lunes

Baise-Moi…Fóllame.

La madrugada que se encontraron, Manu y Nadine habían pasado un día fatal. La primera había sido violada por conocidos de su hermano, la segunda, después de haber visitado a un cliente en un hotel, tuvo un incidente con su compañera de casa y debió marcharse.
Por diferentes razones, que la película aclara pero yo no quiero hacerlo aquí, las dos deben y buscan salir de su barrio, el cual se ve es un suburbio de clase media baja habitado por desempleados, drogadictos, dealers, sexoservidoras y actrices de películas porno. Las chicas no se conocían de antes pero casualmente buscan un tren a la hora que no hay y ahí solas en la estación deciden ir en coche a París.
Ahí empieza la aventura. Nadine maneja y Manu acompaña. Nadine tienen una cita en otra ciudad y ambas hacen lo posible por llegar, pero en el camino se desata lo que se inició el día que se conocieron: la furia.
Dirigida por Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, Baise-Moi fue estrenada hace diez años y en su natal Francia se exhibió solamente en salas de cine porno. Las escenas de sexo explícito y cámara dirigida a los genitales en acción le valieron la clasificación X.
Sin embargo Baise-Moi no es propiamente una película porno de gemidos exagerados, coito energético, fluidos expuestos, vaginas lamidas y anos penetrados, con mujeres exuberantes de senos operados u hombres de prominentes penes. En esta película la sangre abundante no es de vírgenes violentadas.
Esta es la historia de dos mujeres que llevadas por las circunstancias y sus propias decisiones empiezan a hacerse un tipo de justicia por su propia mano. De alguna manera cobran venganza, no por el terrible día que pasaron, sino por la vida que tienen. No hay un cuestionamiento profundo sobre cierta "condición femenina", más bien es como una versión hard core de Thelma & Louise.
Todo pasa muy atropelladamente. De ser la una actriz de porno y la otra prostituta pasan en cuestión de horas a ser asesinas para después convertirse en una pareja de ladronas, matonas en serie y ninfómanas. Parte de su estrategia es obtener el dinero de la manera más fácil posible y que el sexo no sea otra vez obligatorio ni fingido, sino placentero. Con V de Vendetta empiezan a disfrutar armas, drogas, compras compulsivas y el sexo en colectivo. Se quieren generar una imagen, un estilo de hacer las cosas dejando más que sangre sobre sus escenas de crimen. Hay un viso de atracción lésbica que no se consuma pero que está latente y le da a la película cierta sensualidad.
También hay una escena memorable con Nadine que rafageando a los clientes frecuentes en un bar de sexos y culos al aire deja un cementerio de cuerpos semi-desnudos y semi-venidos. Esa secuencia no tiene desperdicio. Otra en donde Manu descarga su pistola en el ano de un tipo mal educado, al que agarró, digamos, mal parado.
Como en este tipo de películas, la producción no es la gran cosa y en ocasiones parece que esta hecha para mala televisión. Las actuaciones no son de premio Goya pero creíbles y mejores que las de Linda Lovelace (perdón por esta blasfemia). A mi el final me sorprendió.
Con sus "asegunes" tiene su mérito hacer una road movie de dos vengadoras insaciables que por distintas razones terminaron embarcadas en ese viaje que las llevó hasta tocar su propio fondo.
En un antiguo post escribí sobre mi interés por el porno dirigido por mujeres. Baise-Moi que no es propiamente porno si es una buena muestra del tratamiento que dan las mujeres al sexo y al erotismo. Otra vez con retraso, la recomiendo.

miércoles

Tipping the Velvet...abriendo la ostra.

En la primera escena una ola choca contra un grupo de ostras cerradas que están entre las rocas. Luego se ven manos tomándolas, poniéndolas en canastas, llevándolas para después abrirlas y comerlas. Es un pueblo junto al mar en la Inglaterra de finales del siglo XIX. La ostra, de aspecto singular y sabor particular, es una de las cosas que más y mejor remiten a un sexo femenino.

Diré que el inicio es elocuente.

Basado en la novela de Sarah Waters, Andrew Davis adaptó para la BBC Tipping the Velvet, en la cual Nancy Ashley –en primera persona- nos cuenta su historia. En tres capítulos de una hora cada uno Nan, como le dice su familia, nos muestra cómo sintió por primera vez ese “algo” que su hermana le decía que tenía sentir cuando conociera a su príncipe azul. Sólo que Nan ese algo, que no es nada más que sensaciones en el estómago y en la vagina, lo sintió cuando vio por primera vez a Kitty, una cantante de teatro-cabaret cuyo personaje en el escenario era un chico.

Nan no pudo evitar sentir, primero, admiración por esa mujer que parecía tan cómoda vestida de hombre y atracción por su voz y su sensualidad, para después caer rotundamente enamorada, al grado de dejar su pueblo de mar, el negocio de ostras de su familia e irse con Kitty a Londres. De ahí en adelante la vida de Nan dio muchas vueltas, el desamor (Kitty la dejó) no se hizo esperar pero aparecieron entonces otras mujeres que le dieron a Nan elementos diversos y complejos para construirse y asumirse como lesbiana y así enfrentar el mundo.
Además de la historia de Nancy, Tipping the Velvet nos ubica en ese mundo excéntrico y divertido del teatro-cabaret en un Londres liberal en donde las lesbianas contaban ya con espacios de socialización para ir vestidas de hombres acompañadas de mujeres o simplemente lucir sus mejores vestidos de la mano de una persona de su mismo sexo casi siempre más joven. Pero también muestra parte que en ocasiones tienen todas las relaciones: el sometimiento por placer, la dependencia rayando en la locura, la perversión que provoca el extremo apasionado, el papel de la clase y la jerarquía entre mujeres que gustan de mujeres.

Hay en la serie escenas memorables. Una fue cuando Nan abrió un baúl y encontró un juguete que se puso entre el sexo. Era un pene negro de algún material amigable a los flujos femeninos que después introdujo a una mujer bellísima en una lujosa recamara digna de un acto como ese en el que los hombres son imprescindibles. Debo confesar que esa escena me acompañó tiempos extras.

En las tres horas que dura Tipping the Velvet, Nan pasó del sexo por amor al sexo por placer, del enamoramiento a la subordinación, de la sorpresa por el mundo que descubrió al mundo que la toma por sorpresa a ella. En una parte de la serie hubo un momento -que yo leí de lección moral- cuando Nan vagó por las calles sin dinero y sin un alma que le tendiera la mano (¿eso le pasó porque es lesbiana?). Pese a esto, en la última parte de la serie el amor entre mujeres es reivindicado y el final es uno feliz.

Tipping the Velvet es una serie que hay que ver: bien producida, sensual, divertida, con un lenguaje sencillo y ameno que narra sin complejos la iniciación de una mujer en su amor y pasión por otras mujeres. Pocas hay como estas, y es una pena que no se hagan series de este tipo más a menudo.

“Al abrir una ostra hay todo un mundo por descubrir”, dijo Nan cuando inició su narración sentada en la cocina de la ostrería familiar. Al parecer no se equivocó...sería cuestión de ver.

Pd. Es mi recomendación con retraso, más vale tarde que nunca…Gracias I….

Tipping the Velvet
BBC Production

viernes

Brujas, para morirse con chocolate.


En una visita a Bélgica seguramente se verán ciudades bellísimas y museos muy diversos, se beberán buenas y diferentes tipos de cervezas, se comerán conejo a la flamenca y mejillones al vino blanco con papas fritas, se prescindirá de vegetales y del buen pan, pero sobretodo se probara y comerá hasta la saciedad eso que a los belgas les queda tan bien: los chocolates.

Divinos ellos, son como nada ni nadie dentro de mi boca. Al chocolate, sobretodo si es oscuro, casi cacao puro, le tengo amor leal e infalible. Me gusta solo, pero también combinado especialmente con naranja, fruta de la pasión, guayaba o frambuesa. También me gusta con chile, con almendra y con menta.

Pues de todo y con todas las combinaciones posibles probé durante mi tercera visita a Bélgica, que en esta ocasión fue a Brujas, la capital belga del chocolate.

Y no es que en Bruselas, Gent o Amberes no haya chocolaterías, pero yo no vi la cantidad que se encuentra en Brujas. Sin hacer un recorrido planeado para visitarlas, con sólo ir caminando por las callecitas, placitas y canalitos de la ciudad, perdiéndome por ahí y bobeando sin parar me los iba encontrando: paraísos de puro chocolate.
Hay chocolaterías de todo tipo, las muy fresas que parecen joyerías como Neuhaus, hasta las tradicionales que no han cambiado en años ni su publicidad como Dumon. En medio hay para turistas (Finest belgian chocolate) con piezas de chocolate que rayan en la vulgaridad y en los exorbitantes precios, hasta las chocolaterías para los locales en donde se pueden comprar delicias a precios accesibles.

Y en una de esas perdidas que me di, caminando por aquí y por allá, llegué al Chocolate Museum (http://www.choco-story.be/). Siempre supuse que un alimento, ingrediente, sabor y pasión como él debía tener un museo. Pues lo hay y está en Brujas.
El museo está ubicado en la St. Jansplein, en la zona central de Brujas. Consta de cuatro pisos. En el primero está –obviamente- la recepción, la caja (el boleto de entrada cuesta 6 euros e incluye un pedacito de chocolate) y la tienda de “souvenirs”. En el primer piso se inicia el recorrido por la historia del chocolate empezando con el origen del cacao. En la primera sala se expone información sobre el tipo de árbol, las semillas, las ambientes y los nombres científicos.
Después se pasa a una sala en donde se ubican en un mapa del mundo las regiones productoras de cacao. Para mi sorpresa México no figura entre los productores más importantes. El cacao se produce básicamente en África con Costa de Marfil y Ghana encabezando la lista, junto a otros productores africanos - Nigeria y Camerún- Indonesia y Brasil también aportan cacao al mundo.
En esta misma sala hay replicas de árboles de cacao y se inicia la historia del consumo del cacao con los mayas y los aztecas. En la exposición hay pinturas, algunas figuras de barro y detalles que ilustran el uso ritual del cacao en ambas culturas. El cacao fue moneda de cambio y mezclado con sangre se ofrecía en los sacrificios. Pero el cacao también se bebía y de ahí viene el nombre del chocolate: xoco-cacao, alt-agua: Xocoalt.
Lo que sigue ya nos lo sabemos. Llegaron los españoles, descubrieron el cacao, en el siglo XVI se lo llevaron a Europa como bebida ya mezclada con azúcar, pues, dice la leyenda, que fueron unas monjas en Oaxaca quienes inventaron lo que hoy se conoce como chocolate en agua.
En el museo se explica cómo esta bebida se fue extendiendo por toda Europa, aunque fue en Francia e Inglaterra donde tuvo su mejor aceptación durante los siglos XVIII y XIX. Bebida de la realeza y la aristocracia, el chocolate se erigió un rey por si mismo.

Este auge en Europa no discriminó a lo que entonces era Flandes (Bélgica), sobretodo tomando en cuenta la influencia que España ejercía en el norte europeo. Las casas para beber chocolate empezaron a existir por el 1660. En lo que ahora es Bélgica se acogió al chocolate como si fuera producto nacional y de hecho se ha convertido en un símbolo. En el mundo se reconoce el chocolate belga como garantía de calidad y sabor.
En el museo se pueden ver las primeras máquinas que se utilizaron en Bélgica para procesar el cacao, mezclarlo con leche y azúcar y elaborar chocolates. También se exhiben las tazas de porcelana y jarras especiales que eran utilizadas para servirlo, pues como el té en Inglaterra, en Bélgica se hizo costumbre, casi un rito, beber chocolate.
El chocolate pasó de ser una bebida a ser un postre, para después convertirse también en un ingrediente con el cual hacer jaleas, salsas, jarabes y etc. En 1912 Jean Neuhaus adoptó el término “Praline” para nombrar a un chocolate pequeño, redondo y relleno que se empacaba en cajitas muy llamativas, lo que hizo aún más popular el consumo de chocolates.

Después de pasar por la historia de la elaboración del chocolate, se pasa a una sala que exhibe las diversas presentaciones que ha tenido el chocolate belga dependiendo de la compañía o empresa productora.
En la última sala se proyecta un video de 10 minutos que hace un recorrido desde la recolección del fruto del árbol del cacao hasta su procesamiento en una barra de chocolate. Lo que nos comemos es la mantequilla de cacao, o sea la grasa, lo que nos bebemos es el polvo del cacao, que ya procesados, ambos, son un chocolate caliente o un pedazo de chocolate. En el sótano, visita obligada antes de salir del museo, se encuentra un especialista en chocolate haciendo una demostración de la elaboración de las pralinés que dura aproximadamente 15 minutos y que yo me perdí con tantos niños ruidosos frente a la mesa. No está demás mencionar que en esta parte del museo hay piezas de chocolate que rosan el kitsch y la exageración como un huevo de pascua gigante, el castillo de Cenicienta, un molino y, su última novedad, una figura en tamaño original de Barack Obama (It is forbidden to eat the president, se aclara…pero a ese ni en chocolate!).

Y después de ese recorrido por la historia del chocolate en Bélgica es más claro entender que en Brujas haya al menos una chocolatería por calle, como iglesias hay en Puebla. Los belgas hicieron del consumo del chocolate una religión y aunque los suizos tienen su fama bien merecida, yo que probé tantos chocolates en mi vida de diversas casas y de varias partes del mundo, puedo decir que los belgas son los mejores. Las cuatro cajas de chocolates rellenos, trufas y pralinés con esencias florales y la jalea que compré en la tienda Neuhaus (http://www.neuhaus.be/) son inolvidables.
El chocolate se puede convertir en una adicción. Conozco gente que no puede vivir sin comerse cuando menos uno diario. Yo me contengo, lo intento, aunque si tengo una caja de chocolates o una barra de chocolate oscuro a la mano difícilmente va a durar más de tres días. He llegado a esconderlo para no compartirlo y junto con el café es lo único que no resisto si me lo ofrecen a cualquier hora del día.
Cuando viajo me gusta probar los postres de chocolate para conocer cómo lo preparan en distintos lugares. Adoro los brownies, el helado de chocolate con pedazos de chocolate, la mousse de chocolate oscuro con peras, la tarta de queso con chocolate, las crepas con nutella, hacer un fondeu de chocolate con frutas y todo lo que se cocine o prepare con cacao o chocolate.
En el museo no se menciona que el chocolate es afrodisiaco y antioxidante, que si se come con la menor cantidad de azúcar posible contribuye a la regeneración de células. Además los productos de cacao para la piel, especialmente para la cara, producen colágeno, que contribuye a mantener la piel más firme, hidratada y por lo tanto sana. Por eso si no me lo como me lo embarro…y de eso también surgen experiencias saludables o si no al menos gozosas.
Estoy segura de que para nosotros amantes al chocolate no hay mejor lugar en el mundo que Brujas, yo ahí hubiera podido quedarme a morir…enchocolatada!

sábado

No pienso mucho en ti, pero me acuerdo.

Hace tanto tiempo que estuve contigo la última vez que casi no pienso en ti. Y como desde entonces tampoco hablamos te me olvidas con frecuencia. Pero, a veces, me acuerdo…


Me acuerdo que preferías que yo llegara a tu casa después de cenar, casi siempre los mismos días y siempre a la misma hora. Me acuerdo del olor que tenías por la noche cuando te visitaba. Olor a día de trabajo, oficina, tráfico y loción gastada. No pienso mucho en ti, pero cuando lo hago me acuerdo de tus canas escondidas rodeando tus genitales, de las arrugas alrededor de tus ojos, de tu estómago cada vez más rebelde y relajado. Me acuerdo de tu casa, limpia pero sin orden, con lo mínimo indispensable, con poco para comer pero con suficiente para beber. Casa de hombre solo que no presta atención a los detalles.


Cuando pienso en ti me acuerdo que no había mucho preámbulo antes del sexo. Me abrías la puerta, dejaba mi bolsa en el sillón de la sala, me ofrecías algo de beber, tomaba mi copa y subía detrás de ti hacia tu habitación. Apagabas la televisión y quitabas el periódico de la cama mientras hacías alguna pregunta, generalmente banal, como para llenar el hueco de silencio mientras te quitabas la ropa y yo me quitaba la mía. “¿Estaba lloviendo por tu casa?” o “¿no sientes que está muy fría la recámara?” o “¿esos zapatos son nuevos?”, preguntas cuyas respuestas no le importaban a nadie, y que hacías mientras yo me iba deshaciendo prenda por prenda de lo que llevaba puesto.


Yo dejaba todo sobre una silla que parecía puesta ahí para mí pues siempre estaba vacía. Tú dejabas todo tirado en tu lado de la cama que estaba establecido. Las preguntas eran necesarias, para ti supongo, porque te hacían sentir que teníamos algo que decir antes del coito, o te hacía sentir que no era únicamente a eso a lo que yo llegaba las veces que por tu casa llegaba.


Por eso cuando pienso en ti no me acuerdo de ninguna conversación sostenida antes de desnudarnos y tenernos. Era como si hubiera una urgencia por penetrarnos, tu a mi con tu pene, yo a ti con todo lo que tenía. Pero después de haber terminado, de eso me acuerdo cuando pienso en ti, te acomodabas en la cama, me abrazabas y empezabas, ahora si, a hablar. Me contabas de esa mujer, la que estaba embarazada de ti en una ciudad lejana y con la que hablabas por las noches – a veces interrumpiendo nuestras citas- fingiendo estar solo. Me contabas de tus hijos, los del primer matrimonio y único divorcio, me contabas de tu enorme familia, inabarcable con tantos hermanos, hermanas, sobrinos y sobrinas. Me contabas de un nuevo libro que habías empezado a leer o de la última noticia que te había consternado. Me contabas del trabajo que estabas haciendo, algún documento para presentar o publicar, alguna revisión de tesis, algún dictamen.


Yo te oía, pero no te escuchaba. Me concentraba en tocarte, porque tu piel, a pesar de su edad, era una seda. Pasaba los dedos de mi mano derecha por tu cuello, bajaba por tu panza y me detenía en el vientre. A veces te jalaba los vellos blancos y regresaba al cuello. Te movía el cabello pues siempre me disgustó tu corte de cabello que yo consideraba “de señor” y te peinaba los bigotes con los que también te expresabas y que odié hasta el último día que estuve contigo.


Me concentraba en tu olor, olor a hombre, grande, mayor, de madera vieja que para entonces desconocía pues antes de ti mis camas habían tenido el aroma de los 20 años. Pero tú seguías hablando, como si fuera una más de tus escuchas en una conferencia, como si fuera una periodista interesada en tu opinión al respecto de los grandes problemas nacionales, como si fuera una alumna a la que le sugerías argumentos teóricos y estrategias metodológicas. Pero no era nada de eso.


Cuando pienso en ti, que no es muy seguido, me acuerdo de que la primera vez que nos acostamos te dejaste los calcetines puestos y yo pensé que eso era de pésimo gusto. Me acuerdo que no te gustaba bajar a mi vagina y que si yo me metía tu pene en la boca después no querías que te besara. Nunca entendí qué te daba asco, pero soporté, tontamente, tu malquerencia al sexo oral. En ese entonces pensé que tenía que ver con tu edad…cuando estuve con otros hombres que me rebasaban por muchos años supe que no era eso. Simplemente eras tú.


Yo te decía “doctor” para no perderte el respeto, para recordar quien eras y no verte -cuando casualmente te encontraba en otro contexto- siempre desnudo debajo de mí, diciendo los improperios que a veces decías en la cama y que contrastaban con tu articulado y hechizante discurso académico. Cuando te veía en acción, si tú, experto en el performance, hablando como quien sabe mucho y tiene algo imprescindible que decir, no evitaba recordar tu cara descompuesta ante el orgasmo, tus ruidos apenas oíbles, tu cabeza volteando de un lado a otro como negando que pasaría lo que estaba a punto de pasar o lo que estaba pasando. Y cuando pienso en ti, no con frecuencia ya te lo dije, me acuerdo de esas conferencias, seminarios y eventos públicos en donde nunca resistí la tentación de pasarme la mano por en medio de las piernas mientras te escuchaba. En ese tiempo me calentaba que fueras un hombre mayor que yo, me calentaba la condición discreta que manteníamos, saludarnos en público como quienes apenas se conocen y se encuentran, despedirnos en público para encontrarnos en tu cama un rato después. Aprendí a enfriarme con el tiempo.


A tus 40 tenías sobre mi experiencia ganada, pero a mis 20 tenía yo experiencia por ganar. Después de ti vinieron muchos, otros, tantos hombres de diferentes edades y con distintas manías. Hombres que disfrutaban de nadar en medio de mis piernas hasta secarme, que disfrutaban de besarme después de haberles besado yo los genitales completos, que se quitaban los calcetines hasta en el invierno, en el coche y en la oficina, a quienes podía ver a toda hora y en cualquier sitio.


Cuando pienso en ti, que no es muy seguido, pienso que fuiste importante para que yo supiera lo que quería y no quería en la cama, lo que quería y no quería de un hombre, lo que quería y no quería sentir. Diré entonces que fuiste un episodio importante, tal vez el apropiado para los 20 años.


Sin embargo no pienso mucho en ti, pero cuando pienso me acuerdo.

miércoles

Trattoria Beati: Sucumbiendo al tabú

En México existen pocas prohibiciones o tabúes alimentarios. Yo he pasado por buena parte de los estados del país y en ellos he comido o visto comer: res, borrego, chivo, cabrito, conejo, venado, iguana, aves –pollo, guajolote, pato, codorniz, avestruz-, cerdo en todos sus tamaños, algún tipo de serpiente, rata de campo, peces, crustáceos y mariscos e insectos comestibles como chapulines, hormigas y gusanos. O sea casi de todo, porque en ninguna parte yo he visto que se coma carne de caballo.

Yo asumo que en México comerla es un tabú. El caballo- coprotagonista infaltable en las historias del cine mexicano de la época de oro y personaje de corridos que lo hacen héroe…como el caballo blanco- es un animal que casi se ostenta símbolo patrio, sobre todo si tiene un charro encima. Pero no es como sucede en India con la carne de vaca, o entre judíos y musulmanes con la carne de cerdo, una prohibición derivada de ideas religiosas. En México el tabú proviene del imaginario ranchero que se hizo famoso gracias a los personajes de Pedro Infante y Jorge Negrete, que tenían como amores a su caballo y a sus mujeres (en ese orden). El caballo es el amigo del hombre, o si no entonces ¿por qué en México no comemos carne de caballo?

Esa es la pregunta que me hicieron en Berlín en una reunión en donde se realizaba un asado con salchichas varias. Estaba comiéndome una muy apetitosa cuando alguien mencionó lo buenas que estaban esas salchichas de caballo. Pregunté si la mía era de caballo. Los alemanes a mi alrededor la vieron y dijeron que si, claro, era caballo.

En ese momento vi la cara de mi abuelo ranchero amenazante, señalándome con un dedo como si hubiera cometido un pecado…capital. Vi la cara de mi mamá, que adora a los caballos porque convivió con ellos en el rancho de sus abuelos. No pude terminarme la salchicha y evité por varios años y todos los medios comerlas en los próximos asados alemanes a los que asistí y en los que siempre estuvieron presentes.

Hasta ese entonces desconocía que la carne de caballo se consumía. Y la verdad no volví a tener curiosidad de comerla hasta que hace dos años visité por primera vez la Val Camonica. Este es un valle, ubicado en la región de Lombardia en el norte de Italia, que se abre dejando el hermoso lago de Iseo en el medio. Pues ahí, justo ahí, sucumbí a mi impuesto tabú alimentario.

Y es que en esa área la carne de caballo es sumamente apreciada y consumida (al lugar al que fueres….) por lo que no me quedó otra opción que comerla. Los locales encuentran en cualquier supermercado la Bresaola de caballo, un embutido de color oscuro y sabor exquisito que se compra para comer con pan, como relleno de piadina, o sola como antipasto. Un poco dulzona, la Bresaola de caballo también va muy bien en ensaladas frescas (arúgula, tomates deshidratados, parmesano y nueces) o de papas cocidas. La verdad es un mangar difícil de resistir, especialmente si se tiene a un lado un trozo de pan y un vaso de vino.

Pero el consumo de carne de caballo no queda en el embutido. En la Val Camonica se encuentra el pueblo de Artogne, que para mi hubiera pasado desapercibido y sería completamente irrelevante si no estuviera ubicada ahí la célebre Trattoria Beati (…da sempre specialità di cavallo…).



Este lugar tiene por lo menos 80 años ofreciendo especialidades de caballo a los locales del Valle. Yo he estado dos veces de visita en la Val Camonica pero estoy segura que al menos seis veces he comido en dicho restaurante, porque la comida es sencilla pero riquísima.

El Beati es un lugar con mesas de madera y decoración rústica que siempre, siempre está lleno. Su menú ofrece antipasto de carpaccio de caballo (cortes muy finos de carne cruda rociada con limón amarillo), primeros platos como pastas con ragú de caballo, segundos platos hechos para hincar el diente en una costilla, una chuleta, un bistec o un filete de caballo, acompañados de papas horneadas al romero, o polenta, o ensalada verde y, por supuesto, postres que en medio de tanta carne los considero bastante marginales, pero necesarios. Los italianos no se levantan de la mesa sin comer il dolce.

La primera vez que fui al Beati probé la lasagna de caballo. En ese momento olvidé a mi abuelo ranchero con su caballo negro y olvidé también que el caballo es el animal favorito de mi madre. Hasta cerré los ojos. Esa lasagna hecha con ragú de caballo y salsa bechamel es una auténtica delicia y -de lejos y por mucho- la mejor lasagna que yo me he comido jamás. Me hubiera podido comer el refractario completo de no ser porque para comerla hay que solicitar la porción con anticipación. La lasagna no está en el menú ordinario del Beati.

Pero lo que si está es el ragú de caballo con spaguetti o tagliatelle, que es también una excelente opción para principiantes al consumo de esta carne magra, sin grasa, de sabor fuerte y además muy sana.

En todas las ocasiones que he pasado por el Beati he variado mis elecciones. Así que he probado sus pastas con ragú, el carpaccio de caballo, y muchos de sus segundos. La Fiorentina de Caballo me llevó más o menos una hora terminarla pues era –estoy segura- un pedazo de más de 300 gramos de carne asada en perfecto término medio. Podría haber relinchado al terminármela.

También he comido la Cotoletta, que es la versión de milanesa con filete suave y la riquísima costilla de puledro, que es el potro (ya entrada en caballo el tamaño era lo de menos). El Beati ofrece también guisados con carne de asno (Brasato di ansino), de jabalí (Cinghiale in salami) y la gallina nostrana rellena.

Nunca, nada, me ha dejado insatisfecha. Y no en vano es uno de los lugares más populares de la zona. El Beati tiene el ambiente ruidoso de una taberna del Medioevo, propio de auténticos carnívoros camunos –genérico de los locales-, en donde además corre el vino de mesa en grandes cantidades, no vaya a ser que el pedazo de carne a medio camino decida reparar.

Mis tabús alimentarios se han ido disminuyendo. Por su sabor y calidad, el caballo es ya para mí una carne que podría, si pudiera, incluir en mi alimentación cotidiana. ¿Por qué en México no comemos carne de caballo?

Trattoria Beati
Artogne, Brescia, Italia.

lunes

Christophe. Comida francesa en el corazón de Amsterdam

Cuando se trata de comida francesa lo que subyace es la idea de comida delicada, elegante, fina y por lo tanto cara. Comer “francés” en cualquier parte del mundo remite a restaurantes con nombres de uva francesa como “Merlot” o de chefs franceses como “ L’atelier du Joël Robuchon“. Suenan muy lindos pero también suenan a mucho dinero.

Además de crepas y quichés generalmente la comida francesa es inaccesible. Yo fuera de Francia no conozco “puestos” de comida francesa, como si los hay de cualquiera de las comidas rápidas que rápido se globalizan.

Así que comer francés –insisto, fuera de Francia- implica visitar un restaurante que barato no será. Entonces a pesar de contar con reconocimiento internacional, la comida francesa no es la más popular. Filet mignon, caracoles al vino blanco y mantequilla, ancas de rana, bouef bourgnignon, bouillabaise, soufflé o cassoulet son reconocidas maravillas en el mundo, aunque el mundo apenas las haya probado.

Y también como toda exquisitez, las propias de la cocina francesa se han visto innovadas desde dentro y lo tradicional a pesar de tener su lugar propio ha empezado a competir un poco con lo novedoso. Pero esto, lo novedoso, sigue siendo caro.

Y así es Christophe, un restaurante elegante y discreto que se encuentra frente a uno de los cientos de canales de la capital holandesa. El nombre se lo dio su primer dueño, Christophe Royer, chef francés quien lo inauguró en 1986. En poco tiempo el sitio se consolidó como uno de los restaurantes top-end de Amsterdam.

Para emprender nuevos proyectos en 2006 el francés decidió vender el restaurante y dejárselo –con todo y estrella Michelin- a Ellen y Jean-Joel quienes ya trabajaban para él, la primera como sommelier y el segundo como cocinero. Así que familiarizados con la filosofía del lugar, sus sabores y obsesiones, se quedaron a cargo del mismo manteniendo la calidad que ha caracterizado el sitio, según lo revelan algunas reseñas antiguas.

Su menú es como el lugar mismo, discreto. De entradas a postres cuenta con quince opciones. Su carta de vinos es, por supuesto, mucho más amplia y exclusiva de vinos franceses representantes de todas las regiones.

Ir a Christophe implica gastar por persona alrededor de 120 euros, dependiendo del vino que se escoja. O sea un dineral!...

Pero, pensando en gente como yo, simple mortal que gusta de comer bien, en Christophe se ofrece y prepara un Menu du Marche. Este es un menú de tres cursos (35 euros sin vino) que cambia diariamente dependiendo de lo que el chef encuentre fresco en el mercado. O al menos esa es la filosofía: la improvisación y la frescura.

Con un horario restringido y haciendo previa cita se puede ir a comer a un sitio lindo que es lujo impagable para muchísima gente como yo. Pero conociendo estos secretos es como logro explorar y no quedarme con las ganas de probar algo y de tener una buena y diferente experiencia culinaria.

La aventura gastronómica francesa de “primer nivel” empezó a las 6 en punto. Fuimos atendidos por una mujer muy elegante que nos tomó los abrigos y bolsos y nos dirigió a la mesa en el segundo nivel del restaurante. El lugar es, como dije, discreto. Colores sobrios, negro y beige, flores blancas y adornos –en dorado- que parecían de una tienda de antigüedades, nos dieron la bienvenida.

La mesa impecablemente servida. Cubiertos para todos los tiempos y copas para todos los vinos. La primera en usarse fue la de champagne, pues un aperitivo no se puede dejar pasar. Llegó entonces el jefe de meseros para darnos a conocer el Menu du Marche. Fue tanto lo que explicó que yo poco tiempo tuve de anotar algo, todo sonaba, aunque sencillo, muy elaborado: típico francés.

Después llegó la encargada del vino a entregarnos la carta pues en Christophe nadie come sin vino. Obviamente de ahí sale la ganancia que del menú no sale, pero ya entrada en champagne la cosa era dejarse querer. Elegir el vino hubiera sido un suplicio, partiendo de lo poco que conozco los franceses y de su infinita variedad.

Así que me deje llevar por la sugerencia que hizo la compañía que tenía. Y como la entrada lo ameritaba, empezamos con un blanco. La elección fue un Chant des Vignes, Jourançon, Domen Cahuapé, seco con olores cítricos, dejos de toronja y menta que fue un perfecto inicio para nuestro episodio culinario que empezó con algo casi molecular cortesía de la casa. Un plato que tenía untado un paté de pescado con coliflor y salsa de trufa blanca, muy concentrado en sabor pero que duró un suspiro.
Después llegó el primer plato: una crepa, más gruesa de lo normal, rellena de cangrejo en mayonesa con tarragón con granos de elote y una salsa -tipo jarabe- con caracolitos. Los caracolitos no añadían gran cosa al sabor, pero fue una manera de sentir (o ver) algo muy francés en el plato, aunque los escargot son mucho más grandes. El sabor del tarragón iba muy bien con el cangrejo que se sentía carnoso y jugoso.

Con anticipación sabíamos que el segundo plato era carne de puerco. Entonces decidimos pedir otra botella pues nuestro Jourançon se había evaporado. En la mesa se sugirió aprovechar la selección de la carta y por lo tanto no cambiar de región. Seguimos con un vino del suroeste, pero esta vez tinto. Se pidió un Chateau Bouscassé de Maridan. Ese Mantus 2004 de color púrpura intenso combinaba perfecto con el segundo plato: chuletas de puerco muy bien cocinadas, con guarnición de verduras que estaban en su punto (calabacines y berenjena en su propio caviar) con un sazón impecable que rendían homenaje al mundo vegetal. Pero lo que más disfruté fueron las papas horneadas con queso, porque a mí el Mont’ Dor (uno de los quesos franceses más famosos) me encanta.

Después de quedar con un buen sabor de boca y casi terminar el maravilloso vino tinto, nos trajeron el postre. Un chocolatine festival con mousse de plátano, coco, chocolate blanco y una salsa de fruta de la pasión que se deshacía en la boca como un soufflé caliente, aunque este postre no lo estaba. Los sabores no sobresalían uno del otro, vaya!, hasta las gotas de salsa de fruta de la pasión se hacían notar entre el mar de chocolate, plátano y coco. Una delicia!

En Christophe se ofrece la tabla de quesos para degustación, obviamente al final. A la tabla no le falta nada, y tiene la variedad requerida. Pero esta vez ya no me quedaba espacio para algo así. Pero otra ocasión será, porque pienso volver.

Después de pagar la cuenta dividida entre los comensales salimos de ahí al Vyne, un bar de vinos cercano al restaurante. Muy contenta yo por haber entrado a Christophe y haber comido tan bien. Estas buenas experiencias me dejan siempre de increíble humor.

Por eso me uno al coro de elogios de quienes ya han escrito sobre el restaurante, con la diferencia de que se ha dicho mucho sobre su menú oficial. Yo que tuve -digamos- otro acercamiento puedo elogiar el Menu du Marche –todos los días distinto- que es una excelente opción para no quedarse con las ganas de entrar a un lugar lindo, pasar un buen rato frente a uno de los canales de la ciudad…y, finalmente, comer y beber francés como se debe, porque un lujito de esos se los merece una de vez en cuando.


Christophe
Menu du Marche: de martes a viernes de 18 a 19.30
Amsterdam
http://www.restaurantchristophe.nl/

domingo

El Muelle Tres: comiendo entre piratas

No quería caer en el lugar común. Busqué en Google las reseñas que se han publicado sobre el restaurante Muelle Tres. Encontré varias y todas positivas: “mi restaurante favorito en Ensenada”, dice un autor, “una perla en el malecón de Ensenada”, dice otro, “el lugar ideal para los fanáticos de mejillones”, dice un tercero. Y todos caen en el lugar común de que el Muelle Tres es un restaurante sin pretensiones. Cuando leo este tipo de reseñas sobre restaurantes siempre me pregunto “¿Qué es no tener pretensiones?”: ¿anti-snob, sencillo, económico, nada complicado, con pocas opciones para hacer más fácil la elección? Yo creo que asumiendo el término con una acepción menos negativa, un restaurante, un chef y el personal que labora, deben tener pretensiones.


Pretensiones de satisfacer a los clientes, de arriesgarse a hacer cosas diferentes, de combinar ingredientes de una manera atrevida, de generar un ambiente agradable con la decoración, la luz, el paisaje y la música, de lograr que la gente no nada más coma sino que disfrute, experimente y sobre todo recuerde el lugar. Deben de pretender no disminuir la calidad de los alimentos y el servicio, deben de tener la pretensión de que los comensales volverán una y otra vez y siempre, siempre saldrán complacidos -sin necesidad de desfalcarse- y de que se hablara del sitio, su comida y su agradable personal. Deben de pretender tener los mejores mejillones del mundo y, en efecto, tenerlos. Y en ese sentido el Muelle Tres es un lugar con pretensiones.


Benito Molina, de quien no hace falta decir mucho, inició este proyecto culinario hace tres años. Después de armar el concepto para el Muelle con mariscos originales y frescos, dejó a Adoney García en la dirección de la cocina y no se equivocó. Asistido por Gigliola, el chef confecciona un menú que va de las entradas a los postres elaborado básicamente con productos de ahí enfrente, o sea del océano pacífico, y de la estación, con sabores variados y bien integrados.




Sólo he tenido la oportunidad de visitar el restaurante en dos ocasiones. La primera vez no fue al azar. Me invitaron a conocerlo.


Y esa primera vez, “long time ago”, probé algo del menú de degustación del que aún recuerdo un ceviche de un pescado –bonito, pariente cercano del atún- que yo jamás había probado. Esta segunda vez, acompañada por amigos queridos, nos dejamos llevar por las sugerencias de quien es el jefe de operaciones (y uno de los motivos del éxito del Muelle) David Martínez.


Casi todos los platillos están pensados para ubicarse al centro de la mesa y ser compartidos. Para abrir el apetito (eso pasa con los mariscos, se inicia con ellos para abrirlo no para apaciguarlo) empezamos probando un ceviche de jurel, pescado de tipo azul preparado para disfrutarse sin recordar su consistencia grasa. Nunca había probado el ceviche con ese tipo de pescado y, como el de bonito, me encantó.




Seguimos con una almeja chocolata, presentada con salsa, aguacate y cilantro, que precedió un plato de mejillones al pesto con jitomate –un sabor nuevo pues generalmente los como al vino blanco con crema- acompañados de papas fritas, combinación tipicamente belga que yo adoro. Partiendo de que el Muelle se ubica a un lado de la empacadora de mejillones recién salidos del mar, estos no pueden ser más buenos, porque no pueden ser más frescos. Ambos ejemplares de conchas excepcionalmente preparados y disfrutables.


Después decidimos probar, ahora si, un plato fuerte. Pedimos el risotto al frutti di mare en su versión “Mexiterránea” (término usado en una de esas reseñas que encontré). No quiero exagerar, pero no recuerdo ni en Italia, haber comido un risotto al frutti di mare más “saporito”. Es el sabor del pacífico. Como yo no puedo abandonar un restaurante de mariscos sin mi dosis de ostiones frescos, por demás una de las cosas que más disfruto hacerme pasar por la boca; solicité, en colectiva complicidad, media docena de semejantes frutas del mar que no necesitan absolutamente nada extra a una salsita de limón con cebolla morada y un poco de sal o salsa de soya. El mérito de un cocinero por este mangar crudo sólo cuenta si uno no se intoxica. Los ostiones frescos son divinos ya nada más porque existen. Y el broche de oro por supuesto fue el postre. Una muestra de abundante chocolate en una versión entre soufflé y pudding y una mousse de guayaba, hicieron del final uno memorable. Todo esto lo acompañé con el vino blanco de la casa, una creación –para mi nueva- de Hugo D´Acosta, del que no recuerdo el nombre pero con cuya etiqueta se puede hacer una prueba oftalmológica, sobre todo si se beben unas dos o tres botellas y se ubican estas a una distancia considerable. Para no asustar a nadie, no está de más comentar que esta comilona fue posible gracias a que nos tomamos el tiempo para hacerla, porque los mariscos se deben de disfrutar así, en tiempos y con tiempo. De las 2 a las 6pm, estuvimos sentados, hablando, riendo, comiendo, bebiendo y disfrutando del soleado día frente al malecón de un pacifico lleno de barcos, yates, botes y piratas del Caribe en su versión del Pacífico norteño. Yo también pretendo, pretendo pasar días así más frecuentemente: con un sol amistoso, con un paisaje de revista, con el olor a mar invandiendo los otros aromas, con comida fresca, original y ligera (que me permita seguir comiendo) y muy importante, en compañía de mis buenos amigos, eternos piratas ellos también. Por esto tendré que caer en los lugares comunes y decir que el Muelle Tres es una joyita del malecón ensenadense, uno de mis restaurantes favoritos también, pero contrario a los demás diré que sus pretensiones son absolutos logros. Muelle Tres: Blvd. Teniente Azueta 187 Malecón de Ensenada, Baja California. Tel. 646. 151.9292 Abierto de miércoles a domingo de 13 a 18 horas (verano hasta 20 horas). http://www.muelletres.com/

sábado

Extraordinary Desserts: en el cielo del centro de San Diego.

En 1988 Karen Kranse abrió la cuna de Extraordinary Desserts acondicionado para diez comensales en la 5ta avenida del barrio de Hillcrest y Balboa Park. Ese mismo lugar ahora puede atender hasta 110 personas sentadas. En 1994 abrió la hermana de esta cuna en la calle Union en la Little Italy. La Kranse, reconocida chef de postres estudiada en Francia, ofrece el postre como plato único, y esa es su apuesta y, por supuesto, su éxito.
Distintos tipos de té, café bien hecho, sorbetos, helados caseros, galletas, tartas, bizcochos, pero sobre todo y absolutamente pasteles increíbles son la oferta del lugar que atrae hordas de golosos y glotones -como yo- en cualquier día de la semana y especialmente por las tardes-noches.
Además de la Patisserie de Pierre Hermé en la Rue Bonaparte de París, no he estado en ningún otro sitio de postres en donde me tome tanto tiempo decidir qué quiero probar. La decisión se complica porque todo lo que está en la vitrina parece una obra de arte, kitsh -por decir menos- pero linda, con frutas, merengues, cremas de colores, nueces de todo tipo y flores naturales y comestibles, que logran que los pasteles parezcan los postres que Marie Antoniette compartía con su séquito, según la visión de Sofia Coppola.
Entre el pastel de chocolate y macadamia, el Marroquí (con mousse de chocolate, pistachos y miel), la Torta Misu (una versión de tiramisu con mascarpone al ron) y el Le Bete Noir (un brulé de vainilla con crema de trufa de chocolate) es casi un martirio decidirse por uno solo. Lo mejor es ir acompañada para poder pedir mínimo dos y probar distintos pasteles. Se piden y pagan en la barra y minutos después un empleado o empleada los lleva a la mesa, decorados y bien presentados junto a la bebida que generalmente es un buen té o un café negro.

Adicta al chocolate y a la cajeta, esta vez me decidí por el pastel de Dulce de Leche (así se llama y así se pide) con tres capas de chocolate hecho pastel, mousse y cobertina, bañado en una salsa de dulce de leche a la sudamericana, que cumplió su cometido: saciarme de chocolate hasta sentirme la mujer más dulce del mundo.

Pero como también me quería sentir tropical en el invierno, probé una segunda opción: el Passion Fruit Ricotta Torte. Este pastel con entre medios de queso ricotta y bañado en una salsa acidita de fruta de la pasión, rebosando kiwis, fresas y plátano, me llevó a un lugar distinto cuando aún ocupaba mi silla en la 5ta avenida en Hillcrest. La fruta de la pasión es una joya en la respostería de todo tipo y con el queso ricotta hace una pareja simplemente espectacular.

No debo decir cómo quedé después de ingerir esos postres, además de tropical y dulce. La Kranse sigue el patrón del Super Size a la gringa, entonces empalagarse o sentirse explosiva sucede en cuestión de minutos. Si las porciones de los pasteles fueran más pequeñas (o yo no fuera una lujuriosa que comparte dos o tres a la vez) los Extraordinary Desserts serían eso: cierres perfectos a una comida o cena, y no un plato en sí mismo que casi te imposibilita a reaccionar después de que los comes, porque simplemente son too much.

Pero yo que aprecio tanto la repostería francesa me sorprendo de lo que Karen Krasne ha logrado en 22 años de endulzar los paladares de san dieguinos y visitantes. Se ha arriesgado a combinar sabores y texturas, técnicas tradicionales y novedosas, y ofrecer presentaciones exóticas y divertidas, lo que que la hacen tener sin duda uno de los mejores menús de postres que yo he visto.
Si anda una por San Diego hay que darse ese lujito -acompañada para compartir uno o dos postres- de tocar el cielo con el paladar y la lengua, aunque después se tenga que regresar.

Para una experiencia extraordinaria: http://www.extraordinarydesserts.com/

martes

De fantasías y mudanzas

“No bien se habían ido quienes nos ayudaron con la mudanza, él fue por la botella de Brut, Gran Reserva, Viña Doña Dolores, que frío, en nuestro recién comprado refrigerador, nos esperaba para brindar por nuestra casa nueva. Después de dar un trago largo a nuestras copas, me recargó sobre una pared para besarme. Supe que sus besos tenían segundas intenciones. Pegó su sexo al mío y empezó a restregarlo. Las hileras de cajas nos estorbaron, entonces caminamos, entre cosas en el piso y a medio arreglar, hacia la que será nuestra habitación.

Los poros de la piel llenos de polvo y el sabor de sudor salado no fueron un impedimento para que nos echáramos sobre un colchón sin ropa de cama. Ahí nos fuimos quitando los pantalones y sudadera de trabajo, calcetines empolvados y zapatos sucios. El olor a trabajo, al trajín de cargar, subir y bajar cajas, muebles y plantas nos despertaba un instinto propio de quienes van a vivir en el bosque.

Así entre risas de felicidad por la nueva aventura que empezamos juntos, sabiendo que nadie había para escuchar gemidos y fuertes latidos, nos metimos la otra en el uno, o el uno en la otra, con toda la emoción y las ganas que….”

¿Sabes dónde está el martillo?...cuando salí de mi fantasía estaba frente al lavaplatos lleno de trastes empañados, viendo el paisaje a través de la ventana. Me repitió la pregunta y yo por supuesto no sabía donde estaba el martillo. Él iba y venía con cajas que acomodaba según la habitación que les correspondía. Yo me empeñé en acomodar las cosas de la cocina y dejarla lista para usarla lo más pronto posible y estrenar mi nueva estufa.

Ni bien nos habíamos quedado solos cuando empezamos a abrir paquetes, a ir de aquí para allá y a discutir por el lugar en donde las cosas deberían quedar colgadas, acomodadas, guardadas. Se apagó todo por un rato, la conexión de la luz nos falló cuando él estaba en su estudio y yo en medio de la cocina –o sea a bastantes pasos para aprovechar la oscuridad involuntaria-. No se veía un carajo y por supuesto no teníamos ni velas ni lámparas a la mano para ayudarnos un poco. Caminar o moverse era riesgoso en medio de tantas cosas fuera de lugar y sin un rayo de luna para iluminar el camino. Sólo se vislumbraban los altos árboles que viven rodeándonos.

Cuando la conexión decidió funcionar, nos dimos por vencidos y entonces cenamos, nos bebimos la botella de Brut y brindamos, pero cuando llegamos al colchón, que ya estaba formando parte de una cama decente, caímos como un par de troncos que apenas alcanzamos a darnos un beso de buenas noches.

No hubo retozadera en un colchón desnudo, ni tumbos por los pasillos llenos de cajas sin acomodar, ni sexo frente a ventanas sin cortinas, ni besos apasionados en los escalones de la entrada que nos quitaran el aire.

Mi fantasía del primer sexo, -salvaje y cachondo- el primer día en la nueva casa quedó en eso. Esas situaciones sólo pasan con Kim Bassinger y Mickey Rourke, o en los consejos y sugerencias que se publican en artículos de Cosmopolitan o Vanidades, o en las mentiras que alguien con tanta imaginación como yo cuenta.

Demasiadas películas y malas revistas, diría yo. Pero fantasear no cuesta nada

lunes

Otra parte del cuerpo


Cuando nos conocimos me dijo que él generalmente había estado con mujeres de senos grandes y nalgas chicas. Conmigo invirtió su orden (y alteró su gusto). Mis nalgas nunca se habían sentido tan apreciadas y valoradas y yo nunca había estado con alguien a quien le gustaran tanto.

Desde que nos conocemos hace siempre lo mismo: sin hacer ruido llega por detrás y me las aprieta. Siempre me toma por sorpresa. A veces cuando me quiere torturar me persigue para morderlas. Sus cariños y mimos consisten siempre en pasar su mano por ellas.

Cuando dormimos le gusta ponerse de lado y que yo le de la espalda -y las nalgas-, para acomodarse como si fuera mi concha eterna. Pega su sexo a mis nalgas y lo restriega. Se excita entonces y mis nalgas le responden. Al ducharme entra a la regadera para verlas llenas de espuma de jabón, o entra después al baño a ver cómo les pongo crema perfumada.

En cualquier oportunidad pasa sus manos por ellas, como si quisiera estar seguro de que siguen ahí, como si quisiera hacer saber al mundo que también son de él, como si al tocarlas las hiciera suyas. A veces las toca de una manera tal que pienso que le van a predecir el futuro, cual bolas de cristal.

Y si, mis nalgas le responden. En ocasiones frías, en ocasiones tibias, sonríen a sus halagos y lo complacen. Son condescendientes cuando se posan sobre él y se dejan amasar como si fueran a salir de ahí panes rebosados y bien hechos.

Cuando está listo para venir, pide verme las nalgas. Entonces tengo que voltearme. Subirme a él poniéndole las nalgas sobre el estómago. Yo dejo las piernas dobladas al lado de las suyas, atrapando su cadera, con mi torso echado para adelante y las nalgas echadas para atrás.

Él las toma con sus manos y con fuerza las mueve, me mueve, de arriba-a-abajo. Trabaja para su orgasmo apretándolas con fuerza. Cuando siento sus dedos pulgares cercanos al ano se que viene el final. Termina, se relaja y me da una palmada cariñosa en las nalgas, me acuesto a su lado y estira uno de sus adoloridos brazos para tocar la que le quede más cerca. Mis nalgas ya descansando, sólo agradecen.

Ellas andan en par ahí por la vida sin pretensiones, ni presunciones. Nunca fueron tímidas. Ya que se saben tan apreciadas y deseadas se enderezan y se respingan. A veces pienso que tienen vida propia, que reaccionan a estímulos incluso cuando yo no los siento, que responden a miradas que no veo y a palabras que no escucho. Muy autónomas, van ahí emparejadas moviéndose enfundadas en pantalones que cada vez rellenan más y que las hacen lucirse.

Son una parte más del cuerpo, pero no son cualquier parte. No son precisamente órganos vitales, sino músculos, pedazos de carne (blanda o firme, tierna o corriosa) que sin embargo poseen un valor erótico innegable. No en vano han sido tan fotografiadas, pintadas y esculpidas a lo largo de la historia del arte. No hay mirada masculina que se resista a ver un par de nalgas femeninas (y mirada femenina que se resista a ver un BUEN par de nalgas masculinas). Ni artista del cuerpo desnudo o las expresiones del erotismo que no les dedique muchas de sus obras, o sean incluso tema central de ellas, pues, como dijo Ricardo Castillo, "son pura imaginación...más importantes que el sol y dios juntos...el origen de la poesía y del escándalo".

Las mías -nalgas- no han llegado a tanto. Pero ahora están contentas de tantas palabras bonitas, piropos y cariños que reciben. La uno y la dos, la izquierda y la derecha, no hay distinciones, las trata y quiere igual. Las chiquea equitativamente y se han vuelto casi parte suya, otra parte de su cuerpo. Tanto, que dice que sin ellas ya no duerme bien. Ellas se dejan querer, sonríen, coquetean y juegan sin penas ni prejuicios, ahora con vanidad, expresándose desinhibidas como las manos o los ojos, como otra parte más de mi cuerpo.

jueves

Suck and let go

Merrill Bell Nisker, aka Peaches, canta y toca instrumentos desde que era adolescente. Después de ser una empleada al servicio del estado canadiense, decidió empezar un proyecto musical. Engrosando las filas de las bandas de electropop y electroclash, ha seguido el estilo de grupos como Vive La Fete, Ladytron o The Raveonettes y podría decir que ha inspirado a gente como Miss Kittin y Sexy Sushi. Su primer disco Fancypants Hoodlum lo sacó con su nombre de pila en 1995.



Ya como Peaches, sacó el segundo disco “The Teaches of Peaches” (2000) y saltó a la fama en una escena muy particular. Desde entonces ha realizado colaboraciones con diferentes músicos y sus canciones han formado parte de soundtracks de películas, series y caricaturas. Con el tercer disco “Fatherfucker”, se consolidó haciéndose una cantante con fans y soldout’s garantizados.




Vive en Berlín desde hace algunos años. Ahí formó la banda “Sweet Machine” con la que se presenta en vivo. Encontró en la ciudad alemana un lugar en donde desarrollarse cerca de otros centros musicales de sus géneros favoritos, como Bélgica, Dinamarca y Francia. Yo la escuché por primera vez cuando “Fuck the pain away” sonaba en las fiestas berlinesas de mujeres insumisas. En 2006 sacó el cuarto disco “Impeach my Bush” y este año estrenó “I Feel Cream”.





Lo que hace a Peaches tan particular son las letras de sus canciones. No es la primera en hacer referencias cantadas a la cama y al sexo, desde Madonna a Beyoncé se pueden encontrar este tipo de expresiones femeninas. Pero Peaches es la única que conozco que las escribe explícitas en expresiones de placer, lujuria, masoquismo y atravesadas por la cuestión de eso que se llama “género” -e incluso cuestionándolo-.


Peaches canta contra el conservadurismo y los prejuicios. Da cuenta de sus historias, fantasías y opiniones sobre el sexo y las relaciones de género, al tiempo que enarbola su bandera enfrentando los discursos castrantes que permean incluso a sociedades tan desarrolladas como la alemana o la sueca (“…the definition of my position its bitchin…”). Juega con los roles de género y su representación. Apela a que la mujer es tan objeto (y sujeto) sexual como el hombre, que ambos tenemos esencias masculina y femenina y por ende nuestro comportamiento no debería estar determinado por el género -que es finalmente una construcción socio-cultural-, que no siempre nos hace seres felices y plenos.


Peaches no es una improvisada y al escuchar o leer sus entrevistas se conoce a una mujer inteligente, que está informada y que se posiciona defendiendo la libertad de ejercer una sexualidad plena sin apenarnos por nuestra condición humana: ser sexosos, cachondos y cogelones (“...nobody here can tell me that they don't wanna fucky fucky”). Le gusta provocar fantasías con imágenes de orgías, tríos mixtos, swingers, “frenchs” y sexo anal. Sus shows en Berlín son una mezcla de concierto, performance y teatro dirigido por John Waters, atravesada con una clara referencia al sexo, a lo sexual y a los roles, papeles y actuares de las diversas sexualidades. Peaches le apuesta a la provocación auténtica, a la que sacude, a la que cuestiona. (“Motherfuckers wanna get with me, lay with me, love with me, all right...C’mon let's set it off”).



No en vano es en Berlín una favorita. Lugares varios la contratan para conciertos y gigs a los que van principalmente mujeres, sus más fieles seguidoras. Heterosexuales, lesbianas, bisexuales y transgenéricos bailamos al ritmo de su música que alegra corazones y sexos, acompañada de sus audaces e ingeniosas letras. Sus conciertos terminan siendo fiestas muy divertidas. Ante su desinhibida interpretación, descarada e irreverente, el público se relaja, se contagia y los complejos se quedan atrás de la puerta. Los shows de Peaches también incluyen lo que sucede abajo del escenario, que no es poco.


Lo que Peaches propone es que el sexo debe divertir y saciar, con quien sea, como sea y donde sea, con muchos participantes o con pocos, del género que sea y a la hora que sea. Decidiendo cómo, expresando peticiones y sugerencias, externando y compartiendo el gozo.


A muchos hombres que conozco no les gusta. La consideran fantoche, una superficial provocadora. A algunas feministas que conozco tampoco les gusta. La consideran una reproductora de la imagen de la mujer como objeto, víctima de dominación y subordinación sexual. Porque son letras para mujeres liberales que reclaman equidad en la distribución del placer, de los hombres y de las mujeres. Porque son letras que aclaman miembros, olores y cuerpos masculinos que un tipo de mujeres todavía seguimos disfrutando cuando no necesitando, aunque ciertas feministas sean capaz de negarlo.

“I like the innocent type
Deer in the headlight
Rocking me all night
Flexing his might
Doing it right
Keeping me tight
Taking a bite out of the Peach tonight”


Yo creo que a ninguno les gusta lo que les dice y lo que esas palabras al expresarse y existir provocan, porque el coito, libre y soberano, aunque sea con el sexo opuesto, emancipa.


Info y música: http://www.myspace.com/peaches

martes

Maíz transgénico legal


Ayer 19 de octubre una noticia me dejó sentada. El gobierno mexicano ha dado banderazo y encendido la luz verde - a través de dos permisos- para que se experimente con la siembra de maíz transgénico en Tamaulipas.

Este gobierno no solamente ha demostrado su ineptitud en una guerra contra el narcotráfico, ha incrementado las filas de desempleados, analfabetas y muertos por enfermedades curables, se ha dado vuelo en sus dispendios como si viviéramos los tiempos de don Porfirio y ha avalado y promovido la violación de los derechos humanos que ahora también incluye el derecho a una alimentación saludable y el derecho a una vida digna para la población rural del país.

¿Quién es el beneficiario de estas autorizaciones? Pues ni más ni menos que Monsanto, empresa que no ha escondido su interés por monopolizar la producción de alimentos básicos, como si la alimentación fuera un negocio y no un derecho y una necesidad para subsistir.

Así el gobierno nos pide que apretemos el cinturón para "ayudar a los pobres del país" pero beneficia a un corporativo para que literalmente nos envenene de a poco y para que contamine y acabe con las razas y variedades originales del maíz, el único producto al que aún acceden los muertos de hambre que habitan un campo cada vez más desolado, abandonado y nada productivo.

Si no unimos esfuerzos con quienes están movilizándose para evitar este acto ilegal e irracional y poco compasivo, el maíz transgénico muy pronto estará en nuestras mesas y con eso sepultaremos (con todo lo que eso implica) lo que queda aún de campo mexicano y firmaremos la dependencia alimentaria de multinacionales que poco interés tienen en que comamos bien y sano.

Infórmate, aquí las notas:



Cocina Mestiza


Con la llegada de los españoles a tierras americanas hace más de 500 años, llegaron también animales, frutas y verduras desconocidas por los oriundos. El contacto, la conquista, la asimilación, la sustitución o la fusión (que sin ser sinónimos se pueden utilizar) no se dio únicamente en los ámbitos religioso, político, social y económico. Lo cultural fue obviamente afectado y por ende la comida fue una de las expresiones más intervenidas.

Los aztecas ya contaban con una cocina completa a base de maíz, frutas, verduras, hierbas y carnes más bien blancas (la revista Arqueología Mexicana dedicó su edición especial 12 al recetario prehispánico). Los españoles trajeron consigo las carnes rojas, muchos de los cereales que ahora consumimos, frutas y verduras conocidas en Asia y África. La inventiva y creatividad de quienes cocinaron echando mano del nuevo conjunto de ingredientes fue infinita y gracias a esto la cocina mexicana es una de las más sabrosas, variadas y conocidas en el mundo.

Se sabe que a los habitantes americanos les gustaba comer bien, tener tiempo para hacerlo y que los banquetes eran comunes entre los sectores más pudientes. Sophie D. Coe, en su libro “Las primeras cocinas de América” (ampliamente recomendable) hace un recuento histórico al respecto de la cocina azteca, maya e inca y nos deja la impresión de que el gusto y el placer por la comida caracterizaron a estas culturas, tanto como a los españoles.

Así no es casual que a la llegada de éstos últimos –y su glotonería- se desarrollara la necesidad de adaptar y hacer comestibles para ellos los ingredientes desconocidos, pero populares y recurridos en el nuevo mundo, para satisfacer las necesidades alimenticias de los conquistadores que estaban tan lejos de unas tierras a las que no pensaban volver.

Entonces quienes pusieron manos a la obra tomaron de lo recién conocido (maíz, tomate, calabaza, aguacate, insectos varios, una interminable variedad de chiles, cacao y vainilla) y lo mezclaron con lo traído de Europa (trigo, garbanzo, arroz, coco, plátano, cerdo, almendras y nueces) creando los sabores, colores y las texturas que sorprendieron a comensales en una época en que la mezcla de chiles y chocolate fue tan exótica como exitosa.

Así el mole, los chiles en nogada, los tamales con sus distintos rellenos, la cochinita pibil, los atoles salados y dulces, el queso relleno, los tacos sudados, los guisados de venado, puerco, armadillo, iguana, guajolote y res, son una muestra de esta intervención y forman parte de las cocinas cotidianas en algunas regiones.

He encontrado que, alejada de purismos, la “nueva” tendencia en la cocina mexicana de autor es justamente hacer lo que las monjas poblanas y los cocineros indígenas hicieron durante la época de la Colonia: cocinar combinando estos ingredientes. Esto se expresa en menús que ofrecen platillos “mexicanos” sustituyendo ingredientes originales por extranjeros o se cocinan platillos extranjeros con productos mexicanos.

Hierba santa rellena de queso de cabra, estofado dulce, frijoles blancos cocidos en leche de coco, cecina en salsa picante con hongo portobello, raviolis de cuitlacoche, lasagna de chiles poblanos, salmón al pastor asado con nopales, flor de calabaza rellena de queso Morbier y sushi con chipotle, son sólo algunos ejemplos. Y ejemplos también sobran en México de restaurantes “fusión” que se han dedicado a sacarle provecho a la variedad de ingredientes nacionales y a explotar sus posibilidades si se combinan con ingredientes ajenos y se cocinan de modos distintos.

Lo que me llama la atención es la aparente facilidad con que estos ingredientes pueden combinar y después lograr aceptación. En otras partes del mundo en donde se goza de cocinas fuertes y tradicionales o incluso de las más bien pobres y poco variadas es difícil encontrar la versatilidad y variedad de combinaciones que hay en varias propuestas culinarias hechas en México. La cocina india poco ha influido a la aburrida cocina inglesa y en la insípida cocina alemana no hay ni un indicio de cocina turca. Los italianos siguen defendiendo su cocina a capa y espada contra la influencia que podría tener la cocina marroquí o la cocina del este europeo. En Europa aún no podríamos hablar de cocina mestiza muy a pesar de la conquista que están haciendo tantas comunidades latinas, africanas y asiáticas que llegan con una enorme riqueza culinaria.

Pero en México la comida mexicana nació mestiza y es anti-purista. Todo lo que se incluye en los menús mexicanos se cocina con ingredientes de ambos lados del atlántico y arriesgar es el verbo de todo cocinero que se preste de innovador.

Una manera de probar una pequeña muestra de este mestizaje culinario es el catálogo de la marca Cocina Mestiza que desde 1993 está ofreciendo moles, salsas, vinagretas, conservas y jaleas. Recetas varias en las que se utilizan ingredientes de muy buena calidad que dan como resultado platillos riquísimos. Sin ser recetas de afamados chefs, la oferta de dicha marca da la base para echar a volar la imaginación y arriesgarse combinando sabores y texturas varias.

Yo ya probé algunas de sus opciones y no podría escoger un sabor sobre otro. El mole verde almendrado combinó muy bien con pescado blanco y una guarnición de calabacitas con elote, mientras que la salsa de cacahuate con chipotle fue riquísima con camarones acompañados de unas papas con pimientos morrones y la salsa de nuez al ajillo la puse en un pastel azteca con pollo. La vinagreta de vino tinto con flor de jamaica se llevó bien con una ensalada de lechugas, sandía y pulpo, mientras que la vinagreta victoria quedó con una mezcla de espárragos verdes, parmesano y tocino. Su botana de cuitlacoche la utilicé para rellenar volovanes y la de setas en adobo la serví caliente en pan ciabatta con queso mozarella derretido. Nada me ha decepcionado y todo a quedado a pedir de boca.

Cuando encuentren los productos de esta marca no duden en comprar lo que sea. Vinagretas, salsas, moles, jaleas o botanas embasadas todo está riquísimo y si no tienen idea de cómo combinarlo o prepararlo pues ¡échenle creatividad!

Seguir conociendo, probando y experimentando con los sabores de la cocina mexicana, que gracias a que es mestiza es tan apreciada y tan sabrosa, es un placer que contribuye a enriquecer y recrear este mundo infinito que es la cocina, un espacio nada parroquial que debemos mantener así…abierto a la imaginación y a la experimentación como lo iniciaron las monjas, los frailes y los cocineros indígenas, para que siga colmándonos pero sobre todo para que siga sorprendiéndonos.

Info: http://www.cocinamestiza.com/