sábado

C´Taste: comiendo en la oscuridad

Entrada la tarde me llegó su correo. El remitente llamó mi atención pues no lo conocía y el asunto decía: cita a ciegas.
El correo (escrito en inglés) estaba firmado por un van der Dries. Un apellido más holandés imposible. El remitente decía que me había visto en el edificio donde yo tengo mi oficina. No especificó si él también trabajaba en ese edificio o si fue una casualidad que me viera ahí, pero al parecer alguien le dio mi nombre y así localizó mi correo.

Además de explicarme cómo había llegado a mi dirección electrónica me propuso que nos encontráramos para cenar: “sé que te gusta comer bien y que te gusta correr riesgos”. Supuse que hablaba de comida. Por un momento pensé que me iba a invitar a comer un pene de yak, joroba de camello o unos escorpiones fritos. Entonces acepté la invitación.

Me citó para el siguiente viernes a las 8 de la tarde enviándome a una dirección cerca de la estación de tren Amsterdam-Amstel. Me dio señales para llegar al domicilio del lugar y me dijo que diera mi nombre a la persona de la recepción.

Cuando llegué me di cuenta de que era el restaurante C'taste. Nada más entré hice lo que me había indicado. El tipo de la recepción me sorprendió: “ah!, es usted la invitada del señor van der Dries, bienvenida”. A continuación me pidió que le diera mi bolso, celular y abrigo: “no los va a necesitar”, me dijo sonriendo mientras me ofrecía una copa de vino espumoso, que al probar supe que era proseco. Me dio la llave del apartado donde había guardado mis cosas.

Estaba en un lobby con una barra pequeña, algunos sofás y unos ventanales que dejaban ver uno de los grandes canales que atraviesan la ciudad. Hacia dentro solamente veía una puerta de cocina y otra puerta oscura. Percibía poco movimiento. En Holanda la gente cena generalmente más temprano.

Me senté en una salita a esperar a mi acompañante. Fui al baño, regresé al sillón y a mi copa de proseco. Sin embargo pasaron 15 minutos y nadie aparecía. Algo raro en un holandés. Cuando le dije al hombre de la recepción que quizás mi anfitrión me estaba llamando pero yo no tenía el celular a la mano, este me dijo que ya era hora de que entrara a ocupar mi mesa.

Le llamó a un joven holandés al que le indicó que me hablara en inglés. El chico, me percaté inmediatamente, estaba ciego. Me dijo que el señor van der Dries había elegido el menú y la selección de vinos del chef. Me preguntó no obstante si había algo que yo no comiera absolutamente o a lo que tuviera alguna alergia o indisposición: “No como órganos de ningún animal y tampoco chícharos. Por lo demás creo poder con todo”, fue mi respuesta, la cual surgía de las profundidades de una curiosidad que me estaba ya devorando.

Entonces me dijo que pusiera mi mano en su hombro y que lo siguiera. Al llegar a la entrada del restaurante corrió una pesada cortina negra e inmediatamente todo se transformó en ese color. No veía nada, pero absolutamente nada. Sin embargo se escuchaban voces y ruidos de gente comiendo. Al menos no estaba sola en esa sala cuyo tamaño, decoración y colores se convirtieron en lo desconocido.

Caminé despacio detrás de él mientras me decía: “el señor van der Dries eligió una mesa para dos en la esquina de la derecha, no tendrán a nadie a sus espaldas, si quiere ir al sanitario llámeme, mi nombre es Paul, yo la guiaré”.

Después de unos pasos se detuvo y tomó mi mano. Me hizo sentir la silla que me correspondía. Me senté y mi primer instinto fue tocar la mesa. No había nada. Solamente servilletas de tela. Tomé una y la extendí sobre mi regazo. El chico se retiró pero volvió en unos segundos con un vaso que puso sobre mi hombro izquierdo al tiempo que me decía “tiene un vaso de vino blanco para seguir con el aperitivo, el señor van der Dries está por llegar”.

Y aún no daba un sorbo cuando apareció mi anfitrión siguiendo a otro mesero. Lo supe porque ambos camareros intercambiaron palabras en holandés con él. No lo vi, por supuesto, pero sentí su presencia acomodándose en la silla vecina. Un exquisito olor a Acqua di Gio me inundó el olfato, a pesar de que me lo había inundado ya con el olor y el sabor de un seco y frío Sancerre.

Saludó con una voz que embrujaba y me tomó la cara para darme los tres tradicionales besos holandeses. Me trató como si me conociera de años y esa fuera nuestra manera cotidiana de encontrarnos. Me preguntó por mi trabajo pero sin dejarme contestarle me dijo que su semana había sido de mucho trabajo y estrés, estaba encarrilado en la conversación cuando yo lo interrumpí preguntándole “disculpa ¿qué significa esto?”.

Entonces me explicó que íbamos a comer así, en total oscuridad. Que era el concepto del lugar retar los sentidos del olfato y del gusto y que la idea del menú sorpresa era que adivináramos la comida, sus ingredientes y los vinos sugeridos. “Es un lugar para sibaritas, por eso te invité”. Agradecí el elogio. Pensé que si de la vista naciera el amor este lugar estaría vacío.

Ambos hablábamos con un tono de voz muy bajo, como si nos estuviéramos escondiendo del resto de los comensales, a quienes no veíamos y quienes tampoco nos veían. Estábamos compartiendo un espacio y una actividad con personas cuyas caras no conocíamos. Reímos al darnos cuenta de que rumorábamos. Finalmente podíamos decir cualquier barbaridad y nadie sabría quién era el autor. Subimos el tono de voz a uno normal pero mesurado. A mi todo me parecía muy emocionante, pero la idea de estar compartiéndolo con un tipo que no tenía idea de quien era, me desconcentraba.

Después de una entradita de mousse de betabel y antes del tercer vaso de vino, esta vez un tinto (un merlot con tempranillo) retorné al sentido del gusto. Nos sirvieron una ensalada de berros con rúcola, piña caramelizada, piñones y un pedazo de carne magra que yo pensé que era de res pero resultó ser filete de pato. En estas circunstancias la oscuridad engañó al paladar, pero no fueron muchas veces.

Surgieron entre los dos toda clase de temas que fueron primero de índole laboral, temáticas políticas, la migración, el racismo y después fluyeron hacia lo personal, los gustos, filias y fobias: la música, la literatura, el cine, la última muestra en el FOAM y en el museo de Rembrant.

Comer en total penumbra provoca que la boca se afloje y la conversación se relaje. Finalmente nadie está viendo el rostro que expresa las intenciones y las emociones. Se debe de modular la voz para transmitir el mensaje de manera correcta, no hay gestos ni lenguaje corporal que complementen el diálogo. La voz es lo que importa y la oscuridad es una gran cómplice que para mi sorpresa facilitó la conversación. Poco a poco iba yo sintiendo un tipo de conexión con alguien a quien no le había visto la cara y así iba relajándome de adentro hacia fuera.

Antes del segundo plato nos ofrecieron un coctel de fruta de la pasión con proseco para digerir la entrada. En esa pause confesé que me había comido la ensalada con las manos pues no atinaba partir algo con cuchillo y tenedor. Él dijo que así comen todos ahí sólo que no lo dicen.

Llegó el cuarto vaso de vino que al probar supe que era blanco, pero no logré adivinar qué era. El segundo plato consistió en filete de pescado con un sabor ahumado, acompañado de polenta al limón, puerro y tomates cherry asados. El pescado era consistente y de sabor delicado, pero el sabor ahumado no lo podía descifrar como tampoco identifiqué -en ese momento- el fuerte sabor a estragón. Desconozco las variedades de peces del mar del norte por eso fallé en mi intento. El pescado era, me dijo después el mesero, un bacalao asado con una salsa de anguila ahumada. El vino era un colombard blanco con ugni blanc del suroeste de Francia. Una combinación poco común para mí.

No saber con certeza qué estaba comiendo no inhibió mi gozo. Los sabores de ese segundo plato combinaban a la perfección. La polenta al limón fue una grata sorpresa que iba de maravilla con el pescado y con la acidez de los tomates. Seguía concentrada en los sabores cuando el señor van der Dries expresó su idea de contarnos un secreto.

Mientras lo escuchaba insistir yo seguía disfrutando las yucas fritas como si fueran unos buenos chips. Me ponía la yuca en la boca y la empujaba hacia afuera con la lengua y luego la succionaba hacia dentro. Me chupaba todos los dedos de la mano derecha después de pasarlos por el plato que ya sólo tenía restos de lo que había sido un gran festín. Me divertía comportarme como una mal educada en la mesa y saberme acompañada.

Y la idea del secreto me empezaba a excitar. Si, un secreto, en la oscuridad, con testigos anónimos rodeándonos. Entonces pensé en el secreto. Le dije uno. Se sorprendió. Se rió. Después se quedó callado. Y después sucumbió y me preguntó si eso era cierto. Le aseguré que sí. Pero él no contó ninguno.

Entonces sentí su rodilla pegada a la mía y su mano derecha empezaba a recorrer mi brazo izquierdo. Nos interrumpió el camarero para anunciarnos la llegada del postre y de otro vaso de vino. No tuve que probarlo para saber que era un moscatel español, olía a eso.

En el plato sentí varias texturas distintas y tomé la iniciativa de darle a probar con mi mano uno de los postres del plato. Me dijo que mis dedos sabían a tiramisú. Después él tomó algo de su plato y me lo puso sobre los labios, era una mousse chocolate blanco con un toque de albahaca. Con la mano tomé lo que sentía más frío y se lo embarré por la boca. Era helado de vainilla. Él no me ofreció el suyo, pero me dio una por una las fresas con menta que tenía en su plato. Le ofrecí de mi boca un pedazo de algo blando que al morderlo supe que era un malvavisco horneado de coco. No soy muy afecta a este tipo de dulce, especialmente por su textura, pero en ese contexto mi disgusto se convirtió en un raro placer. Así, compartiendo en silencio nos terminamos el postre hasta lamer el plato. El señor van der Dries le llamó al mesero y dio varias indicaciones en holandés.

Al momento nos trajeron a cada quien una bandeja de agua con limón para limpiarnos las manos, que yo aproveché para limpiar la empalagosa parte inferior de mi cara y cuello. Al retirarlas nos pusieron un espresso y una copa de cognac. Me pidió mi opinión sobre la comida y aunque no pude ni imaginar la presentación sólo atiné a decir: “todo estuvo maravilloso”. Lo cual era verdad.

Seguíamos platicando mientras nuestros cuerpos poco a poco iban conociéndose. Le toqué la cara para tratar de adivinar sus rasgos. Nariz prominente, ojos grandes, labios carnosos, boca grande, dientes en orden, cutis suave, barba de tres días, un poco orejón y con el cabello peinado hacia atrás posiblemente ondulado. Las manos eran gruesas y adivinaban trabajo rudo. Me dijo que era su afición por la carpintería. Le toqué los muslos, las rodillas, sentí sus manos bajar por el cuello y tocar ambos senos. Pasó sus manos por debajo de la falda y rozó con sus dedos los muslos. Tocó la puerta.

Me pidió un momento para ir al baño. Le llamó a Paul. Este lo llevó y yo me quedé en esa esquina en penumbra absoluta fantaseando con su cara. Ya el olor, la voz, su buen humor y conversación lo ponían a unos pasos de mi cama. Estaba nerviosa.

Pasaron varios minutos y Paul llegó. Me dijo que lo acompañara pues el señor van der Dries estaba pagando la cuenta.

Cuando salí del comedor la luz de la recepción me encandiló. Vi la hora, eran casi las 12 de la noche. Habíamos pasado casi cuatro horas en completa oscuridad. No sentí el tiempo. Mi compañero no estaba en la recepción. Paul me pidió la llave para sacar mis cosas del guardarropa. Me entregó todo mientras me preguntaba lo que habíamos comido. Atiné varias cosas y fallé varias otras, especialmente los vinos.

Después como si hubiera visto mi cara de incertidumbre, por no decir de idiota, me dijo: “el señor van der Dries se disculpa, tuvo que salir de inmediato, ha pagado todo y le ha dejado a usted una nota”. Una nota amable sin datos personales ni dejos de futuros encuentros. Resistí la tentación de enviar un correo a la dirección de la que él me había escrito. Así que nada, absolutamente nada volví a saber del señor van der Dries.

Pero siempre le agradeceré la invitación. La experiencia fue divertida y retadora para los sentidos. La oscuridad engaña pero también provoca. La comida fue muy buena sin ser excepcional porque faltó el espectáculo de la presentación (ojos que no ven...). Comer en la total oscuridad no es algo que vaya a formar parte de mis hábitos cotidianos, pero quizás en otra buena compañía repita la excitante hazaña. En ese caso concentraría mi oído para distinguir las voces y saber si él está por ahí. Sé que no quiero verlo, sólo quiero volver a cenar con él.



Para experiencias similares en:

Amsterdam: C' taste
Paris o Barcelona: Dans Le Noir
Berlin: Nocti Vagus
San Diego, L.A., San Francisco: Opaque

domingo

Año bisiesto

Laura López voltea la hoja de un calendario que anuncia la entrada del mes de febrero. Marca con rojo el día 29. Es año bisiesto.


Esta historia empieza el 31 de enero y nos lleva por un mes que cada cuatro años tiene un día de más. Laura es periodista freelance. Llegó de Oaxaca a buscarse la vida en la ciudad de México. Vive sola…pero muy sola.

Año bisiesto es una película de Michael Rowe (director y guionista australiano radicado en México) que da una visión muy particular de la soledad como elemento marcante de nuestra condición actual de ser/estar.

Rowe la representa en un apartamento de clase media, en un ordinario edificio, en cenas de comida enlatada, televisión encendida en un canal que no importa, ruidos incidentales y una cucaracha que se pasea por el piso de una casa casi vacía.

Laura participa de esta condición imaginando que pertenece a un mundo en donde vive acompañada. Pero también se rebela. Observa a una pareja de viejos que se relajan en una terraza y también espía a una pareja más joven cuya ventana deja ver su relación amorosa. Pero también se arregla y perfuma para salir a buscar hombres con los que termina en su cama. Hombres que no vuelve a ver y cuyos nombres desconoce. Laura espera algo…espera siempre.

Así transcurren los primeros días de febrero hasta que conoce a Arturo. Un hombre que como ella seguramente estará solo y con quien poco a poco crea un tipo de intimidad -en ocasiones tierna- a través de descubrir y expresar su necesidad de violencia física.

Las relaciones sexuales con Arturo le revelan a Laura el carácter atormentado de su soledad. Este descubrimiento se enuncia en una escena inquietante en la que la vemos a ella masturbándolo con gozo al tiempo que le pregunta: “¿Te gustaría cortarme la garganta mientras me coges? Venirte dentro de mí mientras me estoy muriendo? Te puedes venir dentro de mi cadáver, ¿Me matarías?”.

La necesidad de violencia no queda en el maltrato de Arturo, sus golpes fuertes dirigido las nalgas o las quemaduras de cigarro en los senos, sino que estira los límites y lleva a Laura a la fantasía de no seguir siendo, de no seguir estando. Su plan (deseo e imaginario) no trasciende y vemos a Laura cambiando una vez más la página de su calendario. Ese mes de febrero que termina en el día 29 volverá en 4 años.

Año bisiesto fue una gran sorpresa para mí. Hace un año ganó la Cámara de Oro en el festival de Cannes y se estrenó el pasado mes de octubre en México. Por su contenido erótico no fue exhibida en las cadenas de cine comercial y dudo que una gran audiencia haya accedido a ella. Pero ya está en los videoclubs mexicanos para su renta. La película tiene las características de una cinta actual de cine independiente de muy buena calidad. Un guión que invita a la introspección de personajes muy bien logrados, pocos y sinceros diálogos, la importancia de los silencios, muy buenas actuaciones y los distintos elementos de producción perfectamente cuidados complementan una historia consistente, profunda y sobre todo vigente, que retrata la soledad como característica de nuestras vidas modernas, no nada más en México, sino en el mundo.

Año bisiesto (México 2010) Dir. Michael Rowe con Mónica del Carmen y Gustavo Sánchez Parra


sábado

Un cuento con dos hermanos

Una noche al salir de un bar con un grupo de amigos y conocidos con el que caminábamos, nos fuimos quedando atrás con la misma intención. Repentinamente me jaló hacia el primer callejón que encontramos y ahí me arrinconó para besarme. Eran besos de esos que ya se conocen. De lo que saben a guardado, acumulados desde la primera y última vez que nos besamos. En aquella ocasión yo era una quinceañera y como en la del callejón de las calles de Madrid, estábamos otra vez a oscuras peleando con nuestras lenguas. Salimos y nos reincorporarnos con el ánimo decidido a todo. Caminamos hacia su casa. Me platicó que su hermano había pasado unos días visitándolo, que justo el día que yo llegué él había partido. Ese hermano mayor fue, por decir lo menos, mi obsesión de la adolescencia. Lo conocí cuando tenía 14 años y la única vez que pude besarlo yo tenía 17 y él estaba borracho.


Llegamos a su casa que estaba por el barrio de Chueca. Bebimos una copa como si necesitáramos desinhibirnos. Había algo extraño en el hecho de desnudarnos. Hemos sido amigos desde que yo tenía 14 y él 16. Tal vez era la fotografía de su novia a un lado del colchón que servía de cama, o era el timbre de mi celular que sonaba anunciando la llamada del mío lo que no nos dejó concentrarnos. O tal vez era la imagen del hermano recorriendo la misma habitación solamente unos días antes de que yo estuviera ocupándola. Finalmente terminé a gatas sin calzones sintiendo como su pene se paseaba y masturbaba por mis nalgas hasta que dejó salir su flujo blanco sobre mi espalda. Me acomodé la ropa y salí. Ya no nos vimos después y yo dejé Madrid a los dos días.


A los pocos meses coincidimos en otra ciudad. Ahí se había ido a establecer para iniciar un negocio y tener cerca a la familia. Yo planee una visita para verlo y de paso ver a otros viejos amigos. Llegué a su oficina. Su hermano se estaba despidiendo pero al verme decidió no hacerlo. Se quedó para que yo reaccionara a su presencia. Siempre supo del amor platónico que le profesaba, aunque este amor platónico siempre incluyó fantasear con él y su sexo. Después de dejarme más que claro que si yo quería podríamos consumar lo que dejamos pendiente en mi temprana juventud se fue.


Mi amigo y yo nos quedamos solos. Él sabía de mi antiguo gusto por su hermano. Seguramente disfrutó viendo como yo me resistía. Cuando estábamos por salir me volvió a arrinconar, esta vez contra la esquina que formaban una pared y una puerta. Nos besamos, nos excitamos, pero nos fuimos. Había una cena y nos esperaban, a él su novia, a mí su hermano. Llegamos. Mi amigo se encontró con su grupo de compinches. El hermano había llegado antes. Me recibió con una copa de vino mientras me tomaba la mano para invitarme a conocer la casa en la que estábamos.


Cuando encontramos el lugar más apartado del resto de la gente –una habitación subterránea- nos besamos. Le abrí el pantalón para tocarlo. A pesar del alcohol ingerido su sexo respondía. Bajé mi cuerpo y le puse la boca a disposición. No recuerdo haber sentido tanto placer en mi vida. Tener un sexo erguido que se ha deseado por tanto tiempo es una sensación maravillosa. De repente escuchamos un ruido, pero no paramos. Alguien nos había encontrado. Era mi amigo.


En silencio se acercó lentamente mientras yo estaba frente a la pelvis de su hermano. Cuando estuvo detrás de mi me empezó a acariciar los senos, pasó su mano por mi sexo y logró meterla entre la ropa interior para tocarme la vagina. Introdujo uno o dos dedos. Yo dejé de ocupar las dos manos para un solo pene y busqué el suyo. Era difícil la acrobacia pero lo logré. Nadie pareció perder el ritmo de la escena. Tomé su pene y lo masturbé mientras tenía el de su hermano en mi boca. Después cambie las posiciones. Entre ellos no había ni miradas, ni voces, ni expresiones. Nos tendimos en el suelo. Me senté sobre la cara del hermano y mi amigo se paró frente a la mía. Entre más sentía una lengua dentro, más usaba yo la mía. Trataba de alcanzar el pene del hermano para poder al menos tocarlo. Decidí recorrerme hacía abajo pero no dejar el sexo endurecido de mi amigo. Me acomodé y me hice penetrar.


Después me paré sobre mis manos y rodillas para que alguno entrara por atrás. No vi quién sería el primero. Sentí el desgarre del ano en el primer embiste. Poco a poco se fue lubricando y el placer me recorría hasta los nervios de la boca. Tuve un orgasmo. Hubo una pausa y entró el segundo pene. El hermano se acercó para besarme. Después se acomodó debajo para penetrarme por la vagina mientras yo volvía a meterme el otro pene en la boca, tuve un segundo orgasmo. Cambiamos las posiciones. Volví a la pelvis del hermano para que mi amigo me tomara por atrás. Prefirió la vagina. Me acosté sobre una mesa en la que apenas cabía. Mi amigo se paró por un extremo de la mesa y me separó las piernas. Entró preciso y suave. La cabeza me colgaba por el otro extremo y ahí, de pie, el hermano me ofrecía un sexo que no se daba por vencido.


La imagen era absolutamente bella. Tenía a los dos dentro como una expresión de su comunión. Se estaban conectando a través de mí de una manera que de cualquier otra forma para ellos no hubiera sido posible. Yo era un puente, una intermediaria, una médium. Los dos veían cómo lo hacían y se lo hacían juntos a la misma mujer. Yo ya no podía lubricar más, estaba absolutamente inundada. El hermano terminó en mi boca y después se tendió desplomado sobre el piso. Mi amigo se subió a la mesa y se acomodó sobre mí. Mientras yo miraba a su hermano a los ojos tuve otro orgasmo. Mi amigo terminó ahí dentro y también se desvaneció. Bajé de la mesa y me tendí sobre el piso.


Quedé en medio de los dos. Volteé hacia mi derecha e izquierda con una mirada de agradecimiento. Les acaricié un poco el pecho y les di un beso en la mejilla. Me levanté para vestirme y buscar un baño.


Durante el transcurso de esa noche nuestras miradas repentinamente se toparon. Las diferentes sensaciones aún me recorrían el cuerpo. Quería quedarme con sus manos, sus olores y sus penes, tan distintos, tan parecidos, tan familiares. Nunca en estos años hemos hablado de nuestro encuentro, sin embago los tres seguimos viéndonos de vez en cuando con una complicidad que nos hermana.

viernes

¿Por qué nos gusta Don Draper?

Don Draper es el director creativo y socio de la agencia de publicidad Sterling Cooper Draper Pryce. Un hombre que estará rozando los 40 años. Se divorció de Betty Francis cuando ésta se enteró de que él había tenido un romance con Bobbie Barett y de que Don no era quien decía ser. Bien por Betty quien no se enteró de la relación que Don tuvo con Midge Daniels, una artista a quien visitaba con regularidad, de la que tuvo con Rachel Menken, una clienta judía y muy adinerada, o la que tuvo con la mismísima profesora de su hija Sally, Suzanne Farell. Todas mujeres guapas, de diferentes estilos que a su manera particular se pusieron a los pies del señor y también se pusieron en otras partes de su cuerpo.

Don es un Don Juan y eso lo saben todas las mujeres que lo rodean, y sin embargo lo rodean. Pero ¿quién soportaría un hombre así? Uno que en ocasiones humilla a sus subordinadas de la agencia y que siempre engañó a su esposa, que se lleva a la cama a cualquier mujer guapa que se le acerca y que además ha usurpado la identidad de otro hombre por mucho tiempo.

No, Don no nos gusta por eso. Pero nos gusta.

Desde que lo conocimos en 2007, Don se ha ido revelando como una cebolla de múltiples capas, o como un laberinto hecho de espejos. A la vez que se van descubriendo cada una de las capas, él se ha ido sumergiendo en un proceso de reflexión especialmente después de su divorcio.

Irónico, cínico, infiel, machista y a veces soberbio es la parte que contrasta con la bondad que expresa al preocuparse por la mujer del hombre (muerto) a quien le tomó prestado el nombre, con la lealtad que le expresa a Peggy Olson, ahora redactora de la agencia quien inicio en ésta como su secretaria, con el agradecimiento velado (de 50 mil dólares) que, para salvar su participación en la agencia, le ofrece a Pete Campbell, el único colega que conoce su verdadera identidad, con la ayuda, sin ningún juicio, que le da a Midge Daniels (ahora su ex amante) comprándole un cuadro para que ella pueda conseguirse su dosis de heroína.

Actos que no se contraponen unos a otros, que nos muestran que Don es más que una cara guapa y el aspecto impecable de sus camisas blancas guardadas en el cajón de su escritorio, que el comportamiento soez que en ocasiones tiene y su afición a la bebida no es lo único que lo hace ser quien es, que puede haber compasión, caridad y amor en medio de la desfachatez. Por eso no nos sorprendió su "affaire" con Megan Calvet, pues es la secretaria número X con la que se acostó. Sin embargo descubrirlo enamorado proponiéndole matrimonio fue un evento inesperado. ¿Cuánto tardará en enredarse con otra mujer? ¿podemos esperar que Don dejé de ser una parte importante de lo que es sólo porque está enamorado?

Por eso nos gusta Don Draper porque cada vez que lo vemos nos descubre un secreto de su pasado, un aspecto de su personalidad. Y nos gusta porque además, sería estúpido negarlo, no está para resistirse demasiado. Sin embargo no es mi tipo de hombre y opino que el sombrero se le ve fatal. Pero sabemos, porque las mujeres que ya lo conocieron lo comentan, que es una fiera en la cama, por eso Bobbie Barett terminó tan mal, Betty, miss perfecta, seguramente lo sigue extrañando y Faye Miller se vengará de él proximamente. Yo tampoco me pondría los moños. Don ha mostrado que se necesita algo más que ser cabrón para ser un gran cabrón.

Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, Don va dejando varias atrás, pues no es su debilidad por las mujeres su mayor debilidad. Mr. Draper es un personaje que se ha hecho así mismo.


Don Draper en la serie Madmen (transmitida en AMC)

miércoles

¿Qué es el mezze?


Mezze es una palabra en árabe que significa “sabor” o “condimento”. Pero también en países árabes de Medio Oriente y del norte de África se usa para denominar la tapa, es decir el picoteo, la botana, o sea una manera de comer que incluye varios platos que se combinan y comen con pan plano tipo pita y con la mano.

Para sorpresa de muchos preparar un tapeo árabe es una de las cosas más sencillas, rendidoras, económicas y buenísimas de hacer especialmente si hay invitados vegetarianos y se quiere una comida informal en la que cada cual coma a su ritmo pues todo se puede comer a la temperatura ambiente, excepto el pan.

Cuando me decido a cocinar comida árabe de este tipo sólo me tengo que cerciorar de poner a remojar en agua una cantidad considerable de garbanzos por más de una noche, los demás ingredientes se pueden comprar frescos el mismo día y se encuentran en todas partes. Quizás lo más complicado de encontrar sea el tahini (una pasta hecha de ajonjolí) pero yo no he tenido problemas en localizarlo. Supongo que su consumo se ha popularizado.

Por lo general en mi mezze incluyo tabulé (ensalada con trigo), hummus (puré de garbanzos), baba ganush (puré de berenjena ahumada) y falafel (croquetas de garbanzo crudo).


Yo he tomado recetas de algunos libros de cocina pero con el tiempo he aumentado, disminuido o improvisado con los ingredientes según mi gusto. Hay para quienes el sabor del limón es innecesario y otros a quienes les gusta menos el penetrante sabor del ajonjolí. Así que ya entrados en la cocinada puede uno ir probando para ver si se le pone más o menos de cierto ingrediente.
Aquí mis recetas básicas:

Hummus

Se procesa o licuan estos ingredientes juntos:

400 gramos de garbanzos cocidos muy blandos (escurridos)
3 cucharadas de tahini
3 cucharadas de jugo de limón
¼ de taza de agua
½ cucharadita de comino molido
1 diente de ajo pelado
Sal y pimienta negra recién molida

Mientras los ingredientes se integran se va incorporando poco a poco el aceite de oliva en un delgado chorrito -para no abusar- hasta lograr una mezcla suave y consistente.

Tabulé

Se mezclan en una ensaladera estos ingredientes:

1 1/3 taza de perejil plano finamente picado
1 taza de menta fresca finalmente picada
2 tomates picados
3 cebollas de cambray (partes verde y blanca) hay quienes prefieren ½ cebolla morada
2 cucharadas de aceite de oliva
1 ½ cucharadas de jugo de limón
Sal y pimienta negra recién molida

Se remoja ½ de taza de trigo muy fino (bulgur) en ¾ de taza de agua hasta que ésta se absorba (aprox. 20 minutos) y después se mezcla con la ensalada preparada.




Baba Ganush

Se asan en el horno 2 berenjenas hasta que la piel quede quemada y sea fácil desprenderla de la pulpa que ya estará blanda. Pelarlas cuando se hayan enfriado. Procesar o licuar la pulpa de la berenjena con:

¼ taza de tahini (puede ser menos cantidad para que el ajonjolí no sobresalga mucho)
1 diente de ajo medio machacado
1 cucharada de jugo de limón
Sal y pimienta negra recién molida

Deberá quedar una mezcla un poco más suave que el hummus.

Falafel

250 gramos de garbanzos remojados en agua (cuando menos 18 horas) para poder quitarles la cascara con facilidad. Estos se van a procesar o licuar con:

½ cebolla morada finamente picada
2 dientes de ajo picados
1 manojo de cilantro picado
1 manojo de perejil picado
1 cucharadita de comino molido
½ cucharadita de canela molida
1 cucharadita de pimienta negra recién molida
1 cucharadita de pimentón picante
Sal al gusto

Cuando esté lista una masa tipo puré se agrega 1 cucharadita de polvo para hornear y se deja reposar 20 minutos.

En un sartén con fondo se pone suficiente aceite de oliva a calentar para poner la masa del falafel en cucharadas –formando bolitas- dejándolas freír uniformemente hasta que queden doradas por todos lados. Después se escurren o se ponen sobre papel absorbente para quitarles el exceso de aceite.


Todo esto se sirve en platones hondos al centro de la mesa (o de un tapete sobre el suelo) para que los comensales se sirvan. No olvidar el pan pita caliente, pepinos rebanados, aceitunas y el aceite de oliva para condimentar si es necesario. Si hay un supermercado con productos árabes o mediterráneos cercano no dudo en poner también al centro pedazos de halumi -queso fresco de Chipre- o lajas delgadas de queso feta –queso fresco de Grecia- a la plancha. También se pueden poner algunas verduras asadas al horno (como pimientos rojos y calabazas). Comer de varios platos con pan y la mano es una de las formas en que más me gusta sentarme a la mesa.

Desafortunadamente no he tenido la oportunidad de degustar un mezze en ninguno de sus lugares de origen. Dicen los que saben que en los pueblitos de Palestina se sirven unos mangares. Pero mientras las cosas sigan como están ahora en esa parte del mundo creo que me abstendré de una comida típica in situ. El gusto por la comida de cierto lugar o región siempre me ha generado empatía con su cultura y su gente, así que no descarto la posibilidad de ir un día de visita a alguno de esos países libres, independientes y reconstruidos.

Pero por lo pronto no hay que ir tan lejos. Al alcance de la mano se tienen todos los ingredientes para preparar unos verdaderos mezze para compartir y además con la ventaja de que donde estemos los podremos degustar con buen vino tinto o cervezas oscuras.

In Sha'a Allah!

sábado

La gata bajo la lluvia

Detalles más que menos, siempre son iguales: son sueños con mis ex amantes. Cada sueño un viejo conocido. Sin embargo mis sueños mezclan distintos pormenores: el italiano que conocí en Guadalajara aparece en Argentina, el argentino de Holanda aparece en Madrid, el vasco de tres noches en San Sebastián se aparece en Berlín, el ruso que conocí cuando vivía ahí se aparece en Inglaterra, mientras que el inglés que estuvo visitando mi cama en Oaxaca aparece en Praga. Y así sucesivamente: hombres, situaciones, ciudades y camas diversas. Nada como recuerdo que sucedió.

En ese plano de inconsciencia el vasco y yo vamos a un restaurante turco y terminamos en un parque de Kreuzberg escondidos entre los árboles y desvistiéndonos en medio de la oscuridad. Con el inglés me encuentro en el molino checo que me hospedó durante una de mis visitas. Existe, pero ahí jamás pude coger, hacía demasiado frío. El argentino y yo nos fuimos de tapas y vermuts para terminar en un departamento del barrio de Chueca, que de hecho pertenece a una amiga mía y en donde nunca estuve con un hombre, pero con una mujer. Y así las combinaciones se repiten. A la gran mayoría no los he visto en años, algunos los tengo en FB, pero de algunos no tengo su correo electrónico, vaya! de otros ni siquiera del nombre me acuerdo.
Sin embargo últimamente están ahí rondándome por las noches, aprovechando mi pesado sueño y metiéndose en él para volver a penetrarme. Generalmente son los últimos sueños, los que se aparecen cuando estoy a punto de despertar. No despierto mojada, ni tampoco con la mano entre las piernas, pero despierto desconcertada, “acabo de soñar con el griego”…y después me pregunto sobre el significado de estas imágenes.
¿Por qué sólo sueño amantes y no a parejas estables? ¿Por qué siempre me sueño en situaciones que terminan en sexo? ¿Qué significan? Del sueño no recuerdo las conversaciones, aunque me veo hablando con ellos ¿platicamos? ¿qué nos decimos? Ni idea.
Pero en estos sueños -sin excepción- me veo desnuda, arriba, abajo, de lado, hincada, en cuclillas, en manos y rodillas…y ellos ahí, abajo, arriba, atrás, de pie.
Soñar con hombres que no conozco, fantasear con desconocidos o con famosos inalcanzables me ha pasado toda la vida, pero jamás con un grupo de hombres que si conocí y tuve a un lado ¿habrán sido tan buenos amantes? Algunos si, otros….los sueños no pueden estar expresando falta de apetito o insatisfacción sexuales.
Pero ese grupo de amantes ocasionales apareciendo me intriga.
¿Será sólo una etapa de la vida de todas las mujeres?
Una amiga me dijo que extrañaba la putería. Cabrona.
He pensando que posiblemente a la mitad del trayecto entre los 30 y los 40 años se empieza a sentir nostalgia por algo que ya no se puede recuperar. Hay mujeres que la sienten por su juventud, su energética presencia, el grupo de amigas que ya no frecuenta, el físico esbelto de los 20 años, su personalidad avasallante, su título de señorita simpatía, sus años de universidad, el ánimo para la fiesta, etc.
Nunca fui un party animal, mucho menos una come-hombres, pero tal vez extraño mi extinta facilidad con la que conocía a un hombre que me gustaba y terminaba con él bien adentro. Me pasó tantas veces y hace tanto que no me pasa. Será añoranza por lo que sentía al despertar en la cama con un semi-desconocido, desnudo, que desparecía al poco, muy poco tiempo. Será morriña por esa satisfacción de sentir una piel distinta, un olor diferente, un sabor variado cada tanto y no repetir. Será que ansió el placer, ese que se siente, efímero, las primeras veces en la etapa del descubrimiento cuando no se sabe nada del otro y todo es pura novedad, nuevo conocimiento, ¿extrañaré la locura en las que tantas veces me monté? Será temor porque no me sucede más, ¿me sucederá otra vez?
Al parecer me quedan estos sueños, que ahora son de cada noche con un hombre diferente. Partiendo de la cantidad que son podré tener estos sueños irrepetibles por varias semanas más.
¿Qué significan esas imágenes que aparecen cuando tengo los ojos bien cerrados?
Tal vez debía pedirles un segundo round, una oportunidad, tal vez tengo que “cerrar círculos”, o al menos tener una despedida menos apresurada y recordar sus nombres. Tal vez los debería localizar, pedirles, como dijo la Dúrcal,: “si alguna vez nos vemos por ahí, invítame un café y hazme el amor y si ya no vuelvo a verte ojalá que tengas suerte”.
Porque así me sueño últimamente: como gata bajo la lluvia
…maullando.

La vida sexual de Catherine M.

“…no me fue concedido de entrada un cuerpo apto para el placer. Primero tuve que entregarme a la actividad sexual literalmente a cuerpo descubierto, extraviarme en ella hasta el punto de confundirme con el otro para, al final de una muda, tras haberme despojado del cuerpo mecánico recibido al nacer, enfundarme otro cuerpo, esta vez tan capaz de recibir como de dar”…

Esta es una de las imágenes más fuertes que conservo del libro “La Vida Sexual de Catherine M.”, una autobiografía que la curadora francesa Catherine Millet (Bois-Colombes, 1948), directora de la influyente revista Art Press, decidió publicar. Sin especificar demasiado, se sabe que dicha vida sexual transcurrió en París y empezó cuando ella era una adolescente. Siguió con intensidad en sus años veintes, cuando ya trabajaba en el campo de las artes. Y como todo está narrado en pasado, sugiere que Millet ha encontrado un camino alejado de las orgías, de los tríos y de las sodomías cotidianas.

El libro “La vie sexuelle du Catherine M.” fue publicado en Francia en 2001 y causó gran alboroto pues Millet es una mujer muy conocida. Con el libro –que además fue un Best Seller- quedó expuesta al escrutinio escandaloso de sus prácticas y hábitos sexuales, los cuales describe con más detalles que una nota de cata (color, olor, sabor, textura, orificios, agujeros, fluidos, etc.).
Las primeras frases del libro me capturaron. Sin pretensiones puedo decir que hubo frases, enunciados, párrafos completos en los que me reconocí: “no pertenecía al censo de las seductoras, y que en consecuencia mi lugar en el mundo, con respecto a los hombres, estaba menos entre las otras mujeres que al lado de ellos”.

Desde que empecé a relacionarme sexualmente con hombres tuve siempre esa sensación. Incluso antes, de niña, mi compañía favorita era la de los niños. Mis cómplices han sido ellos. Como Catherine yo tampoco pertenecí y ni pertenezco al sector de la femme fatal, la seductora que pone la bala en el sitio a donde se le fue el ojo.

No obstante nunca me he quedado con ganas de cogerme a alguien. Según el libro de Millet, ella tampoco: “No he ligado nunca. En cambio, yo estaba disponible en cualquiera circunstancias, sin vacilación ni reservas mentales, por todas las aberturas de mi cuerpo y en toda la extensión de mi conciencia”. Esta imagen de apertura al mundo es sublime. Escrito esto en las primeras páginas el libro es una promesa de honestidad.

Escrito en cuatro capítulos (El número, El espacio, El espacio replegado, Detalles)  -que suenan más a un ensayo sobre arte que sobre sexo- el libro de Millet disecciona con instrumentos afilados y con mucha paciencia su sexualidad. Describe de una manera fluida y abierta su experiencia desde que empezó a considerar que “follar, -es decir follar con frecuencia y en buena disposición psicológica, independientemente de quién o quiénes eran los compañeros –era un estilo de vida”.

Y fue de verdad su estilo de vida. La autora tuvo todo tipo de experiencias, vivencias, situaciones, contextos, eventos, lugares, constelaciones de compañeros y sensaciones alrededor de las cuales está narrada su vida sexual. En su libro Catherine no se detiene en preámbulos:

“Más que las penetraciones, me deleitaban las caricias, y en particular las de las vergas que se paseaban por toda la superficie de mi cara o frotaban el glande contra mis pechos. Me gustaba mucho atrapar al vuelo una polla con la boca y deslizar mis labios sobre ella mientras otra se acercaba a reclamar su ración por el otro lado, en mi cuello tenso. Y girar la cabeza para apresar la nueva. O tener una en la boca y otra en la mano. Mi cuerpo se abría más por efecto de esos toqueteos, de su relativa brevedad y su reanudación, que por el de las cópulas”.

Así, con lenguaje claro, sin pretender escandalizar pero tampoco complacer, Millet nos introduce en esa disección franca y abierta de su sentir, de su posición (adelante, atrás, de costado, de rodillas) de objeto, de mujer-objeto que subyace en el texto y es permanente.

Esa velada reflexión acerca del ser-objeto me sorprendió. Últimamente mucha de la literatura erótica escrita por mujeres refiere al sujeto sexuado, sexual, que toma la iniciativa, que se dice “puta” a sí misma y que se jacta de su ninfomanía. No, Catherine no cae en ese lugar (¿común?), y explica: “Si soy dócil, no es porque me guste la sumisión, pues nunca he buscado situarme en una posición masoquista, sino porque en el fondo me es indiferente el uso que se haga de los cuerpos”. Aclara que no es afecta a prácticas extremas que infligen dolor o dejan heridas, pero “por lo demás, en lo referente al inmenso ámbito de las singularidades, hasta de los antojos sexuales, he actuado sin apriorismos, he mostrado una invariable predisposición de ánimo y de cuerpo”.

Es ahí donde radica el poder del libro de Millet: está atravesado por una reflexión constante y profunda sobre el cuerpo: “El placer es fugitivo porque el cuerpo, por muy triturado, socavado, removido que haya sido, es evanescente”. Escribe, claro, desde el cuerpo de una mujer de clase alta, blanca, profesionista que “decide” que hacer y aprueba lo que los demás hacen con él. Pero cuerpo al fin. Masa, energía, carne, fluidos y terminales nerviosas. En el ensayo se leen párrafos que explican de manera detallada, sin metáforas rimbombantes pero con expresiones precisas, las reacciones de estos componentes al impulso sexual. El cuerpo sexuado, sexual, sexoso. ¿Evanescente como inasible? ¿Como etéreo?

Poco entra la autora, además, en el laberinto del sentimiento y la emoción. Pero lo resolvió con sencillez y claridad: “He follado ingenuamente durante una gran parte de mi vida... De vez en cuando tropezaba, por supuesto, con algunas de las dificultades psicológicas conexas (mentiras, amor propio herido, celos), pero las imputaba a la lista de pérdidas y ganancias. No era una mujer muy sentimental. Tenía necesidad de afecto, lo obtenía, pero sin llegar al extremo de construir, a partir de relaciones sexuales, historias de amor”.

Millet es concreta y se concreta a su vida sexual, tumultuosa y libre. Yo no había leído antes un lenguaje tan preciso, ordenado, ligero y voluntarioso para escribir sobre el sexo, sin caer en la provocación (o en el intento de provocar). Catherine Millet se concentró en su cuerpo, en el ajeno (los ajenos) y en el coito vivido para darnos una de las mejores exploraciones sobre el ejercicio libre de la sexualidad y del placer.

Si el libro de Millet me impactó fue además porque contiene frases que yo con otras palabras he pensado, narra situaciones muy parecidas a algunas que he vivido y da cuenta de sentimientos que yo he tenido. Mi vida sexual es el libro que a mi me hubiera gustado escribir, pero en el estilo que Catherine ya lo hizo. Por eso no lo haré.

Pd. La traducción al inglés, The Sexual Life of Catherine M me gusta más que la traducción al español editada por Anagrama. Recomiendo la que tengan a la mano y si leen francés pues mejor!!!

miércoles

Casa Perú...mi ganador del premio cocinaycama 2010

El año que recién terminó fue uno muy provechoso para mí: visité por segunda o tercera vez algunos restaurantes que me gustan mucho y conocí varios nuevos (algunos ya los reseñé aquí otros todavía están en la lista). Pero el ganador del premio cocinaycama 2010 (uno que acabo de instituir) es un sitio de cocina peruana que descubrí en el otoño.


Iba caminando por el barrio del Jordan en Amsterdam, una tibia tarde del pasado mes de septiembre, cuando un olor delicioso me atrajo a una esquina. Al llegar encontré un restaurante pequeño e iluminado con la clara luz del sol.

Una pareja iba saliendo del sitio y lo único que se me ocurrió preguntarle fue si les había gustado la comida. Ambos sonrieron complacidos y asintieron. Tomé una tarjeta de Casa Perú para planear una visita con tiempo y en buena compañía. No tardé mucho en hacer una reservación para dos. Fui con mi amiga Rhiannon, cómplice de aventuras de todo tipo, aunque últimamente han sido más que nada culinarias.


Era viernes, el sitio estaba lleno y sonaba Susana Baca, que de banda sonora para comer comida peruana me gusta. Nuestra mesita para dos estaba junto a la barra en donde la única mesera se hacía bolas.


Se tardó un poco en voltearnos a ver después de habernos dado la mesa. Yo aproveché para ver el lugar. No hay más de diez mesas, todas tienen vista hacia afuera y afuera están los canales de Princengracht y de Leidsegracht, que de noche son bellísimos. La iluminación es tenue sin ser romántica, y los colores de los muebles son claros. Es un sitio agradable y de buen gusto sin ser presuntuoso. A pesar de estar tan cerca de Leidseplein ocupa una esquina tranquila en donde no se ven hordas de turistas, lo que en Amsterdam siempre se agradece.


Cuando finalmente nos trajeron la carta fuimos directamente a las bebidas y pedimos sin dudar dos pizco sauer. El pizco es un destilado de uva cuyo origen se pelean Chile y Perú. Es el equivalente a una grappa italiana. El claro se usa para hacer esa bebida sauer que se prepara con clara de huevo, azúcar, limón y canela en polvo. Yo tenía mucho que no bebía uno y como aperitivo es exacto y en el restaurante fue divino.




Fue difícil elegir pues el menú es bastante tentador y variado. Los peruanos son famosos por sus platos de pescado y mariscos, pero también por sus preparados de carne y pollo. Para combinar con una botella de Savignon Blanc francés, decidimos pedir marisco y carnes blancas.

De entrada unas cucharas de escalopas gratinadas con queso y el clásico ceviche. Las primeras de sabor delicado, cocinadas con vino blanco y perejil y el segundo una delicia con el perfecto agror del limón. Hecho como a mí me gusta: con el pescado en trozos enteros y a la peruana con verduras frescas y rebozado de maíz tostado y cebolla morada.

Después nos trajeron, a nuestra petición, pescado en escabeche y ají de gallina. Ambos de presentaciones impecables acompañados con arroz blanco. El ají es una salsa, tipo mole blanco, de pimientos y chiles amarillos, nueces y queso parmesano, de sabor delicado, ideal para carne de aves. El pescado servido con yuca y rúcula en una exquisita salsa de tomate.

Para terminar con dulce yo me decidí por el pastel de chocolate y tres leches, que es una torta tradicional tres leches pero de sabor chocolate con merengue de frutas del bosque que estaba de sueño. Rhiannon prefirió la leche quemada, un tipo de crema catalana con sorbeto de limón que hacía un contraste agradable. Cerramos la noche con dos pizco puro, blanco y seco. Y salimos ambas con sonrisa complacida. Por lo mismo no fue esa mi única vez en Casa Perú.


He vuelto en varias ocasiones y para variar he pedido el tamal de cerdo cocinado en hoja de plátano, el seco de cordero (carne marinada en cerveza servida con cilantro, papa dulce y frijoles blancos), el tiradito de pescado (pescado blanco en tiras delgadas cocinado como estofado en una salsa de chiles y verduras) y el arroz con mariscos que es como una paella a la peruana. También probé el arroz con leche, una delicia acanelada, acompañado con una variante del alfajor en galleta blanca con relleno de durazno. Todo ha estado siempre bien servido, de proporciones correctas y de presentaciones lindas. Cuando el lugar no está lleno el servicio es rápido, aunque siempre ha sido amable. A veces la casa ofrece de bienvenida un paté de aceitunas verdes que se unta en pan...buenísimo. El menú cambia con frecuencia, así que no esperen encontrar lo mismo en cada visita.


La variedad, la combinación heterodoxa de ingredientes y sabores, la clara influencia japonesa y árabe, combinada con lo americano y español, y el uso de productos locales y de temporada, están reflejadas en el menú que Liliana Torres, chef del restaurante, creó para llevarnos tan alto como al Machu Pichu cuando olemos y probamos cualquiera de sus recetas. Casa Perú es un lugar para ir con tranquilidad a disfrutar las entradas, los segundos, los postres y por supuesto los pizcos sauer que están bien chéveres! Hay que ir a Perú a comer. Pero por lo pronto ahí están varias opciones para degustar manjares peruanos en algunas ciudades del mundo. Casa Perú es en Amsterdam sólo una muestra que hay que conocer.

Casa Perú, Amsterdam, NL

Ganador de mi premio cocinaycama 2010

lunes

Encyclopedia of Unusual Sex Practices...

La doctora Brenda Love sabía muy bien lo que iba a publicar cuando estaba recopilando información para un diccionario, devenido enciclopedia, de prácticas sexuales inusuales. Nos iba a dotar de un espejo para ver (nos/as)...si, a ustedes, nosotros/as, todos/as....

El libro, publicado por primera vez en 1992, constituye un texto erudito. No se limita a las fantasías, sueños húmedos e imaginaciones eróticas. El listado de distintas prácticas sexuales nos acerca a algo que es realidad porque ha sido humano. Si, la realidad sexual de muchas personas en este mundo que han decidido que acostarse con personas del sexo opuesto y practicar la posición de misionero no es lo suyo, o que el sexo como lo indican ciertas religiones, tabúes o creencias no es lo que quieren/desean hacer para satisfacerse.

La Dra. Love nos introduce en un recorrido de la A a la Z por los mapas amorosos (término de John Money) que han existido y prevalecido en muchas culturas a lo largo del tiempo. Porque Brenda Love no es una improvisada. Sus conocimientos en sexología con especial interés en fetiches y sadomasoquismo la han hecho un referente sobre las prácticas sexuales inusuales.

Lo que no estoy segura es que la doctora Love haya considerado que el viaje que hace en las casi 750 definiciones de prácticas que enlista, constituyan también un recorrido por la sexualidad permitida y sancionada de toda la historia de la humanidad. Si no lo consideró, hay que hacerlo...este libro constituye por eso un texto indispensable, no sólo para sexológos, sino para todos quienes nos interesamos en el sexo, la sexualidad, sus prácticas...y sus asegunes (por ponerlo de algún modo).

La Enciclopledia la Dra. Love inicia con la A, en donde nos presenta por ejemplo la ACOUSTICOPHILIA, una condición digamos que conocida, -sobre todo si estuvimos con algún músico, dj o beatmaker- que tiene relación con la estimulación a partir de ruidos, agitación, gemidos, gritos y música. La Dra. Love dice que es una condición que no solamente estimula a la persona haciendo el ruido o el sonido, sino que, por supuesto, es un método efectivo de comunicar el placer. Es una manera de expresarle al compañero o compañera por donde hay que seguir. Después de la explicación general, Love sigue con una serie de aclaraciones sobre ciertos géneros de música que han tenido éxito en excitar a los comensales, y cada quien tendrá el suyo. 

En la D encontramos la DENDROPHILIA, que refiere al placer que ciertos hombres, en culturas amazónicas de Sudamérica, experimentan al penetrar árboles, pues son dentro de su cosmogonía símbolos de fertilidad. Lo interesante del hecho es la significación que se le atribuye, pues regresan estos hombres a través de este rito algo de su virilidad a la tierra. 

En la vocal I  encontramos varias definiciones, pero una que llamó mi atención, además de INFIBULATION (investiguen!), fue la de INFANTILISM. Una condición de quien desea ser un infante eterno. Esto es muy interesante porque remite a las chicas que usan el uniforme del colegio para dar una imagen sexuada-inocente de su ser (como si actualmente los infantes fueran inocentes), pero también hace referencia a la idea de mantenerse infantil toda la vida. Entonces esa persona se rasura todo lo posible, viste y calza como si viviera sus años de primaria y actúa como tal. Love señala que esta condición crea una sensación de liberación de responsabilidades a todos quienes no quieren ser adultos. Pero eso se traduce en sexo con infantes, aunque sean de mentiras. Hay quienes gustan de pretender ser los infantes y hay quienes gustan de acostarse con ellos, sabiendo que no lo son, pero que lo pretenden.

La M, una letra que suena linda, incluye varias definiciones. Parece que es muy productiva en lenguas latinas. Encontramos la MAIEUSIOPHILIA que es la excitación que ciertos hombres tienen con mujeres que están embarazadas. "Chicas, no se preocupen por su panza, barriga o enorme abodomen, hay, a la vuelta de la esquina, un hombre que las deseará sin recato". Espero que la MAIEUSIOPHILIA funciona con la pareja de la embarazada.

En la letra P encontramos la PSEUDONECROPHILIA, que es el placer que se experimenta cuando el compañero o compañera sexual FINGE estar muerto o muerta. Si uno creía que la P daba para sorpresas, que tal la O que nos menciona a la OCULOLINCTUS: el placer que experimenta alguien por lamer el globo ocular, o sea el ojo. Dice la Dra. Love que hay que tener cuidado con esta práctica pues el herpes labial se puede trasmitir....al ojo, por supuesto.

Y bueno, brincando a la R, nos encontramos con la RHABDOPHILIA, que es palabras más, palabras menos, el placer que experimentan quienes disfrutan ser humillados y flagelados. Hay una condición de fantasía en esto, pues se puede jugar o pretender que se es humillado. Existen quienes se autoflagelan para producir efectos catárticos...ver ALGOPHILIA y FLAGELLATION.

De la R pasamos a la S. Ahí encontramos varias definiciones, SATAN WORSHIP, SENSORY DEPRIVATION, SEX CLUBS, pero está la SALIROPHILIA que se relaciona al placer provocado por, cito, "probar los fluidos corporales salados de la transpiración". No puedo sino reconocerme en esta definición.

La U nos presenta dos definiciones. Una de ellas conocida. La UROPHILIA, o el placer que se experimenta cuando el coito involucra orines u orinar sobre alguien o ser orinado. La Dra. Love da un par de explicaciones sobre la naturaleza de esta filia. Si se identifican busquen su interpretación. 

Y al final encontramos una Z muy ZOLA. Si sola, porque lo único que la Dra. Love pudo documentar con esa letra es la ZOOPHILIA, que no es sino el placer de los humanos relacionado con los animales. Hecho que parece haber sido práctica sexual de varias culturas antiguas y que ante el advenimiento de distintas religiones se sancionó y convirtió en tabú. No obstante las organizaciones protectoras de animales, hay una cantidad considerable de personas que aún la practican.

Mencioné únicamente diez prácticas sexuales inusuales y el libro de Brenda Love tiene poco más de 750 diferentes definiciones. Algunas, han sido reprimidas (con razón) y moralmente sancionadas e incluso criminalizadas (la PEDOPHILIA, por ejemplo). 

Pero la pregunta que subyace la lectura de esta enciclopedia es ¿dónde está el límite entre las prácticas sexuales normales y las inusuales? Viendo el abanico que presenta este libro pareciera ser que el  y la humano/a conoce poco los límites y ha disfrutado a lo largo de la historia -sin distingo de origen, credo, sexo, o religión- de su cuerpo y los cuerpos ajenos. La investigación de Brenda Love nos aclara que la búsqueda de placer ha sido parte de la historia de la humanidad, la cual se ha hecho con base en prácticas que devienen del universo sin límites de  la fantasía, la imaginación y los mitos. 

Ahora, ¿qué carajos nos ha reprimido tanto?

Brenda Love, Encyclopedia of Unusual Sex Practices, Greenwich Editions, London.

viernes

Con los dedos de una mano

Fue la mañana siguiente de la primera noche que pasamos juntos. Cuando desperté sentí el alcohol en la cabeza y me costó mucho abrir los ojos. Cuando lo hice descubrí una pared que no me pareció familiar. ¿Otra vez Charla?



Voltee a ver quien estaba a mi lado y ahí estaba él. Dormía. Pensé en la noche anterior, en las botellas de vino y en la cena. Terminar así no estaba en mi plan. ¿Otra vez Charla?...Busqué un condón usado dejado por ahí. Al no encontrarlo lo desperté escandalizada.


¿Qué carajos hicimos? Estábamos desnudos y la ropa tirada por toda la recámara como en las escenas de películas que anuncian lo que ya sucedió pero no vimos. Me contestó muy tranquilo que no habíamos hecho nada. Con la cantidad de vino que habíamos ingerido apenas nos podíamos mantener de pie. Le creí. Pero yo tenía una imagen de mi misma con su pene en mi boca que no me podía quitar de la cabeza. No mencioné el recuerdo.


Tomé mi ropa para empezar a vestirme pero no me dejó. Me acercó a él y empezó a besarme. Le dije que tenía que enjuagarme la boca “me huele a Carmenere añejado en tanque de acero oxidado”. Él hizo lo mismo. A pesar de todo, la cabeza no me torturaba con un dolor imposible. Me dijo que el vino que habíamos bebido la noche anterior era uno muy bueno. Si, pero fueron cinco botellas, le espeté en la cara al verlas vacías sobre la mesa.

Aún así mi cuerpo atormentado reclamaba el exceso de alcohol. Me empezó a besar con lentitud y yo sentí esa reacción reconocible que empieza en las terminaciones nerviosas de la lengua y recorre todo el cuerpo para activar los nervios de la vagina. Me gustó su lengua y me gustaron sus labios. Pensé en los años que llevábamos siendo amigos y en los que jamás hubo ni siquiera una mirada de coqueteo (Lo que provoca el acercamiento, el olor a alcohol y una cama cercana!!).

Regresamos a la cama y empezó a acariciarme, uso sus manos y su lengua por todas partes. Cuando podía yo sostenía su pene y le hacía lentos movimientos con la mano derecha. Me humedecí los dedos con saliva para mojarle el glande. Sentí inmediatamente su reacción. Una vez con sus dedos en medio de mis piernas hizo todo lo que pudo con ellos. Rozó lentamente la zona, desde el bajo vientre hasta el ano. Lo hacía con la punta de los dedos, suavemente, para sorpresivamente, por un instante, meterme y sacarme un dedo o dos con más fuerza. Lo hizo varias veces. Después bajó su cabeza y con la lengua me entretuvo como si estuviera buscando todas las terminaciones nerviosas que los clítoris tienen.

No sé si las encontró todas pero estoy segura de que encontró bastantes. Después volvió la mano, o para ser más especifica volvieron los dedos. Entró uno, entraron dos, un tercero acariciaba el camino que se recorre entre la vagina y el ano. Como si hubiera tomado clases con Masters y Johnson, buscaba dentro de la vagina los pequeños espacios húmedos que estimulados en su conjunto provocan espasmos de placer.


Me pidió que me masturbara frente a él. Una petición que no me sorprendió. Se podría pensar que a los hombres nos les gusta que nos demos placer sin ellos, pero hay unos cuya fantasía única es ver a las mujeres con sus propias manos entre las piernas….a esa solicitud nunca digo no.

Me voltee para acostarme sobre mi estómago y masturbarme boca abajo, así él podría acariciarme las nalgas, meterme el dedo en el ano y recorrer sus alrededores. Tuve un orgasmo. Seguí. Pero cuando sentí que necesitaba algo más ancho que dos dedos juntos le pedí que me penetrara. En ese momento el erecto pene que se levantaba de entre sus piernas languideció.


Volvieron la lengua, los dedos, los dedos y la lengua otra vez a la vagina. No me quejé. En la posición en la que me encontraba su sexo me quedaba lejano. Pensé en metérmelo en la boca. Mientras él se entretenía en mi vagina con paciencia de alfarero detallando una pieza de barro húmedo, yo veía como su pene iba otra vez creciendo en tamaño y tomando una forma adecuada que invitaba a su pronta posesión. Sin embargo él no parecía tener interés en dejar mi vagina por un rato.



Cuando finalmente me decidí a pedirle que terminara de una buena vez con esto…(oye es lunes, yo tengo que trabajar, que tanto dedo, que tanta lengua, “que tanto lames y tocas, me vas a secar!” ya llevamos así media mañana, de qué se trata todo esto, ¿qué sorpresa me tienes? ¿un vibrador?). Bueno no se lo dije así en ese tono, pero en uno más tranquilo o con palabras más solicitas: “¿porqué no me LA metes ya?”, fue la frase completa. (LA, porque erecta y firme es femenino lo que relajado y flácido es masculino).



Se retiró del centro. Me miró como si yo fuera una adolescente suplicando que me contara una historia increíble. Entonces me contó una historia increíble, o al menos en ese momento, lo fue.


Me dijo que no podía. Para él la excitación venía de oler y tocar, que sólo así se podía venir. Si yo lo masturbaba sería una ayuda. Me dijo que al querer penetrarme se le ablandaría el miembro, que pocas veces lo lograba y que generalmente nunca terminaba. Le ofrecí mi boca. Tampoco funcionaría porque él prefería las manos: “por eso me gusta ver cuando una mujer se masturba, las manos ahí en su centro, los dedos dentro, el movimiento, la búsqueda, el tacto”. Me dijo que no siempre fue así pero en los últimos años así ha sido. O sea una rareza.

No se si hay una fobia a penetrar vaginas o una filia por tocarlas y lamerlas, pero algo parecido es lo que él tenía. Pensé que sería un buen caso para un sexólogo, un psicólogo y un terapeuta sexual. Todos juntos.

Pero una vez entendida "la condición" no me quedó otra que colaborar. El final llegó tal como le llegaban a él los finales. Con el pene entre mis manos y sus manos y lengua entre mi vagina y ano. Me regó los senos con su semen, que era abundante, como el que deja todo ahí satisfecho y saciado.

Dudé en volver a verle. Sin embargo no tardé en visitarlo nuevamente.

Algunos hombres son egoístas con los dedos y la lengua, los usan un poco para excitar y después se olvidan de ellos. Para él -sin embargo- lo era todo, sus dedos y su lengua eran su miembro, su fuente de placer, de inspiración, de locura absoluta. Otro tipo de sexo que al final incurría en menos riesgos. Recordé el sexo oral que me han quedando debiendo y pensé en recuperarlo.

No tardé mucho en valorarlo, prescindiendo del pene en mi vagina, logrando orgasmos de otro tipo y apreciando la paciencia y el tiempo que este hombre dedicaba a complacerme …así, con los dedos de una mano.

domingo

Todas Belgas


Como para los adictos al chocolate, Bélgica es también un paraíso para los buenos bebedores de cerveza. Digo buenos porque quien bebe Corona o Sol no bebe cerveza. Y no diré qué bebe porque no lo sé.
Pero las belgas, como las alemanas y las checas, son absolutamente cervezas. Varían en ingredientes y niveles de fermentación, pero todas tienen las mismas características, son cervezas completas: fuertes, con sabor, textura, alto grado de alcohol y hasta olor.


Mi llegada al mundo de las cervezas belgas fue tardía. Pero ha sido permanente.
Ocurrió en mi primera visita a Holanda. Entré en un bar y al ver que sólo tenían Heineken y Amstel de barril me decidí por un vodka tonic. Pero al poco rato pregunté sobre la otra cerveza de barril que había: era Palm. Una cerveza belga de color roja claro, sencilla, fácil de beber y ligera. Desde entonces la Palm -por ser tan popular en Holanda- ha sido mi elección cuando lo que hay son sólo opciones locales.


Y me parece que para los holandeses es igual. Prefieren en general cervezas belgas que propias.
Por eso se ofrece, vende y consume mucha bebida no destilada de trigo, cebada y malta llegada del país vecino y hecha en monasterios. Porque si algo supieron y saben hacer los monjes (ahí y en otras partes del mundo) es fermentar y destilar alcohol: vinos en unos países, cervezas en otros.
Los religiosos en Bélgica se han dedicado a producir desde sus silenciosos monasterios y bajo reglas muy específicas las mejores muestras de bebidas fermentadas. Las cervezas trapenses derivan este nombre de las características que les da el ser producidas por monjes (trapenses, una congregación originalmente francesa).

Esta etiqueta o denominación (por ponerle de algún modo) la tienen seis cervezas en Bélgica y una en Holanda (La Trappe). Se adquiere por seguir un procedimiento de elaboración particular: son cervezas hechas con ingredientes 100% naturales y son de alta fermentación. La fábrica está dentro del monasterio y por ende bajo supervisión de los monjes. Se supone que el dinero que recaudan de la venta de cerveza, que no será poco, se destina a la "sobrevivencia" del monasterio y a obras de caridad. En el sabor está la prueba: es bendito!
Otra característica diría yo de las cervezas trapenses es que no son ligeras. Pero pocas belgas lo son si las comparamos con otras cervezas en el mundo. De las primeras hay que saber que las hay de doble fermentación (Dubbel) o de triple (Tripple) y las hay rubias, rojizas y oscuras de distintas tonalidades y que normalmente oscilan entre los 5 y 16% de alcohol, aunque las que más se beben son las de entre 8 y 10%.
Una de las más populares, diré casi de batalla, es Maredsous. Cuando es de barril se ofrece la Brune (8%), de color oscuro, espuma cremosa y un final acaramelado. Es la que bebo cuando voy con los colegas del trabajo al De Zaaire, el bar universitario de la ciudad de Wageningen. Por botella, también buenas, se encuentra la Blonde (6%) y la Triple (10%).


Originaria y única de Amberes producida desde mediados del siglo XIX, De Koninck también es para la tarde de cervecita. Medio rojiza ella, en los bares se ofrece de barril (5%), popular en los supermercados, se encuentran la Blonde, Triple, Winter y Speciale Belge.



Ya hablando de otro tipo de calidad de cervezas las que siguen en mi lista son reinas. Descubrí la Duvel un día de ganas de una cerveza clara. Y no he podido dejarla. Es la cerveza que compro para tener en mi refrigerador y beberla de vez en cuando. Pero lo que más me gusta es ir a un bar y beberla en su vaso de tulipan para ver toda la espuma que produce. Es de sabor amargo y una perfecta compañera de hamburguesa con papas fritas en un día de sol.


La Westmalle es una cerveza trapense. Oscura, pesada, de final medio dulce poco empalagoso. Se produce en doble y triple fermentación y sus variedades tienen entre 6 y 14% de alcohol. Buena para acompañar un viaje largo en tren.



La Trappistes Rochefort es una reina de las Trapenses. Cerveza antiquisima que data del 1500, elaborada en la abadía de St. Remy. Es una cerveza oscura de tonos café-rojizos, casi ambar rojo, con fuerte sabor a granos, hierbas y especies que, como las trapenses, termina con un dejo caramelizado. Me la recomendaron en un restaurante en Brujas para limpiar la boca de sabores diversos pues la combine con una sopa de queso y un goulash de carne.


La Chimay, me dijeron un día, es la cerveza más belga. Es cerveza trapense no pausterizada. Es díficil elegir una de las tres variedades: la triple de sabores a uva moscatel (de etiqueta blanca), la de etiqueta azul, con ligero sabor floral y la de etiqueta roja, de sabores a durazno y chabacano con un final amargo. Mi favorita.


Color ambar, de aroma afrutado y sabor muy delicado y suave, servida en un vaso muy particular de 25 centímentros, la Kwak (como el sonido de pato) es una ganadora. La probé por primera vez en Bruselas. Desconozco su origen, y aunque no es Trapense, es una cerveza para conocer y querer. La Orval, de color café claro es además un excelente ingrediente para hacer salsa de cerveza y acompañar esta con un filete. Otra joyita belga.
La última en mi lista, es la primera en mi paladar. Muchos dicen que no es cerveza, pero yo digo que está en otra dimensión. La Duchesse de Bourgogne es una "red ale" (una "ale" es una cerveza fuerte, de alta fermentación pero de color claro, las "red" provienen de Irlanda y Bélgica) hecha con levadura y malta pálida. Esta es originaria de Flandes, su especial y particular sabor combina fruta de la pasión con chocolate, y una mezcla ácida de cerezas negras, ciruelas, especies y toques de naranja. Parecería que describo un postre, pero es una bebida fermentada que muchos se niegan a considerar cerveza. Y si bien es cierto que no me puedo beber más de dos al hilo, esas dos las disfruto con todos los sentidos.
Hay una tendencia en varias partes del mundo por conocer más y mejor las cervezas belgas. Espero que no sea una moda pasajera y que el gusto por ellas se popularize para encontralas cada vez más por donde quiera que uno ande...
En Amsterdam: Het Elfde Gebod
En Utrecht: Kafe Belgie
En Wageningen: De Vlaamsche Reus
En Brujas: Café Vlissinghe
En Tijuana: La Tasca de la Sexta

sábado

Neugrüns Köche en Berlín: nueva cocina alemana

En el mundo los alemanes tienen fama de comer mal y la comida alemena no goza de buena reputación.
En comparación con otras cocinas vecinas, como la italiana o la francesa hegemónicas cocinas en Europa, generalmente sale mal parada. Pero me parece que de un tiempo para acá hay que reconsiderar la comida alemana y ubicarla en un lugar especial dentro de la comida europea.
Es el desconocimiento, por no decir ignorancia, lo que hace a la gente pensar que en Alemania se comen únicamente salchichas, ensaladas de papas y coles. Alimentos que si están en la dieta de ese país pero junto a platos más elaborados como el kaesespaetzle o el wildscheinbraten.
Pero como sucede desde hace mucho en ciertas cocinas del mundo (que se innovan), en la cocina alemana hay también buenos resultados cuando se apuesta por la experimentación y la variedad.
Ingredientes tradicionales e importados se combinan con nuevas formas de cocción y presentación abriendo un abanico de opciones en platos de jabalí, venado, ganso y pato con castañas, coles, papas y quesos.
Cuando se es primerizo en cierto tipo de cocina, el desconocimiento puede ser excitante pero también provocar confusión. Por eso la opción del Neugrüns Köche en Berlín, con chef de ascendencia noruega, me parece una sitio buenísimo para empezar a conocer esta comida alemana, que se podría llamar nueva.
Con recetas de Schwaben y Bavaria, regiones de donde llega la mejor comida alemana, el restaurante ubicado en el barrio de Prenzlauer Berg vale la visita. La onda del lugar es ofrecer dos menús completos de cuatro tiempos (40 euros). Un menú está inspirado más en la cocina mediterránea y el otro es regional. Es posible comer unicamente dos o tres tiempos (28,50-36,50 euros respectivamente) o el plato fuerte (20 euros). Yo que iba en compañía de un buen comedor y además moría de hambre pedí el menú completo. No se pierde mucho tiempo pensando en combinaciones ni hay cantidad de opciones para escoger.

De entrada nos dieron Rote Beete Carpaccio mit Leber und Herz vom Damhirsh und Wildkräutersalat, o sea un carpaccio de betabel con hígado y corazón de venado pequeño y una mezcla de distintas lechugas aderezadas y nueces. Yo no soy afecta a las vísceras. Pero bien cocinadas y bien combinadas, como en esta ensalada tuve que probarlas. Le pasé a mi acompañante un pedazo de corazón. Me siguen pareciendo, las vísceras, de un sabor muy intenso, apropiado para paladares más exquisitos que el mío. No sé si el problema es la víscera misma o el animal (en este caso un pequeño bambi) destazado lo que me inhibe las papilas gustativas. El hígado sin embargo lo comí con gusto pues las verduras crudas le combinaban muy bien.


La sopa fue una grata sorpresa. De apio y cebolla hecha con caldo de pescado, a un lado tenía una brocheta pequeña de Poulard (no encontré una traducción al español) marinado, crudo y relleno de cebollita de cambray y pepinillos en vinagre. Para comerlo había que picar el pescado muy finamente y comerlo junto con la sopa. Una combinación sútil y deliciosa.

El plato fuerte se llevó la noche. Así literalmente se la llevó porque por esperarlo se nos hicieron casi las 10 de la noche y habíamos llegado a las 8. Pero valió la espera. Entonces nos pusieron enfrente un estofado de carne de venado (término medio), con Pfifferlingen, una especie de hongos típicamente alemanes de cabeza chica, tronco delgados y tamaño pequeño que contrastan con su intenso sabor. El estofado estaba mojado en la salsa de su propia cocción y acompañado de un strudel de col blanca, maravilloso.


El último tiempo fue dulce. Era una manzana rellena rodeada de una pasta hojaldrada acanelada y horneada que se acompañaba de un Schokoladen-Maronenparfait. Del francés parfait, la palabra refiere a un postre helado, que en este caso era de chocolate con un tipo de nuez (la Maronen).

Para mi sorpresa las recomendaciones del chef en cuestión de vinos no incluían vinos alemanes. Me quedé con ganas de tomarme un Riesling, pero la comida ameritaba un tinto. Así que nos decidimos por un ensamble francés de cinco uvas de la región de Côtes de Rhône, Le Chȇne Noir, 2007. Complicado por la mezcla de uvas pero absolutamente disfrutable.

La próxima vez que alguien me diga que no existe la cocina alemana, voy a canalizar a dicho blasfemo al Neugrüns Köche para su pronto arrepentimiento. Y la próxima vez que vaya a Berlín lo visitaré de nuevo y con mucho gusto.
Si andas por Berlín dale una oportunidad, lugar ideal para citas romáticas, celebraciones especiales o reencuentros amistosos: