La madrugada que se encontraron, Manu y Nadine habían pasado un día fatal. La primera había sido violada por conocidos de su hermano, la segunda, después de haber visitado a un cliente en un hotel, tuvo un incidente con su compañera de casa y debió marcharse.lunes
Baise-Moi…Fóllame.
La madrugada que se encontraron, Manu y Nadine habían pasado un día fatal. La primera había sido violada por conocidos de su hermano, la segunda, después de haber visitado a un cliente en un hotel, tuvo un incidente con su compañera de casa y debió marcharse.miércoles
Tipping the Velvet...abriendo la ostra.
En la primera escena una ola choca contra un grupo de ostras cerradas que están entre las rocas. Luego se ven manos tomándolas, poniéndolas en canastas, llevándolas para después abrirlas y comerlas. Es un pueblo junto al mar en la Inglaterra de finales del siglo XIX. La ostra, de aspecto singular y sabor particular, es una de las cosas que más y mejor remiten a un sexo femenino.En las tres horas que dura Tipping the Velvet, Nan pasó del sexo por amor al sexo por placer, del enamoramiento a la subordinación, de la sorpresa por el mundo que descubrió al mundo que la toma por sorpresa a ella. En una parte de la serie hubo un momento -que yo leí de lección moral- cuando Nan vagó por las calles sin dinero y sin un alma que le tendiera la mano (¿eso le pasó porque es lesbiana?). Pese a esto, en la última parte de la serie el amor entre mujeres es reivindicado y el final es uno feliz.
Pd. Es mi recomendación con retraso, más vale tarde que nunca…Gracias I….
Tipping the Velvet
BBC Production
viernes
Brujas, para morirse con chocolate.

Y en una de esas perdidas que me di, caminando por aquí y por allá, llegué al Chocolate Museum (http://www.choco-story.be/). Siempre supuse que un alimento, ingrediente, sabor y pasión como él debía tener un museo. Pues lo hay y está en Brujas.
Después se pasa a una sala en donde se ubican en un mapa del mundo las regiones productoras de cacao. Para mi sorpresa México no figura entre los productores más importantes. El cacao se produce básicamente en África con Costa de Marfil y Ghana encabezando la lista, junto a otros productores africanos - Nigeria y Camerún- Indonesia y Brasil también aportan cacao al mundo.
En el museo se explica cómo esta bebida se fue extendiendo por toda Europa, aunque fue en Francia e Inglaterra donde tuvo su mejor aceptación durante los siglos XVIII y XIX. Bebida de la realeza y la aristocracia, el chocolate se erigió un rey por si mismo.
El chocolate pasó de ser una bebida a ser un postre, para después convertirse también en un ingrediente con el cual hacer jaleas, salsas, jarabes y etc. En 1912 Jean Neuhaus adoptó el término “Praline” para nombrar a un chocolate pequeño, redondo y relleno que se empacaba en cajitas muy llamativas, lo que hizo aún más popular el consumo de chocolates. Después de pasar por la historia de la elaboración del chocolate, se pasa a una sala que exhibe las diversas presentaciones que ha tenido el chocolate belga dependiendo de la compañía o empresa productora.

El chocolate se puede convertir en una adicción. Conozco gente que no puede vivir sin comerse cuando menos uno diario. Yo me contengo, lo intento, aunque si tengo una caja de chocolates o una barra de chocolate oscuro a la mano difícilmente va a durar más de tres días. He llegado a esconderlo para no compartirlo y junto con el café es lo único que no resisto si me lo ofrecen a cualquier hora del día. sábado
No pienso mucho en ti, pero me acuerdo.
Me acuerdo que preferías que yo llegara a tu casa después de cenar, casi siempre los mismos días y siempre a la misma hora. Me acuerdo del olor que tenías por la noche cuando te visitaba. Olor a día de trabajo, oficina, tráfico y loción gastada. No pienso mucho en ti, pero cuando lo hago me acuerdo de tus canas escondidas rodeando tus genitales, de las arrugas alrededor de tus ojos, de tu estómago cada vez más rebelde y relajado. Me acuerdo de tu casa, limpia pero sin orden, con lo mínimo indispensable, con poco para comer pero con suficiente para beber. Casa de hombre solo que no presta atención a los detalles.
Cuando pienso en ti me acuerdo que no había mucho preámbulo antes del sexo. Me abrías la puerta, dejaba mi bolsa en el sillón de la sala, me ofrecías algo de beber, tomaba mi copa y subía detrás de ti hacia tu habitación. Apagabas la televisión y quitabas el periódico de la cama mientras hacías alguna pregunta, generalmente banal, como para llenar el hueco de silencio mientras te quitabas la ropa y yo me quitaba la mía. “¿Estaba lloviendo por tu casa?” o “¿no sientes que está muy fría la recámara?” o “¿esos zapatos son nuevos?”, preguntas cuyas respuestas no le importaban a nadie, y que hacías mientras yo me iba deshaciendo prenda por prenda de lo que llevaba puesto.
Yo dejaba todo sobre una silla que parecía puesta ahí para mí pues siempre estaba vacía. Tú dejabas todo tirado en tu lado de la cama que estaba establecido. Las preguntas eran necesarias, para ti supongo, porque te hacían sentir que teníamos algo que decir antes del coito, o te hacía sentir que no era únicamente a eso a lo que yo llegaba las veces que por tu casa llegaba.
Por eso cuando pienso en ti no me acuerdo de ninguna conversación sostenida antes de desnudarnos y tenernos. Era como si hubiera una urgencia por penetrarnos, tu a mi con tu pene, yo a ti con todo lo que tenía. Pero después de haber terminado, de eso me acuerdo cuando pienso en ti, te acomodabas en la cama, me abrazabas y empezabas, ahora si, a hablar. Me contabas de esa mujer, la que estaba embarazada de ti en una ciudad lejana y con la que hablabas por las noches – a veces interrumpiendo nuestras citas- fingiendo estar solo. Me contabas de tus hijos, los del primer matrimonio y único divorcio, me contabas de tu enorme familia, inabarcable con tantos hermanos, hermanas, sobrinos y sobrinas. Me contabas de un nuevo libro que habías empezado a leer o de la última noticia que te había consternado. Me contabas del trabajo que estabas haciendo, algún documento para presentar o publicar, alguna revisión de tesis, algún dictamen.
Yo te oía, pero no te escuchaba. Me concentraba en tocarte, porque tu piel, a pesar de su edad, era una seda. Pasaba los dedos de mi mano derecha por tu cuello, bajaba por tu panza y me detenía en el vientre. A veces te jalaba los vellos blancos y regresaba al cuello. Te movía el cabello pues siempre me disgustó tu corte de cabello que yo consideraba “de señor” y te peinaba los bigotes con los que también te expresabas y que odié hasta el último día que estuve contigo.
Me concentraba en tu olor, olor a hombre, grande, mayor, de madera vieja que para entonces desconocía pues antes de ti mis camas habían tenido el aroma de los 20 años. Pero tú seguías hablando, como si fuera una más de tus escuchas en una conferencia, como si fuera una periodista interesada en tu opinión al respecto de los grandes problemas nacionales, como si fuera una alumna a la que le sugerías argumentos teóricos y estrategias metodológicas. Pero no era nada de eso.
Cuando pienso en ti, que no es muy seguido, me acuerdo de que la primera vez que nos acostamos te dejaste los calcetines puestos y yo pensé que eso era de pésimo gusto. Me acuerdo que no te gustaba bajar a mi vagina y que si yo me metía tu pene en la boca después no querías que te besara. Nunca entendí qué te daba asco, pero soporté, tontamente, tu malquerencia al sexo oral. En ese entonces pensé que tenía que ver con tu edad…cuando estuve con otros hombres que me rebasaban por muchos años supe que no era eso. Simplemente eras tú.
Yo te decía “doctor” para no perderte el respeto, para recordar quien eras y no verte -cuando casualmente te encontraba en otro contexto- siempre desnudo debajo de mí, diciendo los improperios que a veces decías en la cama y que contrastaban con tu articulado y hechizante discurso académico. Cuando te veía en acción, si tú, experto en el performance, hablando como quien sabe mucho y tiene algo imprescindible que decir, no evitaba recordar tu cara descompuesta ante el orgasmo, tus ruidos apenas oíbles, tu cabeza volteando de un lado a otro como negando que pasaría lo que estaba a punto de pasar o lo que estaba pasando. Y cuando pienso en ti, no con frecuencia ya te lo dije, me acuerdo de esas conferencias, seminarios y eventos públicos en donde nunca resistí la tentación de pasarme la mano por en medio de las piernas mientras te escuchaba. En ese tiempo me calentaba que fueras un hombre mayor que yo, me calentaba la condición discreta que manteníamos, saludarnos en público como quienes apenas se conocen y se encuentran, despedirnos en público para encontrarnos en tu cama un rato después. Aprendí a enfriarme con el tiempo.
A tus 40 tenías sobre mi experiencia ganada, pero a mis 20 tenía yo experiencia por ganar. Después de ti vinieron muchos, otros, tantos hombres de diferentes edades y con distintas manías. Hombres que disfrutaban de nadar en medio de mis piernas hasta secarme, que disfrutaban de besarme después de haberles besado yo los genitales completos, que se quitaban los calcetines hasta en el invierno, en el coche y en la oficina, a quienes podía ver a toda hora y en cualquier sitio.
Cuando pienso en ti, que no es muy seguido, pienso que fuiste importante para que yo supiera lo que quería y no quería en la cama, lo que quería y no quería de un hombre, lo que quería y no quería sentir. Diré entonces que fuiste un episodio importante, tal vez el apropiado para los 20 años.
Sin embargo no pienso mucho en ti, pero cuando pienso me acuerdo.
miércoles
Trattoria Beati: Sucumbiendo al tabú
Yo asumo que en México comerla es un tabú. El caballo- coprotagonista infaltable en las historias del cine mexicano de la época de oro y personaje de corridos que lo hacen héroe…como el caballo blanco- es un animal que casi se ostenta símbolo patrio, sobre todo si tiene un charro encima. Pero no es como sucede en India con la carne de vaca, o entre judíos y musulmanes con la carne de cerdo, una prohibición derivada de ideas religiosas. En México el tabú proviene del imaginario ranchero que se hizo famoso gracias a los personajes de Pedro Infante y Jorge Negrete, que tenían como amores a su caballo y a sus mujeres (en ese orden). El caballo es el amigo del hombre, o si no entonces ¿por qué en México no comemos carne de caballo?
Esa es la pregunta que me hicieron en Berlín en una reunión en donde se realizaba un asado con salchichas varias. Estaba comiéndome una muy apetitosa cuando alguien mencionó lo buenas que estaban esas salchichas de caballo. Pregunté si la mía era de caballo. Los alemanes a mi alrededor la vieron y dijeron que si, claro, era caballo.
En ese momento vi la cara de mi abuelo ranchero amenazante, señalándome con un dedo como si hubiera cometido un pecado…capital. Vi la cara de mi mamá, que adora a los caballos porque convivió con ellos en el rancho de sus abuelos. No pude terminarme la salchicha y evité por varios años y todos los medios comerlas en los próximos asados alemanes a los que asistí y en los que siempre estuvieron presentes.
Hasta ese entonces desconocía que la carne de caballo se consumía. Y la verdad no volví a tener curiosidad de comerla hasta que hace dos años visité por primera vez la Val Camonica. Este es un valle, ubicado en la región de Lombardia en el norte de Italia, que se abre dejando el hermoso lago de Iseo en el medio. Pues ahí, justo ahí, sucumbí a mi impuesto tabú alimentario.
Y es que en esa área la carne de caballo es sumamente apreciada y consumida (al lugar al que fueres….) por lo que no me quedó otra opción que comerla. Los locales encuentran en cualquier supermercado la Bresaola de caballo, un embutido de color oscuro y sabor exquisito que se compra para comer con pan, como relleno de piadina, o sola como antipasto. Un poco dulzona, la Bresaola de caballo también va muy bien en ensaladas frescas (arúgula, tomates deshidratados, parmesano y nueces) o de papas cocidas. La verdad es un mangar difícil de resistir, especialmente si se tiene a un lado un trozo de pan y un vaso de vino.
Pero el consumo de carne de caballo no queda en el embutido. En la Val Camonica se encuentra el pueblo de Artogne, que para mi hubiera pasado desapercibido y sería completamente irrelevante si no estuviera ubicada ahí la célebre Trattoria Beati (…da sempre specialità di cavallo…).
El Beati es un lugar con mesas de madera y decoración rústica que siempre, siempre está lleno. Su menú ofrece antipasto de carpaccio de caballo (cortes muy finos de carne cruda rociada con limón amarillo), primeros platos como pastas con ragú de caballo, segundos platos hechos para hincar el diente en una costilla, una chuleta, un bistec o un filete de caballo, acompañados de papas horneadas al romero, o polenta, o ensalada verde y, por supuesto, postres que en medio de tanta carne los considero bastante marginales, pero necesarios. Los italianos no se levantan de la mesa sin comer il dolce.
La primera vez que fui al Beati probé la lasagna de caballo. En ese momento olvidé a mi abuelo ranchero con su caballo negro y olvidé también que el caballo es el animal favorito de mi madre. Hasta cerré los ojos. Esa lasagna hecha con ragú de caballo y salsa bechamel es una auténtica delicia y -de lejos y por mucho- la mejor lasagna que yo me he comido jamás. Me hubiera podido comer el refractario completo de no ser porque para comerla hay que solicitar la porción con anticipación. La lasagna no está en el menú ordinario del Beati.
En todas las ocasiones que he pasado por el Beati he variado mis elecciones. Así que he probado sus pastas con ragú, el carpaccio de caballo, y muchos de sus segundos. La Fiorentina de Caballo me llevó más o menos una hora terminarla pues era –estoy segura- un pedazo de más de 300 gramos de carne asada en perfecto término medio. Podría haber relinchado al terminármela.
También he comido la Cotoletta, que es la versión de milanesa con filete suave y la riquísima costilla de puledro, que es el potro (ya entrada en caballo el tamaño era lo de menos). El Beati ofrece también guisados con carne de asno (Brasato di ansino), de jabalí (Cinghiale in salami) y la gallina nostrana rellena.
Mis tabús alimentarios se han ido disminuyendo. Por su sabor y calidad, el caballo es ya para mí una carne que podría, si pudiera, incluir en mi alimentación cotidiana. ¿Por qué en México no comemos carne de caballo?
Trattoria Beati
Artogne, Brescia, Italia.
lunes
Christophe. Comida francesa en el corazón de Amsterdam
Y así es Christophe, un restaurante elegante y discreto que se encuentra frente a uno de los cientos de canales de la capital holandesa. El nombre se lo dio su primer dueño, Christophe Royer, chef francés quien lo inauguró en 1986. En poco tiempo el sitio se consolidó como uno de los restaurantes top-end de Amsterdam.Para emprender nuevos proyectos en 2006 el francés decidió vender el restaurante y dejárselo –con todo y estrella Michelin- a Ellen y Jean-Joel quienes ya trabajaban para él, la primera como sommelier y el segundo como cocinero. Así que familiarizados con la filosofía del lugar, sus sabores y obsesiones, se quedaron a cargo del mismo manteniendo la calidad que ha caracterizado el sitio, según lo revelan algunas reseñas antiguas.
Así que me deje llevar por la sugerencia que hizo la compañía que tenía. Y como la entrada lo ameritaba, empezamos con un blanco. La elección fue un Chant des Vignes, Jourançon, Domen Cahuapé, seco con olores cítricos, dejos de toronja y menta que fue un perfecto inicio para nuestro episodio culinario que empezó con algo casi molecular cortesía de la casa. Un plato que tenía untado un paté de pescado con coliflor y salsa de trufa blanca, muy concentrado en sabor pero que duró un suspiro.
Después llegó el primer plato: una crepa, más gruesa de lo normal, rellena de cangrejo en mayonesa con tarragón con granos de elote y una salsa -tipo jarabe- con caracolitos. Los caracolitos no añadían gran cosa al sabor, pero fue una manera de sentir (o ver) algo muy francés en el plato, aunque los escargot son mucho más grandes. El sabor del tarragón iba muy bien con el cangrejo que se sentía carnoso y jugoso.
Con anticipación sabíamos que el segundo plato era carne de puerco. Entonces decidimos pedir otra botella pues nuestro Jourançon se había evaporado. En la mesa se sugirió aprovechar la selección de la carta y por lo tanto no cambiar de región. Seguimos con un vino del suroeste, pero esta vez tinto. Se pidió un Chateau Bouscassé de Maridan. Ese Mantus 2004 de color púrpura intenso combinaba perfecto con el segundo plato: chuletas de puerco muy bien cocinadas, con guarnición de verduras que estaban en su punto (calabacines y berenjena en su propio caviar) con un sazón impecable que rendían homenaje al mundo vegetal. Pero lo que más disfruté fueron las papas horneadas con queso, porque a mí el Mont’ Dor (uno de los quesos franceses más famosos) me encanta.
Después de quedar con un buen sabor de boca y casi terminar el maravilloso vino tinto, nos trajeron el postre. Un chocolatine festival con mousse de plátano, coco, chocolate blanco y una salsa de fruta de la pasión que se deshacía en la boca como un soufflé caliente, aunque este postre no lo estaba. Los sabores no sobresalían uno del otro, vaya!, hasta las gotas de salsa de fruta de la pasión se hacían notar entre el mar de chocolate, plátano y coco. Una delicia!
En Christophe se ofrece la tabla de quesos para degustación, obviamente al final. A la tabla no le falta nada, y tiene la variedad requerida. Pero esta vez ya no me quedaba espacio para algo así. Pero otra ocasión será, porque pienso volver.
Después de pagar la cuenta dividida entre los comensales salimos de ahí al Vyne, un bar de vinos cercano al restaurante. Muy contenta yo por haber entrado a Christophe y haber comido tan bien. Estas buenas experiencias me dejan siempre de increíble humor.Por eso me uno al coro de elogios de quienes ya han escrito sobre el restaurante, con la diferencia de que se ha dicho mucho sobre su menú oficial. Yo que tuve -digamos- otro acercamiento puedo elogiar el Menu du Marche –todos los días distinto- que es una excelente opción para no quedarse con las ganas de entrar a un lugar lindo, pasar un buen rato frente a uno de los canales de la ciudad…y, finalmente, comer y beber francés como se debe, porque un lujito de esos se los merece una de vez en cuando.
Christophe
Menu du Marche: de martes a viernes de 18 a 19.30
Amsterdam
http://www.restaurantchristophe.nl/
domingo
El Muelle Tres: comiendo entre piratas
Y esa primera vez, “long time ago”, probé algo del menú de degustación del que aún recuerdo un ceviche de un pescado –bonito, pariente cercano del atún- que yo jamás había probado. Esta segunda vez, acompañada por amigos queridos, nos dejamos llevar por las sugerencias de quien es el jefe de operaciones (y uno de los motivos del éxito del Muelle) David Martínez.
Después decidimos probar, ahora si, un plato fuerte. Pedimos el risotto al frutti di mare en su versión “Mexiterránea” (término usado en una de esas reseñas que encontré). No quiero exagerar, pero no recuerdo ni en Italia, haber comido un risotto al frutti di mare más “saporito”. Es el sabor del pacífico.
Como yo no puedo abandonar un restaurante de mariscos sin mi dosis de ostiones frescos, por demás una de las cosas que más disfruto hacerme pasar por la boca; solicité, en colectiva complicidad, media docena de semejantes frutas del mar que no necesitan absolutamente nada extra a una salsita de limón con cebolla morada y un poco de sal o salsa de soya. El mérito de un cocinero por este mangar crudo sólo cuenta si uno no se intoxica. Los ostiones frescos son divinos ya nada más porque existen.
Y el broche de oro por supuesto fue el postre. Una muestra de abundante chocolate en una versión entre soufflé y pudding y una mousse de guayaba, hicieron del final uno memorable. Todo esto lo acompañé con el vino blanco de la casa, una creación –para mi nueva- de Hugo D´Acosta, del que no recuerdo el nombre pero con cuya etiqueta se puede hacer una prueba oftalmológica, sobre todo si se beben unas dos o tres botellas y se ubican estas a una distancia considerable.
Para no asustar a nadie, no está de más comentar que esta comilona fue posible gracias a que nos tomamos el tiempo para hacerla, porque los mariscos se deben de disfrutar así, en tiempos y con tiempo. De las 2 a las 6pm, estuvimos sentados, hablando, riendo, comiendo, bebiendo y disfrutando del soleado día frente al malecón de un pacifico lleno de barcos, yates, botes y piratas del Caribe en su versión del Pacífico norteño. Yo también pretendo, pretendo pasar días así más frecuentemente: con un sol amistoso, con un paisaje de revista, con el olor a mar invandiendo los otros aromas, con comida fresca, original y ligera (que me permita seguir comiendo) y muy importante, en compañía de mis buenos amigos, eternos piratas ellos también. Por esto tendré que caer en los lugares comunes y decir que el Muelle Tres es una joyita del malecón ensenadense, uno de mis restaurantes favoritos también, pero contrario a los demás diré que sus pretensiones son absolutos logros.
Muelle Tres: Blvd. Teniente Azueta 187 Malecón de Ensenada, Baja California. Tel. 646. 151.9292 Abierto de miércoles a domingo de 13 a 18 horas (verano hasta 20 horas). http://www.muelletres.com/ sábado
Extraordinary Desserts: en el cielo del centro de San Diego.
Pero yo que aprecio tanto la repostería francesa me sorprendo de lo que Karen Krasne ha logrado en 22 años de endulzar los paladares de san dieguinos y visitantes. Se ha arriesgado a combinar sabores y texturas, técnicas tradicionales y novedosas, y ofrecer presentaciones exóticas y divertidas, lo que que la hacen tener sin duda uno de los mejores menús de postres que yo he visto.
Para una experiencia extraordinaria: http://www.extraordinarydesserts.com/
martes
De fantasías y mudanzas
“No bien se habían ido quienes nos ayudaron con la mudanza, él fue por la botella de Brut, Gran Reserva, Viña Doña Dolores, que frío, en nuestro recién comprado refrigerador, nos esperaba para brindar por nuestra casa nueva. Después de dar un trago largo a nuestras copas, me recargó sobre una pared para besarme. Supe que sus besos tenían segundas intenciones. Pegó su sexo al mío y empezó a restregarlo. Las hileras de cajas nos estorbaron, entonces caminamos, entre cosas en el piso y a medio arreglar, hacia la que será nuestra habitación.
Los poros de la piel llenos de polvo y el sabor de sudor salado no fueron un impedimento para que nos echáramos sobre un colchón sin ropa de cama. Ahí nos fuimos quitando los pantalones y sudadera de trabajo, calcetines empolvados y zapatos sucios. El olor a trabajo, al trajín de cargar, subir y bajar cajas, muebles y plantas nos despertaba un instinto propio de quienes van a vivir en el bosque.
Así entre risas de felicidad por la nueva aventura que empezamos juntos, sabiendo que nadie había para escuchar gemidos y fuertes latidos, nos metimos la otra en el uno, o el uno en la otra, con toda la emoción y las ganas que….”
¿Sabes dónde está el martillo?...cuando salí de mi fantasía estaba frente al lavaplatos lleno de trastes empañados, viendo el paisaje a través de la ventana. Me repitió la pregunta y yo por supuesto no sabía donde estaba el martillo. Él iba y venía con cajas que acomodaba según la habitación que les correspondía. Yo me empeñé en acomodar las cosas de la cocina y dejarla lista para usarla lo más pronto posible y estrenar mi nueva estufa.
Ni bien nos habíamos quedado solos cuando empezamos a abrir paquetes, a ir de aquí para allá y a discutir por el lugar en donde las cosas deberían quedar colgadas, acomodadas, guardadas. Se apagó todo por un rato, la conexión de la luz nos falló cuando él estaba en su estudio y yo en medio de la cocina –o sea a bastantes pasos para aprovechar la oscuridad involuntaria-. No se veía un carajo y por supuesto no teníamos ni velas ni lámparas a la mano para ayudarnos un poco. Caminar o moverse era riesgoso en medio de tantas cosas fuera de lugar y sin un rayo de luna para iluminar el camino. Sólo se vislumbraban los altos árboles que viven rodeándonos.
Cuando la conexión decidió funcionar, nos dimos por vencidos y entonces cenamos, nos bebimos la botella de Brut y brindamos, pero cuando llegamos al colchón, que ya estaba formando parte de una cama decente, caímos como un par de troncos que apenas alcanzamos a darnos un beso de buenas noches.
No hubo retozadera en un colchón desnudo, ni tumbos por los pasillos llenos de cajas sin acomodar, ni sexo frente a ventanas sin cortinas, ni besos apasionados en los escalones de la entrada que nos quitaran el aire.
Mi fantasía del primer sexo, -salvaje y cachondo- el primer día en la nueva casa quedó en eso. Esas situaciones sólo pasan con Kim Bassinger y Mickey Rourke, o en los consejos y sugerencias que se publican en artículos de Cosmopolitan o Vanidades, o en las mentiras que alguien con tanta imaginación como yo cuenta.
Demasiadas películas y malas revistas, diría yo. Pero fantasear no cuesta nada
lunes
Otra parte del cuerpo

Desde que nos conocemos hace siempre lo mismo: sin hacer ruido llega por detrás y me las aprieta. Siempre me toma por sorpresa. A veces cuando me quiere torturar me persigue para morderlas. Sus cariños y mimos consisten siempre en pasar su mano por ellas.
Cuando dormimos le gusta ponerse de lado y que yo le de la espalda -y las nalgas-, para acomodarse como si fuera mi concha eterna. Pega su sexo a mis nalgas y lo restriega. Se excita entonces y mis nalgas le responden. Al ducharme entra a la regadera para verlas llenas de espuma de jabón, o entra después al baño a ver cómo les pongo crema perfumada.
En cualquier oportunidad pasa sus manos por ellas, como si quisiera estar seguro de que siguen ahí, como si quisiera hacer saber al mundo que también son de él, como si al tocarlas las hiciera suyas. A veces las toca de una manera tal que pienso que le van a predecir el futuro, cual bolas de cristal.
Y si, mis nalgas le responden. En ocasiones frías, en ocasiones tibias, sonríen a sus halagos y lo complacen. Son condescendientes cuando se posan sobre él y se dejan amasar como si fueran a salir de ahí panes rebosados y bien hechos.
Cuando está listo para venir, pide verme las nalgas. Entonces tengo que voltearme. Subirme a él poniéndole las nalgas sobre el estómago. Yo dejo las piernas dobladas al lado de las suyas, atrapando su cadera, con mi torso echado para adelante y las nalgas echadas para atrás.
Él las toma con sus manos y con fuerza las mueve, me mueve, de arriba-a-abajo. Trabaja para su orgasmo apretándolas con fuerza. Cuando siento sus dedos pulgares cercanos al ano se que viene el final. Termina, se relaja y me da una palmada cariñosa en las nalgas, me acuesto a su lado y estira uno de sus adoloridos brazos para tocar la que le quede más cerca. Mis nalgas ya descansando, sólo agradecen.
Ellas andan en par ahí por la vida sin pretensiones, ni presunciones. Nunca fueron tímidas. Ya que se saben tan apreciadas y deseadas se enderezan y se respingan. A veces pienso que tienen vida propia, que reaccionan a estímulos incluso cuando yo no los siento, que responden a miradas que no veo y a palabras que no escucho. Muy autónomas, van ahí emparejadas moviéndose enfundadas en pantalones que cada vez rellenan más y que las hacen lucirse.
jueves
Suck and let go


“I like the innocent type
Deer in the headlight
Rocking me all night
Flexing his might
Doing it right
Keeping me tight
Taking a bite out of the Peach tonight”
Yo creo que a ninguno les gusta lo que les dice y lo que esas palabras al expresarse y existir provocan, porque el coito, libre y soberano, aunque sea con el sexo opuesto, emancipa.
Info y música: http://www.myspace.com/peaches
martes
Maíz transgénico legal

Cocina Mestiza

Con la llegada de los españoles a tierras americanas hace más de 500 años, llegaron también animales, frutas y verduras desconocidas por los oriundos. El contacto, la conquista, la asimilación, la sustitución o la fusión (que sin ser sinónimos se pueden utilizar) no se dio únicamente en los ámbitos religioso, político, social y económico. Lo cultural fue obviamente afectado y por ende la comida fue una de las expresiones más intervenidas.
Los aztecas ya contaban con una cocina completa a base de maíz, frutas, verduras, hierbas y carnes más bien blancas (la revista Arqueología Mexicana dedicó su edición especial 12 al recetario prehispánico). Los españoles trajeron consigo las carnes rojas, muchos de los cereales que ahora consumimos, frutas y verduras conocidas en Asia y África. La inventiva y creatividad de quienes cocinaron echando mano del nuevo conjunto de ingredientes fue infinita y gracias a esto la cocina mexicana es una de las más sabrosas, variadas y conocidas en el mundo.
Se sabe que a los habitantes americanos les gustaba comer bien, tener tiempo para hacerlo y que los banquetes eran comunes entre los sectores más pudientes. Sophie D. Coe, en su libro “Las primeras cocinas de América” (ampliamente recomendable) hace un recuento histórico al respecto de la cocina azteca, maya e inca y nos deja la impresión de que el gusto y el placer por la comida caracterizaron a estas culturas, tanto como a los españoles.
Así no es casual que a la llegada de éstos últimos –y su glotonería- se desarrollara la necesidad de adaptar y hacer comestibles para ellos los ingredientes desconocidos, pero populares y recurridos en el nuevo mundo, para satisfacer las necesidades alimenticias de los conquistadores que estaban tan lejos de unas tierras a las que no pensaban volver.
Entonces quienes pusieron manos a la obra tomaron de lo recién conocido (maíz, tomate, calabaza, aguacate, insectos varios, una interminable variedad de chiles, cacao y vainilla) y lo mezclaron con lo traído de Europa (trigo, garbanzo, arroz, coco, plátano, cerdo, almendras y nueces) creando los sabores, colores y las texturas que sorprendieron a comensales en una época en que la mezcla de chiles y chocolate fue tan exótica como exitosa.
Así el mole, los chiles en nogada, los tamales con sus distintos rellenos, la cochinita pibil, los atoles salados y dulces, el queso relleno, los tacos sudados, los guisados de venado, puerco, armadillo, iguana, guajolote y res, son una muestra de esta intervención y forman parte de las cocinas cotidianas en algunas regiones.
He encontrado que, alejada de purismos, la “nueva” tendencia en la cocina mexicana de autor es justamente hacer lo que las monjas poblanas y los cocineros indígenas hicieron durante la época de la Colonia: cocinar combinando estos ingredientes. Esto se expresa en menús que ofrecen platillos “mexicanos” sustituyendo ingredientes originales por extranjeros o se cocinan platillos extranjeros con productos mexicanos.
Hierba santa rellena de queso de cabra, estofado dulce, frijoles blancos cocidos en leche de coco, cecina en salsa picante con hongo portobello, raviolis de cuitlacoche, lasagna de chiles poblanos, salmón al pastor asado con nopales, flor de calabaza rellena de queso Morbier y sushi con chipotle, son sólo algunos ejemplos. Y ejemplos también sobran en México de restaurantes “fusión” que se han dedicado a sacarle provecho a la variedad de ingredientes nacionales y a explotar sus posibilidades si se combinan con ingredientes ajenos y se cocinan de modos distintos.
Lo que me llama la atención es la aparente facilidad con que estos ingredientes pueden combinar y después lograr aceptación. En otras partes del mundo en donde se goza de cocinas fuertes y tradicionales o incluso de las más bien pobres y poco variadas es difícil encontrar la versatilidad y variedad de combinaciones que hay en varias propuestas culinarias hechas en México. La cocina india poco ha influido a la aburrida cocina inglesa y en la insípida cocina alemana no hay ni un indicio de cocina turca. Los italianos siguen defendiendo su cocina a capa y espada contra la influencia que podría tener la cocina marroquí o la cocina del este europeo. En Europa aún no podríamos hablar de cocina mestiza muy a pesar de la conquista que están haciendo tantas comunidades latinas, africanas y asiáticas que llegan con una enorme riqueza culinaria.
Pero en México la comida mexicana nació mestiza y es anti-purista. Todo lo que se incluye en los menús mexicanos se cocina con ingredientes de ambos lados del atlántico y arriesgar es el verbo de todo cocinero que se preste de innovador.
Una manera de probar una pequeña muestra de este mestizaje culinario es el catálogo de la marca Cocina Mestiza que desde 1993 está ofreciendo moles, salsas, vinagretas, conservas y jaleas. Recetas varias en las que se utilizan ingredientes de muy buena calidad que dan como resultado platillos riquísimos. Sin ser recetas de afamados chefs, la oferta de dicha marca da la base para echar a volar la imaginación y arriesgarse combinando sabores y texturas varias.
Yo ya probé algunas de sus opciones y no podría escoger un sabor sobre otro. El mole verde almendrado combinó muy bien con pescado blanco y una guarnición de calabacitas con elote, mientras que la salsa de cacahuate con chipotle fue riquísima con camarones acompañados de unas papas con pimientos morrones y la salsa de nuez al ajillo la puse en un pastel azteca con pollo. La vinagreta de vino tinto con flor de jamaica se llevó bien con una ensalada de lechugas, sandía y pulpo, mientras que la vinagreta victoria quedó con una mezcla de espárragos verdes, parmesano y tocino. Su botana de cuitlacoche la utilicé para rellenar volovanes y la de setas en adobo la serví caliente en pan ciabatta con queso mozarella derretido. Nada me ha decepcionado y todo a quedado a pedir de boca.
Cuando encuentren los productos de esta marca no duden en comprar lo que sea. Vinagretas, salsas, moles, jaleas o botanas embasadas todo está riquísimo y si no tienen idea de cómo combinarlo o prepararlo pues ¡échenle creatividad!
Seguir conociendo, probando y experimentando con los sabores de la cocina mexicana, que gracias a que es mestiza es tan apreciada y tan sabrosa, es un placer que contribuye a enriquecer y recrear este mundo infinito que es la cocina, un espacio nada parroquial que debemos mantener así…abierto a la imaginación y a la experimentación como lo iniciaron las monjas, los frailes y los cocineros indígenas, para que siga colmándonos pero sobre todo para que siga sorprendiéndonos.
Info: http://www.cocinamestiza.com/

