hizo ruido. Se metió en la ducha, se arregló y salió.

Antes de salir a tomar el taxi, pasó por la recepción y le dejó un mensaje escrito a Kiki con el gerente del hotel: “te espero hoy a las 8pm…sin alcohol esta vez…en el mar”.

lunes

Salmón, venado y los sabores de Estocolmo


Desde años atrás tenía curiosidad por visitar Estocolmo. La Venecia de escandinavia. De su diseño siempre vanguardista, de sus bandas pop que no se parecen a ABBA, de su seleccionado-futbolista modelo de calvin klein, de los emporios ikea y h&m, de marcas y diseñadores famosos había escuchado bastante. Pero de su comida jamás. Lo más cerca que estuve de comer algo tan próximo al círculo polar fue cuando cumplí 30 años y los celebré en Riga. Tan ni al caso estuvo el menú que no me acuerdo de lo que comí en los días que estuve en la capital de Letonia. Pero Riga no es escandinavia.

Después de la visita ya no me suena a casualidad que de Suecia sean originarios varios de los ganadores del Bocuse D'Or (Mathias Dahlgren o Melker Andersson) y que sean varios los restaurantes en la capital reconocidos con estrellas michelin. Aunque la cocina sueca no sea precisamente como la francesa, la italiana, la india, la china o la mexicana en variedad y exquisitez, ha logrado con sus carnes de bosque y mar frío menús que compiten con cualquier muestra de estas reconocidas cocinas.
Yo que soy amante del salmón enloquecí al darme cuenta de que dicho pez es parte de la comida de todos los días para ésta "pobre gente". Desde un aperitivo hasta una cena engalanada puede ser cocinada con un pedazo de salmón fresco. Lo comprobé desde el primer día cuando fui a comer al Sibiriens Suppkök. El lugar es muy agradable, con el menú anotado en un pizarrón que incluye diversos tipos de sopas acompañados con pan negro y con semillas. Un sitio muy tranquilo, atendido por el chef y dueño, a precios accesibles y que aunque lejos del bullicio del centro, bien vale la pena la caminada por el barrio de Vasastaden.

La recomendación fue probar la tradicional sopa de mariscos que no tiene desperdicio. Me recordó a la Bouillabaisse (sopa francesa de pescado) y no dudaría que ésta sopa sueca estuviera inspirada en aquella. La base era un caldo de mariscos y una mezcla perfecta de especies como el tomillo, la albahaca, el perejil y el laurel. El caldo se espesa con jitomates cocidos y se adorna con una crema rosada y eneldo. Los pedazos de salmón, langosta, camarones y los mejillones flotaban en medio de un mar rojo de sabor acidito propio del jitomate. No noté el vino blanco de la Bouillabaisse. Probablemente no lo lleva. Sopa sopa, pero era un perfecto plato completo.
El Sibiriens Suppkök es uno de lugares para visitar en Estocolmo.

La sidra de pera fue otro descubrimiento, que aunque es de la Carlsberg, una empresa danesa, en Estocolmo se vende como propia. Una bebida ligera, con menos de 5% grados de alcohol y que además es una opción para no pagar los 8 o 9 euros que cuesta una copa de vino malo. Tomar vino en Estocolmo es un lujo, y no tomarlo una pena, pues con las carnes y los peces se antoja. Pero no como para desfalcarse. En general el alcohol en Suecia es caro, la mía fue una visita casi abstemia.

Otra curiosidad que tenía era la de comer carne de venado. No tardé mucho en encontrar lugares que lo ofrecían en sus menús de medio día. Caminando por el barrio de Södermalmstorg encontré una plaza simpática con tres restaurantes de cocina sueca. Me decidí por el que era atendido por un mesero que parecía el postre. Del lugar no recuerdo el nombre, pero al menú todavía lo sueño. El precio del menú incluía el bufet de ensaladas con todo tipos de verduras frescas, dos cervezas ligeras, un plato fuerte y un postre. El plato fuerte para mi buena suerte era carne de venado al carbón bañada en una salsa de champiñones, acompañada de puré de papas y mermelada de arándanos. La carne de venado tiene un sabor muy particular, no es tan fuerte como el chivo o el borrego, pero no sabe a res. Es simplemente venado, un sabor que tenía todo de nuevo para mí y que me encantó. En Estocolmo lo preparan en todo tipo de presentaciones. Estos filetes en salsa de champiñones fueron solamente una prueba.

Los desayunos suecos son, como en todos los países del norte europeo que conozco, aburridos: pan, mantequilla, queso, tomate y pepino y algún embutido. A pesar de los años, aún no me acostumbro a desayunar de esa manera. Por eso durante mis días en Estocolmo ayuné con un café y un pan dulce para esperar la hora de la comida. En Estocolmo se hace una pausa para comer entre las 12 y la 1pm, así que ayunar no es un sacrificio, sobre todo si la comida ligera del medio día incluye un pedazo de pan con salmón y verduras frescas aderezadas de una mayonesa con eneldo. El salmón se puede sustituir por camarones, o por otro tipo de pescado, pero partiendo de mi lujuría por el pez rosa, yo siempre lo comí con salmón, que aderezado con limón y eneldo es una maravilla propiamente sueca.

Desconociendo el origen de su cacao, los suecos son amantes del chocolate. Hay chocolaterías famosas como la Chokoladfabriken en el barrio de Södermalm, en donde se pueden comprar exquisiteces de chocolate combinadas con delicias como fruta de la pasión, maracuya, licor de café y vino tinto, o mermelada de chocolate con ruibarbo o de naranja con chocolate. Los precios poco accesibles me hicieron ser sumamente selectiva, pero lo que probé valía su peso en coronas. La Chokoladfabriken ofrece cursos para hacer chocolate (Más info: http://www.chokladfabriken.com/)

Caminar por Gamla Stan es algo que se debe hacer estando en Estocolmo. Es uno de los barrios más antiguos de la ciudad y está lleno de lindos edificos, antiguas iglesias, calles y callejones que son motivo de fotografías varias. El barrio también tiene muchas opciones en cafés, restaurantes y bares. Una opción para quitarse la tentación del chocolate que no se puede comprar es ir al Chokladkoppen, en la plaza de Stortorget. Sentarse afuera, ver las torres de las iglesias y la gente que pasa o que está en las terrazas de alrededor. Cubrirse con una cobija -que están de cortesía sobre los sofás, sillas y mecedoras- degustar un café o un chocolate caliente con un pedazo de pastel mientras se avanza en la lectura del libro, es un bálsamo cuando cae la tarde y empieza a llegar el fresquesito del mar báltico. El chocolate caliente ahí es denso, pesado, poblado de sabor y rebosado con crema, chocolate líquido y chocolate rallado. Mi mejor chocolate caliente definitivamente es sueco.


Pasearse por los mercados de Estocolmo es también una experiencia glotona. Especialmente si se visitan el Hotörgshallen en Norrmalm o el Östermalms Saluhall. El primero es un sótano en donde abundan las tiendas de productos típicos de Suecia (como la miel de abeja con rosas, la mermelada de moras, los chocolates con vodka, diversos tipos de panes, pasteles y tartas, licores de frutas del bosque), las tiendas para comprar productos de mar o tierra, y los restaurantes (que más bien son puestos de comida) para comer ahí el pedazo de salmón o la docena de mejillones que se te antoje que te preparen en ese momento. En un ambiente de mercado muy popular y muy concurrido entre locales se puede comer desde carne de venado asada hasta una langosta a la mantequilla con vino blanco acompañada de papas fritas. En el segundo, el ambiente lo sentí un poco más turístico, o será que lo visité en sábado, estaba llenísimo y no había manera de sentarse frente a ninguna de las barras en donde la comida es servida, una pena porque vi unas maravillas en las vitrinas.
Y como no pude comer en el östermalms saluhall, me regalé una última cena para no olvidar en el Bakfickan, abajo de la sala de la ópera. Haciendo tiempo para entrar a la función de danza contemporánea, me fui a cenar a este restaurante que entre locales es famoso por sus cortes de carne de res y venado y sus especialidades de mariscos de la temporada.

Yo me decidí por la caserola de pescado con hierbas y parmesano. Salmón y más salmón en una salsa espesa que tenía además papas y zanahorias y un ramito completo de eneldo. La caserola estaba riquísima, el sabor de la salsa bien combinado sin que ningún ingrediente sobresaliera sobre otro y el salmón, una vez más, un rey. De postre pedí una mousse de frutas del bosque, muy típico del lugar y de beber una pesadísima, oscura cerveza checa.

El lugar muy agradable y el trato es muy amable, ya que el sitio es chico y no caben mas de 20 personas. Además me dio la impresión de que siempre van los mismos clientes pues todos se conocían. El sitio tiene una barra con vista a la cocina y cuatro mesas para dos personas cada una. Asistido por personas que en general comen solas, no me sentí rara entre tanta alma individual degustando los platillos del restaurante.
Ya para despedirme de la ciudad, disfrutando el sol que rayó ese día sobre el Báltico y el Mälaren, comí mi última porción de venado. Esta vez en forma de hamburgesa. Carne molida de lomo de venado en medio de un pan con queso, lechuga y jitomate y la indispensable mayonesa con eneldo, una experiencia, sobretodo partiendo de que tenía meses sin comerme una hamburgesa. Junto con mi vaso de sidra de pera y un plato de papas fritas perfectamente hechas, fue la despedida inolvidable de mi visita a esa ciudad del norte.


Hay lugares que me encantan por la comida, pero Estocolmo me sorprendió por su comida. Desde sus tentempiés del medio día, hasta sus postres sublimes, pasando por sus carnes de mar y bosque, nunca esperé que los sabores fueran tan delicados y sutiles, y aunque la comida no es tan variada como en otro tipo de cocinas, sé que si me hubiera quedado otros días más me hubiera seguido sorprendiendo. Para mi colección me compré el libro de "Clásicos de la cocina sueca", a ver si un día de estos me transporto hasta Estocolmo en un buen pedazo de salmón con eneldo.

jueves

Mujer Canosa

Me gustaría saber de donde viene la frase “echarse una cana al aire”. La escuché de niña y siempre supuse que se les atribuía a los hombres casados que después de años de relaciones formales se encontraban con que la secretaria o la mesera de su bar favorito podrían sacudirles el polvo del matrimonio. Una infidelidad de fin de semana con alguien con quien no se llegaba a una relación amorosa ni profunda.

Pero yo encontré que las canas al aire no sólo se las echan los hombres casados y mayores, sino también las mujeres casadas, comprometidas, jóvenes y solteras. Yo por ejemplo, tengo ganas de una cana al aire que abunde mi peluca gris que se mueve a los cuatro vientos.

Tengo ganas de encontrar en el lugar menos esperado al que sea el menos esperado. Un desconocido o un conocido con pocas referencias. Tengo ganas de verlo primero de lejos, de cruzar miradas un poco más de cerca, de lograr hablarle no más de cinco minutos sólo para saber si puede ser la cana que quiero echarme al aire. Tengo ganas de coquetearle por primera vez a alguien.

Tengo ganas de hablar con la certeza de que será mi noche, de verlo a los ojos para dárselo a saber: tú y yo vamos a acostarnos hoy. Y teniendo esa certeza dirigir lo que sucede, lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.

Y si todo sale bien y el coqueteo calienta, entonces irnos a su casa o a la mía (o a un cuarto de hotel de cuarta) y dejar al aire los cuerpos después de haberlos acercado, restregado, empalmado, sudado y retorcido juntos. Y después que me deje ir, o que se vaya él, dejando la mitad de la cama vacía, y que no me deje su número de teléfono ni me pida mi correo electrónico.

Que no deje ninguna posibilidad de un segundo encuentro porque entonces no sería cana. Que deje el sabor en la piel y el olor en las sábanas y el recuerdo del efímero nosotros. No más.

Una cana que me llene el hueco de ganas que tengo. Que saque la energía que tengo guardada para los desconocidos que me desconocen. Esa energía que sale cuando sé que estoy con quien no debo, a quien no quiero, al que no espero. Que libere esa energía que sale como un torrente abrumador con ruido aturdidor.

Eso me provoca una cana al aire.

Y para eso son las canas al aire: para re-nacer, para re-vivir, para re-gocijarse y para volver a la vida sintiendo que algo nuevo acaba de pasar. Son sanas, saludables y recomendables las canas, por eso las echamos al aire sin remordimiento, sin culpa.

Y entonces tengo ganas de una de esas canas: como la rusa, la griega, la vasca, la italiana, la gringa, la árabe…y el etcétera que me tiñen metafóricamente el cabello de gris. Sin temor lo digo: echármelas me ha ayudado a recuperarme más de una vez, me ha devuelto al mundo cuando más lo necesitaba.

Yo ya no voy a terapias, yo mejor me echo canas al aire.

Soy una mujer canosa de oscuro cabello...o sea soy una mujer ganosa.

viernes

Come queso

Cuando era niña odiaba el queso. Creo que nos pasa cuando se deja uno guiar por los olores para meterse algo en la boca. En mi caso el queso salía perdiendo. Cuando refiné mi sentido del olfato y aprendí a apreciar olores fuertes, penetrantes y contundentes empecé a comer queso. Tenía como 16 años. Descubrí lo fácil que es preparar quesadillas de tortilla de maíz y el queso se popularizó como pocos ingredientes de la cocina. Dejaba las tortillas quemarse un poquito mientras el queso se derretía y después las servía con rodajas de tomate fresco y de aguacate.
Desde entonces me encantan las quesadillas. Antes de enamorarme absolutamente de la cocina, fui hacedora de quesadillas por mucho tiempo y preparándolas experimenté los sabores de algunos de los quesos mexicanos: el quesillo de Oaxaca con polvitos de chapulín, el queso chihuahua con salsa verde, el asadero con salsa de miltomate, el queso panela con aguacate, el requesón con ramitas de epazote.
Cuando empecé a viajar buscaba y probaba los quesos típicos y así conocí el queso rueda y el queso de hoja de Veracruz, el queso doble crema de Oaxaca y el queso bola de Ocosingo, Chiapas. Después conocí los quesos europeos, mi lista de favoritos aumentó y mi gusto por el queso se consolidó convirtiéndose en uno de los alimentos que más disfruto con absoluta pasión, lujuria y gozo. Legado romano, a un pedazo de queso nunca le puedo decir que no y cuando empiezo a degustarlo se inicia en mí un proceso como el de estar enchilada: quiero seguir comiendo.
Afortunadamente como los vinos, los quesos constituyen en la cocina un mundo que gira sobre su propio eje, por lo que siempre hay algo nuevo para descubrir, asaltar y sorprender al paladar.

Además, por sus olores, sabores y texturas yo encuentro a los quesos alimentos amenazantes, pero también sensuales y seductores que, combinados con el vino correcto, pueden ser el preámbulo para otros momentos de gula. No en vano los franceses y los italianos los consumen después de la comida, incluso después del postre, como preludio.

Creo que no ha habido queso que no me guste. Hay unos que me gustan más y otros menos. Porque prefiero los de sabor fuerte y olor más fuerte aún, estoy por los quesos europeos como los quesos franceses.De pasta blanda con corteza enmohecida y con corteza lavada (el Camembert y el Brie, o el Mont D’Or y el Livarot) son ideales para poner en un pedazo de pan. Los azules fuertes como el Roquefort y los Blue (d’Auvergne, de Bresse, y de Causses) que con pedazos de pera son un delirio. De sabor más suave que incluso pueden formar parte del desayuno los quesos de pasta prensada también valen la ingestión de calorías: el Morbier, uno de mis favoritos, el Saint-Paulin, o el Reblochon. Y de sabor casi afrutado el Comtè y el Gruyère. Deliciosos

Según yo, los quesos italianos son menos sofisticados pero no por eso menos ricos. El gorgonzola me gusta pero más que a pedazos para preparar una salsa para una pasta, por ejemplo. Los quesos grana, pecorino y el parmesano no los olvido como corona de las pastas o las ensaladas. El queso fontina delicado y especial para hacer el fondue a la italiana…mmm. El mascarpone principal ingrediente del tiramisu. El famoso ricotta muy utilizado para cocinar platos salados o dulces. El queso mozzarella indispensable de la pizza y si es de búfala, mejor. El provolone que me puede matar de placer si esta asado con la corteza quemada.

De España aprecio con todas las papilas gustativas sus buenos manchegos, su queso Roncal de leche de oveja y el queso fresco de Burgos. Pero me quito el sombrero ante el queso Cabrales, un queso azul que es sublime.
Los holandeses son también expertos hacedores y consumidores de queso. Famosos en el mundo el Gouda, el Edam y el Massdam le han comido el crédito a otras delicias escondidas en pequeños pueblitos rurales. El “farmer cheese” o queso de granja no tiene comparación. Tampoco su Old Amsterdamer, un queso amarillo, de pasta dura y seca que va increíble con una mermelada de jengibre o con mostaza fuerte.
Todos los aquí mencionados me gustan. Pero mi locura se desata con los quesos de cabra: españoles, italianos, franceses (recuerdo con gusto los Selles-sur-Cher y Chevrai) u holandeses, para mi el queso hecho de leche de cabra no tiene igual. Blancos o con ceniza, con hierbas aromáticas o envueltos en hoja de parra, frescos como una pasta que se derrite en la boca o pedazos firmes que hay que masticar para saborear, el queso de cabra es para mi gusto el rey absoluto de los quesos.


Aquí sólo estoy mencionando una pequeña muestra del mundo quesero. No hay que olvidar el riquísimo queso Feta y el Halloumi como buenas contribuciones de Grecia y Chipre, respectivamente, el Cheddar inglés y el Harzer Kässe de Alemania.
En el mundo del queso hay todo un sistema de clasificación, denominaciones de origen, calidad controlada y una cantidad de etc’s para expertos en el tema. Yo no pretendo serlo. Pero cuando tengo oportunidad de entrar a un mercado o a una tienda de quesos me detengo, pruebo y pregunto porque pretendo seguir conociendo, comprando y cocinando quesos que representan una galaxia dentro del basto universo culinario. Pienso que fue una pena perderme este placer por tantos años, aunque ahora tengo la certeza de que he recuperado el tiempo perdido.

Horneado, relleno, espolvoreado, gratinado, fundido, frito, asado, en ensaladas o así tal cual es, con una copa de vino (o a la holandesa con una cerveza), el queso es definitivamente uno de los alimentos más versátiles de la cocina occidental…Por eso digo: COME QUESO.

miércoles

Los hombres jóvenes

A mis años los hombres jóvenes me despiertan curiosidad y me inducen calentura. No todos es verdad, pero no puedo negar que me llaman más la atención los chamacos que los atractivos hombres maduros con canas en las sienes.

Recuerdo a los hombres jóvenes que conocí cuando tenía mis 20. Su olor del día, su aliento fresco, incluso por la mañana, su textura de piel, su cara lisa, su cabello abundante, la eterna energía.

Yo los miro por la calle y los observo. Su caminar, su manera de vestir, su comportamiento y su manera de hablar son distintas a las que tienen los hombres con los que ahora me relaciono. No quiero entablar una relación sentimental con un hombre joven, pero desde que cumplí los 30 los chicos se convirtieron en un antojo que lamentablemente me he cumplido pocas veces.

A pesar de las ventajas que una mujer a mi edad representa (ya pasamos por todo, no queremos compromisos con chicos, pero tenemos experiencia y ganas de compartirla) a los hombres jóvenes las treintañeras, como yo, no les interesamos especialmente. Tristemente lo he comprobado.

Ellos por el contrario, van por el mundo con sus jeans, sus cortes de cabello atrevidos, sus playeras con diseños modernos y sus tenis, atrayendo mis miradas y en ocasiones hasta sacándome un suspiro.

En una ocasión que esperaba sola a unos amigos en la barra de un bar, se acercó uno de estos especímenes de no más de 23 años. Platicamos un rato y hasta me ofreció una copa de vino. Después de coquetearnos por minutos y de hablar un poco de nosotros mismos caímos en cuenta de que él era amigo de mi hermano menor. Después de decir "ah! tu eres la hermana que está casada con un alemán y que vive en Berlín", el amigo de mi hermano se disculpó diciendo que iba al baño y, por supuesto, no regresó. Un pena porque el chamaco estaba de diez.

Cuando he logrado hablar con alguno de ellos reconozco su idealismo juvenil, su punk-roquismo inherente, sus ganas de cambiar el status quo, de combatir al mal gobierno, de apoyar causas nobles, de resistir el imperialismo, de subvertir las normas, de dar el rol por el mundo y de comérselo completo. Todos quieren hacer un largo viaje, tener una banda de música, ser artistas visuales o activistas políticos.

En un viaje un joven de estos y yo compartíamos el mismo vagón del tren. Contrario al resto de los viajeros no hablabamos árabe por lo que hablamos en inglés por horas. Yo le veía los labios y tuve la certeza de que él veía los míos. Estaba segura de que al llegar a nuestro destino podríamos pasar un buen tiempo juntos, porque viajábamos solos en ese país de desierto y mar, hasta que me preguntó si aún no me arrepentía de los tatuajes que tengo, "because my mother regrets about hers". Creo que al llegar a la estación de trenes ni me despedí de él.

En las pocas ocasiones que he logrado que se interesen por mí los hombres jóvenes no pueden ocultar la inexperiencia, la falta de madurez y la precosidad. No pueden ser directos porque no saben cómo y, aunque yo no escondo mis intenciones, prefieren pasar por el ritual del "let's met each other" para no verse tan atrevidos, aunque después en cuanto planten el primer beso ya se estén quitando los pantalones.

El faje no funciona porque los pobres se ponen como calentones de agua que la hierven en cuestión de segundos. Así que más vale enterarse de algo y aprovecharse porque si no una se queda a medias.

La última vez que estuve con un joven que era 8 o 9 años menor que yo me sucedió eso. El antecedente, que daba la impresión de que lo que venía podría ser bueno, duró unos diez minutos, mientras que el acto duró tres!!! No muy bien me había penetrado cuando me dijo que terminaría. Me dieron ganas de aventarlo por la ventana.

Yo no recuerdo si así era el sexo cuando tenía los 20 (años, que no hombres). Pero si así fue estoy segura de que no consideré la eyaculación precoz una desventaja porque si no me hubiera saltado unos diez años para probar a los treintañeros.

Sin embargo y a pesar de todo esto sigo viendo y deseando a algunos hombres jóvenes que veo por la calle: como si fueran el postre prohibido en una dieta, la copa de vino que está de más, la taza de café que no debería tomar por la tarde, el cigarro número diez del día.

En fin, que los hombres jóvenes son mi tentación por momentos. No sé si es porque su condición de jóvenes me recuerda que yo tuve su edad o porque me recuerda que jamás la volveré a tener. O son solamente una más de las nuevas perversiones de la edad.

lunes

Bersi Serlini

Cuando los que no la conocen la imaginan, imaginan a Italia en Roma, Milán, Florencia y Venecia. Cuando los que llegan la visitan recorren estos lugares añadiendo por curiosidad, tal vez, Verona, Nápoles o Pizza. Pero muchos pasan de largo sin advertir otros tesoros como los que se esconden entre el Lago de Iseo y el Valle Camónico.
Agua clara, altas montañas y viñedos son los elementos que conforman el paisaje de esta región en el norte de Italia. Ahí en donde se esconden pueblos llenos de viandas y manjares para ofrecer a ojos y paladares.
Una de estas regiones es la Franciacorta, mundialmente famosa por su producción de vino. La Franciacorta se ubica en la provincia de Brescia, en la Lombardia del norte italiano. No muy lejos de Milán para dar una ubicación más popular. El bellísimo paisaje esta poblado de viñedos y de entre ellos sobresalen las casas productoras de vino en estilos que van de lo moderno a lo más clásico.
Los vinos tinto y blanco de la Franciacorte son conocidos pero no los mejores de Italia, sin embargo el vino espumoso se conoce, reconoce y disfruta por su particular calidad. El espumoso de la zona se produce por el Mèthode Champenoise utilizando básicamente Pinot Nero, Pinot Bianco y Chardonnay. El vino de la región se ha ganado su propia Denominación de Origen Controlada (DOC) y los productores de la región lograron eliminar el término de “Vino espumoso” por el de “Método Franciacorta” para etiquetar la particularidad de su producción y calidad.
Ir a la Franciacorta es sinónimo de visitar un lugar espectacular en donde se come como los reyes y se bebe como los dioses. Afortunadamente lo comprobé en mi ultima visita a Italia en donde tuve la oportunidad de probar los vinos de Bersi Serlini. Empecé con el Curtefranca Bianco de 2006 (100% Chandonnay) para acompañar el primer plato; seguí con el Curtefranca Rosso de 2006 (40-50% de Cabernet Franc y Cabernet Savignon, 30-40% de Merlot, 10% de Barbera y 10% de Nebbiolo) para el segundo plato-. Sin embargo decidí quedarme el resto del día –que era largo- con el espumoso Brut Vintage 2000, una delicia 100% Chardonnay.
Este fue mi día en Bersi Serlini, casa fundada en 1886, uno de los botones de la muestra para entusiasmar a esos que planean visitar Italia sin dejar pasar los secretos de la provincia rural.

Mas información: http://www.bersiserlini.it/

El cuerpo fuera de mi Olimpo

Me acordé de lo que una vez me dijo mi amiga italiana: “Charla, los turcos son puro cuerpo”. Sin embargo él no era turco, sino griego. Y aunque entre ellos tengan diferencias culturales y disputas históricas yo creo que los griegos también son puro cuerpo.

Verlo sentado frente a mi tocando una bella guitarra negra acústica, irradiando pasión en cada canción, observando todos sus movimientos -que eran los propios de quien se conecta con lo que está haciendo- me hizo sentir curiosidad por saber si el Ouzo es de verdad tan distinto al Raki.

Probablemente se llama Costas o Giles, Homer o Rhodes o Soterio, para mi ahora da lo mismo pues desconozco absolutamente todo de él. Casado, estudiante, empleado, migrante, soltero, gigoló, gay, adinerado…no tengo la menor idea de los adjetivos ni las condiciones que califican a su persona, por supuesto tampoco conocí su olor ni su textura.

Sólo por haberlo escuchado cantar y tocar me hubiera emborrachado de él si me lo hubiera permitido. Cantando de la manera que lo hizo entró con su voz en mis íntimas pieles. Mientras lo escuchaba me humedecí como si nadara en al Adriático. Era Eurínome.

Abrazando enamorado su guitarra como si fuera su mujer cantaba sin pena, con una voz que salía desde las entrañas que me hubiera gustado conocer. Su voz me penetraba desde los oídos, viajaba por mi cuerpo y se quedaba vibrando en tonos bajos ahí, en el lugar que lo esperaba.

No me vio en toda la noche. Concentrado en el tono, en la afinación, en las letras de las canciones que en griego e ingles cantó, no me dirigió una mirada en toda la noche. Yo sufría disfrutando, llamándole inútilmente con los ojos abiertos y fijos en su persona, mientras sentía la temperatura de mi cuerpo escalar grados de a poco a poco, fundando la certeza de que ese griego era puro cuerpo.

Pero ante su indiferencia la fantasía. Viendo sus antebrazos endurecidos por el esfuerzo de tocar, viendo sus ojos entreabiertos, viendo sus piernas marcar el ritmo que él llevaba dentro, viendo toda esa sensibilidad expresada pude entrar al mundo de las imágenes y de la fantasía. Ese en donde él me abrazaba fuerte y me besaba, en donde me cantaba una canción no aprendida ni por mi conocida en esa lengua que Eros y Afrodita entenderían. En las imágenes era una ninfa por Poseidón poseída. Ahí estaban todos los dioses y las diosas vigilándonos, festejando nuestro coito apasionado con música compuesta por Mikis Theodorakis.

Tanto recordar las historias de Hesíodo y Homero para distraerme, para evitar enfrentar mi apetito con su inapetencia que por primera vez no era de comida griega sino de sexo griego.

Yannis, Darius o Basilis, el griego que nunca volteo a verme, quien ni siquiera se percató de mi presencia cuando le canté “Bésame mucho” en silencio y con los ojos “como si fuera esta noche la última vez”…merece ser arrojado fuera de mi Olimpo.

El pollo, el pez y el cangrejo real

Después de que el reconocido chef español Jesús Almagro ganó el concurso nacional de chefs en España, se preparó para competir por el Nobel de la cocina, como bautizó el premio Paul Bocuse -el padre de la nouvelle cuisine francesa-.

De José Luis López-Linares, el documental El pollo, el pez y el cangrejo real (España 2008) es la crónica de Almagro preparándose para la competencia bienal Bocuse d’Or de 2007 en Lyon, Francia.

El documental muestra los avatares de Jesús Almagro para lograr definir el menú que debe realizarse con base en tres ingredientes: el pollo francés de Bresse, el fletán -un pescado noruego- y el, también noruego, cangrejo real.

Meses de trabajo, de experimentación, de pruebas refutadas y criticadas por otros expertos chefs españoles -como Juan María Arzak y Alberto Chicote- son presentados en 87 minutos. Pero también la desesperación de Almagro, sus intentos, frustraciones, ansiedades, creatividad e inventiva, y sobre todo su empeño por llegar a Francia y dejar saber que la cocina española tiene algo para mostrar al mundo (aunque el “mundo” jamás vayamos a probar sus creaciones).

Se trata de ganar el concurso mundial más importante de cocina desde 1987 participando en una competencia de los 24 mejores chefs. Mostrando dos charolas de comida para complacer y convencer ojos y paladares de un jurado de –también- 24 maestros de la cuisine, el concurso se realiza en dos días, con público que presencia las cocinas como teatros abiertos y a los cocineros –y sus ayudantes- como actores en un escenario representando una obra que dura 5 horas y 35 minutos. Después se cierra el telón pero empieza el show.

El documento visual deja ver cómo se organiza esta competencia con base en lineamientos y reglas muy claras y previamente definidas. Pero también se pueden observar cuáles son los criterios que se manejan para otorgar el premio. Como en toda toma de decisiones para entregar un premio o reconocimiento, el conflicto de intereses y la dominación de una noción hegemónica – en este caso de lo que la cuisine debe ser- son factores que caracterizan el Bocuse d’Or. Por lo que no es casualidad que en doce competencias el premio de oro se haya quedado en Francia seis veces.

El pollo, el pez y el cangrejo real da cuenta del lado humano de este mundo –elitista, masculino y masculinizado- que se representa con platos sofisticados, restaurantes lujosos, revistas especializadas, críticos culinarios y estrellas Michelin. Aquí la cocina –conocido como un ámbito privado y mujeril- se torna no un espacio físico y social, sino un campo de poder, en el cual se enfrentan distintos actores en la competencia por el prestigio y el reconocimiento, se confrontan nociones y discursos sobre los sabores, texturas y colores apropiados y sobre lo que un plato PERFECTO debe ser.

Almagro, quien dedicó meses enteros y se asesoró hasta por Serge Vieira (Bocuse d’Or 2005) e hizo probar a Arzar, a Chicote y a Roncero -entre otros- sus pruebas con pollo, pez y cangrejo, no logró la calificación esperada. España quedó en el noveno lugar.

Para quienes no tenemos aspiraciones más allá que de complacer a nuestros paladares más cercanos, una competencia como ésta queda fuera de nuestros objetivos. Pero es interesante y recomendable ver cómo una práctica tan cotidiana –como cocinar- y una necesidad tan humana –como comer- pueden construir un mundo aparte.

jueves

La terapia

Entró al consultorio y ya la estaba esperando. Vistiendo un elegante traje sastre de color rosa que combinaba perfectamente con sus zapatos color miel se acercó a ella con pasos lentos. Su lenguaje corporal la invitó a sentarse en el diván que tenía un tapiz rojo de piel. Ella, que no tenía muy claro porque había acordado esa cita, se quitó los zapatos y se acostó. El olor de unas velas encendidas le hizo sentirse un poco más relajada y cómoda.

“Veamos” –le dijo la doctora sentada a su lado, con la espalda perfectamente erecta, en una silla con tapiz negro de piel- “Según veo usted tuvo una niñez tranquila, libre de violencia y conflicto. Se inició en la vida sexual poco antes de cumplir los 19 años. Fue con un novio. No fue un acto violento quiero suponer”.

Ella pensaba en el diván que no, no fue un acto violento, fue un acto raro mientras sucedía pues para los dos era la primera vez y no sabían qué hacer ni cómo hacerlo. Tal vez la sangre fue violenta pero no fue un acto forzado ni involuntario. Estaba por contestar. Pero la doctora siguió hablando.

“Aquí tiene reportado un aborto. Tenía usted 22 años. Ese si me imagino fue un evento violento para su edad y su condición. ¿Tuvo usted un trauma o sentido de culpa por esta situación?...”

Ella estaba por contestarle, cuando la interrumpió. “Bueno, pero eso no es importante con lo que vamos a tratar aquí. Sigamos...en su formulario fue muy explícita. Empezó a masturbarse a los 25 años. Debo decir que fue un tanto tarde para una mujer de su generación. Me imagino que la educación y los valores le impidieron tener una relación más abierta con su cuerpo. Aunque aquí dice usted que no viene de una familia ni estricta, ni religiosa, ni conservadora.”

Recostada en el diván ella observaba el techo, impecablemente blanco, y pensaba en las razones por las que no se masturbó antes de los 25 años. Quizás fue porque no le faltó pareja, porque el sexo era bueno, porque se lo hacía con frecuencia, porque llegaba cansada de estudiar y trabajar, o porque no se le ocurrió tocarse antes. Pero no por ideologías represoras. Porque definitivamente relaciones abiertas, muy abiertas ya había tenido su cuerpo con otros cuerpos.

La doctora no esperó a que ella terminara la reflexión y prosiguió. “Nunca ha pasado más de un mes sin tener relaciones sexuales, cuando tiene pareja le gusta practicar el sexo diariamente, aunque desde que empezó a masturbarse reporta que lo hace mínimo cuatro veces por semana. ¿Inclusive cuando tiene pareja?”

Pues si, pensó ella. Se masturba cuando está sola, como parte de tener una relación más abierta con su cuerpo. Se ha dado cuenta de que los orgasmos clitorales son fáciles de lograr con sólo apretar un botón. Le gusta sentirse. Lo hace, en su casa, antes de dormir si está sola, en la regadera, a veces después de cenar, como postre, o cuando se acuerda de alguien y lo quiere homenajear. Le dice en silencio “este orgasmo es para ti”. En fin, que si, inclusive cuando tiene pareja se masturba.

Cruzando las piernas como apretándose el sexo, la doctora no le permitió terminar su pensamiento cuando siguió mencionando las respuestas dadas al formulario: “Ah!, registra que a los 31 años tuvo su primera experiencia de sexo anal y que ha mantenido relaciones con dos hombres simultáneamente y también ha formado parte de tríos con otra mujer y otro hombre, también estuvo con mujeres. ¿Son situaciones que práctica con frecuencia?”

Con esa pregunta su pensamiento estaba en otra parte. Básicamente recordando esas situaciones atípicas para ella que desgraciadamente no práctica con frecuencia porque, le quiso decir a la doctora, “a veces no tengo a nadie con quien coger”.

Pero la doctora se entretuvo con otra página del formulario en la cual ella había reportado que únicamente ha estado una vez con dos hombres y en dos ocasiones con un trío (que no era Los Panchos).

“Digamos que fueron experimentaciones. Es normal, cuando se es joven a veces la identidad sexual no se tiene clara y se atreve uno a formar parte de estas situaciones para saber y conocerse mejor.”

Ella no le quiso decir que esas situaciones normales para jóvenes no las experimentó a los 20 sino a los 30 años. Al parecer ese dato no había sido solicitado por el formulario.

“Bueno, sigamos” –dijo mientras pasaba a las hojas que faltaban de revisar- “No ha tenido experiencias con animales, tampoco con niños, no ha sufrido de ataques o violencia sexuales, no consume pornografía, pero contestó si a la pregunta sobre si le excitan las escenas de sexo que ve en cine o televisión”.

En ese momento ella estaba atenta a los detalles que había en el consultorio. La doctora tenía un tapete de Marruecos colgado de la pared, una tetera de Japón, una licorera de cristal de Bohemia, una escultura en madera de Java, un mate argentino, una muñeca victoriana de porcelana, un reloj cu-cu del sur de Alemania. Ella pensaba en los lugares en donde había estado y cogido alrededor del mundo.

La doctora la sacó del viaje que ella había iniciado a través de esos objetos. “Si, aquí dice que a usted le excitan las escenas sobre sexo que ve en la televisión o en el cine”.

Pues si, pensó ella. La excitan, como la excita una descripción de coito bien escrita en un novela, como la excita el olor a ajo y aceite, como la excita ver una cama destendida con un hombre a un lado, como la excitan algunas fotografías de Nan Goldie, como la excita el chocolate acompañado de vino tinto, como la excita que le jalen el cabello y le peguen en las nalgas, como la exhitan las camisetas para hombre blancas y con tirantes. Como la excitan muchas cosas en este mundo estando acompañada, pero también estando sola.

“Pero eso es normal, la excitación empieza en el cerebro que envía señales a los órganos sexuales y estos reaccionan. Es una cuestión fisiológica.”

En un momento pareció que la doctora se entretenía en una de las últimas paginas del formulario. Volteaba a verla de reojo. Regresó a la primera página a revisar algún dato de los generales. Volvió a la última.

“Bueno...-carraspeó un poco-... tiene usted 34 años y propensión y afición al sexo. No se le dificulta tenerlo inclusive con desconocidos. Ha tenido sexo con hombres de los que no sabe el nombre. O sea para usted el amor no es importante, para usted el sexo es otra cosa. No es sadomasoquista pero un poco de violencia la excita. Desde los 19 años hasta ahora ha tenido poco más de 40 parejas sexuales un promedio de 2.6 parejas distintas por año. ¿Cuál parece ser su problema?”

Ella se sentó sobre el diván. Se puso los zapatos que había dejado a un costado. Tomó su bolsa y se levantó. Se arregló la falda y la blusa. Se acomodó el cabello y le dijo:

“Eso era exactamente lo que quería que usted me dijera”.

Y se fue maldiciendo…“pinches terapias”.

Comer en el chilango.


Siempre lo he dicho: I Love D.F.

No nada más porque el centro histórico es uno de los más bonitos que he visto, o por el “rush” que tiene la ciudad que siempre respira agitada o porque ahí habitan amigos y amigas queridisim@s que visito cuando me paso por ahí. Sino porque me siento en casa. Jamás he cultivado la aberración –casi envidia- contra el chilango que han desarrollado en otros estados. A mi la gran Tenochtitlán me encanta.

Además de caminar por calles del centro, de la Roma, de Coyoacan o de Tlalpan, pasarme por alguna exposición y por varias librerías, intento ver a las amistades que andan del tingo al tango, por lo que quedar para comer o cenar es siempre muy práctico: sosegar la necesidad viendo y hablando con alguien apreciado.

La ciudad se presta para todo ya que las opciones van de la comida corrida de 35 pesos al restaurante de súper chef con estrellas Michelin y en medio todo es posible.

En esta última parada aproveche muy bien mi tiempo. El domingo que llegue mi anfitriona me invito a cenar a la Hostería de Santo Domingo, el restaurante más antiguo de México en el mero centro histórico. Tenía como doce años sin entrar y me pareció que sigue igual, tradicional, kitshona, mexicana. Pedí una pechuga de pollo ranchera (tipo al pastor) con nopal asado y de tomar agua de limón con chía. Creo que hay que ir a la Hostería mas seguido, el ambiente es familiar, la decoración divertida y el menú muy variado y muy típico. Es un buen pretexto para ir al centro histórico a degustar chiles en nogada, que sirven todo el año, o caldo de habas, sopa de medula, mole de olla y todo tipo de antojitos mexicanos (Belisario Domínguez, atrás de la plaza del mismo nombre). Otro buen pretexto en el corazón de la ciudad es El Café Tacuba (Tacuba 28) me gusta porque siento que me introduzco a una parte de la historia chilanga desconocida para mi. El edificio es precioso, su carta es amplia y sus enchiladas son ricas. Últimamente no he ido porque hay mucha gente y lista de espera. Pero siempre es una opción en la zona.
El lunes aprovechando que andaba por el sur me pase al mercado de Coyoacan famoso por sus quesadillas -que si están muy buenas- pero que yo dejo pasar por comer tostadas. Ya dentro del mercado, acercándome al área de la comida fui sintiendo el llamado de los meseros que te invitan a tomar un lugar en sus puestos. Pero yo le soy fiel a las “Tostadas Coyoacan”. Ahí Fernando le hace un homenaje a la tostada rifándosela con su destreza sirviendo de tinga, de ceviche o de pata, con su base de frijoles o aguacate según sea el caso y coronadas de lechuga, crema y queso. Yo soy tradicional y como siempre pedí la de champiñones, la de cochinita y la de salpicón, siempre las mismas y en ese orden. Agua de tamarindo para acompañar. Otra muy buena opción económica, rapidita y siempre súper rica. Con más tiempo hubiera llegado sin duda a comer a Los Danzantes en el jardín Centenario, cuyo menú mezcla sabores típicamente mexicanos con ingredientes extranjeros haciendo combinaciones muy interesantes, como el atún con mango y frijoles blancos cocidos en leche de coco o la hierbasanta rellena de queso de cabra y quesillo en salsa de miltomate y chile meco. Pero mejor aprovecho mis visitas a la ciudad de Oaxaca para ir a su restaurante que ademas es lindisimo.

Ese lunes por la noche me encontré con otra amiga. Nos fuimos a la colonia Roma buscando un restaurante de comida asiática, pues tenia antojo de un pad thai o un curry verde, y encontramos El Malayo cerrado. Yo no tenia ganas de comida italiana, cocina que por cierto abunda ahí y en cualquier parte de México. Dando vueltas llegamos a la Condechi que, aunque una quiera evitar, siempre ha de llegar. Terminamos en un bistro francés llamado Rojo. El Rojo Bistro es un lugar agradable, con una buena iluminación, el menú es variado pero (siempre hay un pero) para comer bien y beber un par de copas de vino si se necesitan unos 400-500 pesos por persona. Como no iba en ese plan me salte la entrada y el primer plato y elegí un segundo. Me costo trabajo pues todo se antojaba, pero el pato a mi me mata y lo como poco así que pato fue. A la naranja y frutas secas con puré de papas y un Pinot Noir francés. Ambas elecciones impecables. El pato estaba perfectamente cocinado, con la piel crujiente y la salsa de naranja y frutas secas le daba un sabor cítrico riquísimo que no se parecía al pato laqueado de la comida china (que bien hecho es una delicia igualmente). Estuve muy a gusto y en muy grata compañía. El Rojo Bistro es la excusa para ponerse el vestido negro corto al que no se le encuentra lugar, es ideal para una cena romántica o para celebrar un cumpleaños o un trabajo nuevo, pero con muy buen sueldo. (Amsterdam 71, Condesa).

El siguiente día me toco comer ahora si en la colonia Roma. Gracias a otra amiga, avecindada de la zona, descubrí el “Levadura”, un lugar que hubiera podido estar en el barrio de Prenzlauer Berg de Berlín. Un local de sencilla decoración, paredes blancas, una barrita y pocas mesas adentro y otras pocas afuera. El personal alivianado y el ambiente muy relajado. El “Levadura” tiene un menú distinto todos los días que da a conocer en una pizarra. Te ofrecen un primero que puede ser ensalada o pasta, un segundo y el postre, con una copa de vino el menú cuesta de 100 a 130 pesos, dependiendo del segundo que puede ser con pollo, pero también con salmón. Para el precio la comida es una ganga. Los platos están servidos en la proporción correcta y lo que comí estuvo muy rico. La ensalada ligerita y fresca de distintas lechugas con manzana muy buena como entrada. El segundo fue una delicia de codorniz asada con ajo y perejil acompañada de calabacitas salteadas, que afortunadamente deguste frente a una amiga pues comer dicha ave no es nada sensual. Para terminar un pudin de frutas del bosque. Por la relación calidad-precio el “Levadura” (Tonalá 23, colonia Roma) fue mi nuevo y grato descubrimiento.

Lamentablemente no me quede más días y no me moví por otras zonas. Generalmente quedo con gente a quienes la Condesa o la Roma les queda muy a la mano por lo que conozco muy bien el menú de carnes y comida argentina de El Zorzal (Tamaulipas y Alfonso Reyes), las hamburguesas de ahí a un lado, el Buena Tierra de comida fresca y nutritiva en donde me gusta desayunar (Atlixco 84). En Tlalpan me gusta el restaurante de comida yucateca del que olvido el nombre, pero esta en la plaza central, muy rico y autentico. En San Ángel me he pasado en ocasiones por el Cluny en donde las crepas son riquísimas y del que aun recuerdo la crema de flor de calabaza. Ahora se me pasan otros sitios, que seguramente he olvidado por el paso del tiempo, pero no por malos, que esos no se me olvidan. Por eso lo único que no como en el D.F. son tacos a los que incluso evito. Si un día alguien me muestra algo mejor que El Caliman o el Tizoncito entonces rectificare mi opinión.

Pero no los necesita, la ciudad de México es una experiencia de muchos tipos, con dinero destinado para ello también es una experiencia culinaria que de verdad no le pide nada a otras grandes capitales. Por eso simplemente I Love D.F.

viernes

El extrañado asado argentino

“Si esa primera noche que lo conocí no me lo hubiera cogido, después no me lo hubiera cogido nunca”, me dijo en un arranque de encabronamiento. “Si es un pinche flaco, ojeroso, drogadicto y huevón, no, si nada mas le faltaba robarme o vivir de mi sueldo”.

“Pero nunca lo hizo”, le dije yo para que se tranquilizara pues estaba a punto de ir a golpear a alguien ahí en el café de la plaza central. La cosa no era una tragedia. Pero era la primera vez que le veían la cara de pendeja. Y que a una le vean la cara de pendeja ya entrada en los treinta años y, además, que te la vea el hombre con el que te acuestas es, primero, una mala sorpresa, y después una desagradable experiencia.

“El muy cabrón con sus recaditos y sus llamadas para decirme cualquier cantidad de pendejadas con su acentillo sudamericano…¿a poco no lo viste con esos ojos de borrego moribundo? Si la pendeja fui yo por creerle a ese chamaco, porque eso es, un pinche chamaco veinteañero que se llena la nariz de speed para irse los sábados a bailar mala música electrónica, con sus amigos, una bola de drogadictos apestosos buenos para nada”.

Yo me preguntaba ¿Por qué tanto rencor? Oye reinita, si te enamoraste lo entiendo, pero si como se supone lo único que sientes es el orgullo herido ¿Por qué despotricar sin parar y no dejarlo ir, si ultimadamente es un pinche chamaco imbécil?

No, pero no paraba, como era normal en ella. Primero porque le creyó todas y cada una de las razones, que resultaron mentiras, que le dio para –de un día para otro- dejarla. Y luego porque vio con sus propios ojos lo que en realidad sucedía: el chamaco ya estaba con otra chamaca. “Pero si era de esperarse, además la pinche vieja esta igual de fea que él y será una pendeja igual”.

Igual, ¿que tú o igual que él? me preguntaba yo. Oye mi reina, ¿Para qué, porqué, cómo fue que duraste cinco meses acostándote con un baboso, inútil que se droga todos los fines de semana y que además es feo? La respuesta que debí sospechar llegó mientras le daba un sorbo a mi capuchino.

“¡No te imaginas como cogía!.” Me dijo con los ojos abiertos como dos platos. “Así como lo viste de flaco y con sus dreads, con aspecto de que no se baña muy seguido, ¡uta, era una onda la que teníamos en la cama! que hacía mucho no sentía con nadie. Un contacto de piel, una conexión en la mirada, un placer…AB-SO-LU-TO”. Absoluto, es un placer que no conozco, lo pensé pero no se lo dije. Pero ella estaba ya roja –no de pena, sino de emoción- contándome los detalles de la tocadera, la besadera, la lamedera, la abrazadera, la acurrucadera, la meneadera y la movedera, que junto con la penetradera la dejaron como una loca cinco meses al hilo. “Es que no pasaron más de dos días sin que lo hiciéramos, a veces tres veces en el día, a veces tres veces en el mismo rato. Una vez lo hicimos dormidos. ¿Te imaginas?, ¡estábamos dormidos!..era un pinche loco”.

¿Y tu, mi reina?…quería preguntarle. ¿Tú no eras una pinche loca desquiciada, completamente desarmada por un chamaco que se había salido de Argentina con su pasaporte holandés para conquistar Europa y que llegó a un pueblo quesero a trabajar para comer y a no hacer nada de provecho?

“Era una cosa!...pero una cosa! (hasta la boca se le hacía agua al hablar)...mira, sudábamos inclusive en el invierno, a mi se me antojaba estar con él todo el día, pensaba en el sexo hasta cuando lo estábamos haciendo, a veces yo ya estaba lista para irme a la oficina y desde la cama el muy cabrón me hablaba para que me despidiera y ándale! otra vez a la folladera. No, de verdad, era incontrolable”.

¿Tu o él?, pensaba yo: ¿Qué era lo incontrolable?, ¿las ganas?, ¿la calentura?, o ¿tu vanidad por sentirte deseada o la de el tipo por sentirse un semental? ¿Qué era lo incontrolable? ¿sus ganas por controlarte a través de la cama o tus ganas por no dejarte controlar y portarte como nunca lo habías hecho antes?

“Perdí la cabeza. Pero yo sabía que se terminaría pues empezó como juego, yo sabía que no iba a durar más de lo necesario pues no era un tipo para mí –porque es un chamaco- (proseguía ella). No me enamoré, de eso estoy segura, pero desde la primera vez estar en la cama con él me hizo sentir todos y cada uno de los poros de mi cuerpo abiertos exudando mares, me hizo sentir el corazón en medio de las piernas latiendo a mil por hora y escalofríos por la piel, me convertía en un lago tibio y su sexo en el animal que lo nadaba con maestría. De verdad, pero de verdad te lo digo, que si en un orgasmo me hubiera muerto no me hubiera importando. Y saber que no todos los hombres hacen sentir eso, es lo único que me pesa. Voy a extrañarlo. Porque así, así como con ese pedazo de asado argentino no me voy a volver a sentir en mucho tiempo”.

Me quedé pensando. ¿Por qué el sexo puede ser tan bueno o mejor cuando no hay amor? ¿Qué nos inhibe a sentirlo plenamente cuando estamos enamorados? ¿Son las expectativas en una relación, en la pareja, las que nos bloquean los sentidos? ¿Por qué es más posible dejarnos ir con todo cuando la otra persona no importa absolutamente o no va a importar absolutamente? Ella seguía hablando pero yo no la escuchaba todavía. Empecé a recordar mis experiencias y terminé calculando que he cogido mas y mejor con amantes de ocasión que con los amores de mi vida.

“Ya, no te preocupes por mi, voy a estar bien, más se perdió en la guerra”, me dijo para regresarme de mis pensamiento. Apagó su cigarro: “Se está haciendo tarde y hoy ceno con un colega del trabajo, uruguayo por cierto, a ver, en una de esas la carne asada con leña es mejor que la carne asada al carbón”.

Ya no dije nada. Cuando a una le gusta la manta fiada, aunque se la den a peso, como dice mi abuela.

jueves

Cosquillitas ahi

Fue durante unas vacaciones de verano. En esos largos días de sol y claridad durante los cuales pasaba el tiempo en la calle con el grupo de vecinas de mi barrio. En esos días salíamos a jugar a la playa, que nos quedaba a una cuadra y cruzábamos "al otro lado" caminando por la arena haciéndonos pasaportes de cartulina por si llegaban los de la “border patrol” a pedirnos documentos. Antes apenas aparecían esos gorilas y cuando llegaban ni caso nos hacían.

Íbamos “al otro lado” todos los días, jugábamos en el parque que está ahí juntito -en donde dice que es el limite entre México y Estados Unidos- y nos sentíamos muy cucas porque estábamos solas “en los Estados Unidos”. En esos veranos los días volaban y desde las 12 del día estábamos en la calle. Cuando no estábamos comiendo una “nieve de frosty”, estábamos patinando sobre la banqueta o comiendo nachos con queso, o comprando paletas de helado de cajeta, o platicando en la esquina con los vecinos o jugando quemados contra la pared de una vecina que nos odiaba por eso o montando bicicleta. Y fue justo en una bicicleta que supe que ese algo que dios me puso en medio de las piernas y que me hacía diferente a los niños, tenía vida propia.

En esa ocasión íbamos en bicicleta las seis que formábamos el grupo. Habíamos hecho una excusión y veníamos bajando en bicicleta una calle empedrada. Yo en mi bicicleta de mediados de los ochenta, -de asiento largo, ancho de atrás y angosto de enfrente-, llevaba a mi hermana menor detrás, por lo que tuve que acercarme a la orilla del asiento. Iba yo sentada en la punta apretando las piernas, cuando el constante brinco causado por el empedrado de la calle provocó un, igual de constante, roce de mi vagina con el asiento.

Empecé a sentir calor y humedad y una sensación amable, por decirlo de alguna manera. Al terminar el trayecto insistí en volver a bajar la calle, pero ninguna de mis amigas quería repetir. Me esperaron en la esquina comiéndose unas paletas de semaforo con chamoy. Yo subí obligando a mi hermana a hacerlo conmigo, pues quería volver a tener la misma posición en el asiento. Empecé el trayecto mas arriba, para que el descenso fuera un poco más largo. Sabía que se llegaba alguna parte con esa sensación, intuía que no podía quedarse en eso. Subí con mi hermana, nos fuimos hasta la cumbre de la calle, nos sentamos las dos, me acerqué a la orilla del asiento, apreté el sexo y los muslos contra él, provoqué el roce, empecé a sentir eso que no sabía cómo se llamaba pero que estaba sintiendo. Se fue haciendo más intenso hasta que llegó una oleada de humedad mayor y me dieron cosquillas ahí.

Reí al bajarme de la bicicleta, con muchas ganas de meterme la mano entre las piernas, sentía como entumecido, hormigas que recorrían esa parte que ahora estaba relajada.

Fue mi primera vez.