lunes

Tamaliza en la mixteca...

VI. Tamales listos para comerse...



V. Tamales cocinándose...



IV. Tamales listos para entrar en la olla...


III. Hojas de maíz con masa y pollo esperando el mole...



II. La masa de maíz con caldo de pollo y aceite...

I. Mole listo, pollo cocido y caldo de pollo...








miércoles

Un inoportuno olor a chocolate

Era de noche. Siempre me esperaba a que oscureciera para llegar a su casa. No era difícil en esa ciudad que escondía el sol tan temprano en el invierno. Aunque hacia frío –y porque hacia frío- llegaba sudando a su casa…y no era de nervios.
Un trayecto de 27 minutos en bicicleta separaba su casa de la mía y en el invierno ese trayecto yo trataba de hacerlo en menos minutos. La consecuencia de mi cadencia y mi ritmo era el sudor que me empapaba la espalda bajo tanto trapo.
Sostén, camiseta de tirantes, blusa, suéter, abrigo, bufanda, guantes, gorro, medias a medio muslo, calentadoras bajo los pantalones, botas. Por meses el ritual de salir y entrar de un lugar implicaba minutos de poner y quitar prendas. Dependiendo del contexto una cosa podría ser más divertida que la otra.
Llegue roja de las mejillas y agitada por el calor y por el frío. Tenía la nariz escarchada, los ojos llorosos por el aire congelado. Amarre mi bicicleta con su candado a una reja segura. Subí las escaleras al primer piso de su puerta. Mientras lo hacía me quitaba el gorro y los guantes, me iba desanudando la bufanda.
Cuando se abrió la puerta un par de ojos azules como un cielo de verano aparecieron para recibirme. Y entonces me abrazó y me besó como si no me hubiera visto en semanas. En realidad no recuerdo si habíamos pasado semanas sin vernos.
Me desabrochó el abrigo, me quitó el suéter. Yo quería hacer lo mismo pero él tenía ya “demasiada poca” -como se dice en su lengua- ropa. La chimenea y la estufa encendida provocaron varios y agradables grados en la sala de su casa. Por eso estaba esperándome en playera, jeans y calcetines.
Le gustaba cocinar y esa tarde me estaba preparando algo muy típico y tradicional. Yo me quejaba con frecuencia de la comida, pues la propia del lugar puede ser bastante monótona y aburrida. Él me demostró lo contrario en varias ocasiones.
Pero ahora no quiero recordar el menú que estaba preparando con carne por supuesto, con papas por supuesto, con salchichas por supuesto y algo de col…pero por supuesto.
Quiero recordar que estaba contento porque su novia se había ido a visitar a su familia cerca del Rhin. Estaba contento porque había avanzado en la escritura de su novela. Estaba contento porque con el trabajo de ese helado mes podía descansar varios y dedicarse a lo suyo.
Pero estaba especialmente contento porque yo estaba ahí. Y hacer feliz a la gente es mi mayor placer.
Me quité los zapatos, como siempre que hay un limpio piso de madera. Me ofreció un Riesling blanco para preparar el estomago. La carne en la estufa necesitaba más tiempo para cocinarse. Y nosotros necesitábamos tiempo para cocinarnos.
De verdad no recuerdo cuanto tiempo había pasado desde mi última visita, pero estábamos contentos porque estábamos ahí.
Los olores de la cocina llegaban a la sala en donde descalzos jugábamos una guerra de pies arriba del sofá.
La lámpara encendida daba una tenue iluminación a la sala.
Nos besamos como lo hacíamos cuando sabíamos que queríamos tenernos.
Bajamos yo sobre él, él sobre mí. El sofá se nos hacia chico pero las posibilidades eran varias.
La carne estaba en su punto. Sólo un poco más de su propio jugo para que no se pegue.
Regresó a la sala y dijo que pronto podríamos comer. Seguimos.
Yo ya estaba comiendo.
Con las medias a medio muslo aun puestas y el sostén en su lugar nos fuimos acercando a la ventana, hasta que me senté sobre el bordo. La ventana no tenía cortina y daba a la calle. Una calle poco transitada -es cierto- pero con muchas otras ventanas.
En pocos segundos ya estaba penetrándome y yo chocaba la espalda contra el vidrio. Me tomaba del cuello para evitar un golpe. Yo lo tomaba del culo para no quebrarle los cristales.
Sentía que alguien nos veía. Aunque estaba de espaldas y no podía confirmar quien era y desde donde, me parecía imposible que de entre tantas y tantas ventanas frente a la nuestra nadie estuviera viendo una espalda y un culo de mujer y la cara del vecino fornicando en publico.
La idea me excito más. Me hubiera gustado ver (simultáneamente al acto) quien nos veía –un hombre o una mujer, estaría joven o seria viejo, guapo o feo- me hubiera gustado saber cómo se sentía -se estaría divirtiendo, se estaría masturbando, se estaría sorprendiendo, se estaría burlando, se le estaría antojando-.
Imaginando al posible “voyeur” terminé sin piedad.
Un olor a chocolate se intensificó y me dio risa imaginar que mi vagina mojada y complacida podía oler a chocolate. En ese momento él se acordó del postre en el horno.
El “Schwarzwaelder Kirschtorte” gritó y salió (literalmente) corriendo a la cocina. En decir el nombre del postre se llevó varios segundos.
Me pare sobre mis pies y así, con medias a medio muslo y sostén voltee hacia fuera para ver quien nos observaba. No vi a nadie. Las ventanas estaban oscuras.
Nosotros cenamos y después preparamos juntos el postre que es de gran manufactura y es una delicia.
Volví a esa casa algunas veces. No en pocas ocasiones, mientras acomodaba mi bicicleta, distintas personas vecinas de la calle me veían con mirada extraña o curiosa. Incluso hubo quienes me saludaban de lejos.
Imaginé que no había sido uno quien me había visto esa vez a través de la ventana. Imaginé que dimos un espectáculo público para deleite de la calle. Imaginé que esa noche varios de los vecinos hicieron el amor con pasión y deseo. Y concluí que por primera y única vez en mi vida el chocolate de esa Schwarzwaelder Kirschtorte había sido absolutamente inoportuno.

viernes

Mi ultima mesa del OCHO



Charolas de quesos varios, salamis y jamones. Pan, papas fritas y cacahuates. El tequila.

Rollos de papel arroz con relleno de verduras frescas, tomates cherry con mozarella y albahaca, aceitunas, pate de atun con chipotle.

Lo mismo pero en la sombra junto a mi copa de vino.

miércoles

Deseo para esta navidad

Querido Santa,

Se que este año mi comportamiento deja mucho que desear, sin embargo no pierdo la esperanza de que cuando metas a tu costal los regalos para quienes algo te pidieron te acuerdes de mi. En esta época de crisis de todo tipo sé que lo que deseo para el próximo 25 de diciembre es casi imposible de conseguir: amanecer con el hombre perfecto. Por lo mismo y para que veas que no me pongo exquisita te doy las características a tomar en cuenta por si algo se te atraviesa uno entre el polo norte y mi casa.

De preferencia moreno y con cabello oscuro (aunque esta visto que a los rubios tampoco les hago el feo). De preferencia que no pase de los 40 (aunque a los 50 hay unos que con la experiencia conquistan). De preferencia que se dedique a algo que no tenga nada que ver con lo que yo hago (pero si es antropólogo social tampoco lo voy a regresar). De preferencia que no comparta mi nacionalidad (pero si es un buen producto nacional te lo agradeceré). De preferencia que no tenga arraigo a ninguna parte (pero si ya tiene casa propia no esta de mas). De preferencia que ya tenga hijos (para que no me los pida a mi). De preferencia que su familia viva en otra parte (y que la vaya a visitar seguido). De preferencia con inclinaciones artísticas (pero no de “performero”). De preferencia que no le importe si soy soltera, casada, viuda o divorciada (y que no pregunte si estoy en vías de convertirme en algo de esto).

De preferencia que no hable mucho (pero que sepa escuchar). De preferencia que le guste mucho cocinar (pero que tambien le guste salir a comer fuera). De preferencia que no beba mucho (pero que no le importe si yo bebo de mas). De preferencia que no fume en exceso y de preferencia que no se drogue (si, ya se que eso esta muy difícil). De preferencia que le guste escuchar música (como la que yo escucho). De preferencia que le guste ver “pelis” (pero no todos los domingos comiendo pizzas). De preferencia que tenga un hobby o una afición (pero que no sea coleccionar algo). De preferencia que le guste hacer ejercicio (pero que no quiera hacerlo conmigo).

De preferencia que tenga un pene de tamaño normal (ni muy grande que lastime, ni muy chico que no se sienta) y sin circuncidar (y de un color no muy claro pero tampoco muy oscuro, pero eso dependerá del hombre que encuentres). De preferencia que le guste el sexo de mañana (pero que antes se lave los dientes). De preferencia que se fije en la ropa linda interior que uso (y que no la quite como lobo hambreado). De preferencia que disfrute el sexo oral (pero hacerlo no solo que se lo hagan). De preferencia que le guste un poco de violencia en la cama (pero que no olvide que es sólo un juego). De preferencia que haga realidad sus perversiones conmigo (y no que únicamente las diga en la borrachera con los amigos). De preferencia que tenga ganas todos los días (o cinco veces por semana). De preferencia que no gima en exceso (el escándalo me desconcentra) pero que tampoco se haga el muerto tendido sobre la cama.

De preferencia que le gusten los viajes (sobretodo los que haré yo sola). De preferencia que no tenga ganas de matrimonio (pero tampoco de una cana al aire). De preferencia que sea limpio y de preferencia que use desodorante y perfume. De preferencia que sea un caballero (pero que no me trate como a una inútil). De preferencia que tenga carro (para que se vaya a dormir a su casa). De preferencia que le guste el fútbol (pero no solo verlo sino practicarlo).

De preferencia que no pregunte sobre mi pasado (que incluye ex -amantes, novios, y esposos). De preferencia que sus animales domésticos no duerman con él (que coger con gemidos caninos o gritos felinos me mato la libido mas de una vez). De preferencia que no hable de su pasado (pero que me avise cuando nos topemos con una ex pareja suya). De preferencia que tenga detalles amables (como dejarme sola cuando lo necesito, no molestarme cuando hago yoga, no hablar de temas que desconoce, no sugerir tips mientras cocino, dedicarle tiempo a mi perro y a mi gato, etc.).

Santa, si evalúas la petición no estoy pidiendo a Superman. Sólo un hombre de carne y hueso (con un poco mas de carne y cartílago que hueso) que le guste comer bien y coger con alegría y que de preferencia cuente con algunas de las características arriba señaladas (son detallitos).

Sin otro particular quedo de ti

Muy Atentamente

martes

Comiendo cine

En ocasiones cuando no pienso sólo en comida, o sólo en sexo, o no pienso sólo en esta combinación, pienso en las combinaciones de, por ejemplo, sexo y literatura y se me va la tarde recordando los libros que he leído en donde el sexo y la cama tienen un rol protagónico. Hay quienes dicen que es pornografía y otros que es literatura erótica. Yo mejor no digo nada.

En estos días de frío se me antojó ver películas sobre comida y cocinas. Entonces me di a la tarea de buscar una lista de películas que incluyeran a estas como un tema en sí mismo. Películas que le hubieran dedicado a la práctica de cocinar, de comer o de compartir la comida un argumento con el fin de contar una historia.

Me acordé de Tampopo (Japón, 1986); del memorable Festín de Babette (Dinamarca, 1987), del drama familiar en La Búche (Francia, 1999), de los platos exóticos de Eat, drink, man, woman (Taiwán, 1993), del sirviente que debía complacer a comensales en Versalles, Vatel (Francia, 2000), de la exquisita Politiki Kouzina (Grecia, 2003).

Encontré por supuesto más que han usado la comida para sus títulos (Chocolat, El olor de la papaya verde, Fried Green Tomatos, por poner unos ejemplos). Sideways, una historia divertida e inteligente para hablar del vino que –por cierto- dejo muy mal parado al Merlot.

Como agua para chocolate (México, 1992) –muy mexican curios, para mi gusto- dejó una imagen espectacular de la cocina mexicana, pues gran parte de la historia pasa en la cocina (espacio social básico e importante de la reproducción cultural en nuestro país), así como de la comida, que como sustancia que penetra los cuerpos promueve, desinhibe y cataliza sentimientos y emociones. Lindas metáforas.

Seguí buscando en mi memoria y en la tienda de videos, pregunté entre amigos. Conseguí varias y ahora tengo una buena selección que no incluye Women on the top (EEUU, 2000), qué mal gusto enlistar esa película como una que trata sobre cocina y comida!.

En fin que en dicha búsqueda me encontré con otro subtema sobre el cine y la falta de comida, o sea   la hambruna,  la escasez y la pobreza. Ya que sobre la otra combinación hay bastaste para leer y es menos triste, les comparto el ensayo de Bettina Bremme sobre “La comida en el cine latinoamericano”, que también trae lista de películas que no estaría mal degustar un dia.

http://www.jornada.unam.mx/2007/09/16/sem-bettina.html

viernes

Menú mixteco…

Chilate rojo o amarillo
Mole sin chocolate (con pollo, guajolote o res)
Tortillas a mano hechas de maíz fresco
Chirimoyas
Ticutas
Empanadas de Xilacayote
Chileajo de puerco con perejil fresco
Amarillo de pollo
Barbacoa de chivo
Totopos con nopales
Granadas
Pozole blanco con hierbasanta
Tortitas de frijoles molidos
Dulce de calabaza
Chayotes con miel
Fraile, pepicha y cilantro
Aguacates criollos
Rdiky de res
Quesillo y queso fresco
Aguardiente y mezcal
Curados de capulín, piña, nanche, coco o guayaba

Mi unico plato de Borscht

Nos conocimos en un restaurante. Bueno, en realidad no nos conocimos, la primera vez nos vimos en un restaurante.
Yo lo vi primero. Él estaba comiendo con un par de amigos y me llamó la atención su traje oscuro y su corbata naranja (color audaz que tambien cubría mi cocina de aquel entonces). Resaltaba de sobremanera con su tez blanca, sus ojos azules y su castaño claro del cabello.
Él me vio después, lo sentí.
Nos vimos directamente a los ojos cuando estábamos, cada quien en su mesa, pagando la cuenta. Él no fue discreto y yo respondí con la misma indiscreción. No me gustan los rubios, pero ese rubio si me gustó (dije lo mismo de los árabes y…). Antes de irme pasé por su mesa y le dejé mi número de teléfono en un papel. No voltee a verlo.
Me llamo al día siguiente por la noche. Por el tono me di cuenta de que como yo, era un extranjero.
Quedamos para el día siguiente en el CCCP, un bar ubicado en la Torstrasse, en Mitte, el centro de lo que fuera la parte oriental de Berlín.
Nos encontramos en la barra a las 10 de la noche. Pedimos un par de cervezas y hablamos de nada pues en realidad nos veíamos los labios y los ojos. Antes de terminar la segunda cerveza ya me tomaba de la cintura y me acercaba a su cuerpo. El tipo sabía a lo que iba y yo también. Estábamos ansiosos.
Yo de niña siempre había tenido curiosidad por la URSS, por su idioma con alfabeto indescifrable, por el tamaño de su geografía, por todo lo que se decía sobre los “ruskys”, por Lenin embalsamado y Trotsky asesinado en México, por la literatura, por el símbolo de la hoz y el martillo, por la arquitectura de San Basilio, por todo lo que parecía tan diferente. La URSS era para mí la imagen de otro planeta y los rusos habían sido enigma.
Pero de nada de eso trató la conversación de esa noche. Ni de ninguna otra.
Después de intentar ubicarnos en algo para evitar la realidad –que no teníamos nada de que hablar-, decidimos ir a comer. El ruido y el humo de cigarro fueron una excelente excusa para salir del CCCP.

El ruso me llevo al “Borscht”. Un restaurante de comida de su país que yo absolutamente desconocía (tanto el sitio, como la comida de su país, y en ese entonces su país también).
Llego hablando ruso y todos le contestaban en tan singular lengua. Pidió dos vodkas para calentar el estomago. O al menos esa entendí era la intención de tomarlos sin haber comido algo antes. Me presento a sus amigos y conocidos. Demasiados Vladimires, Ivanoves, Paveles, Alexanderes, Sergeis, y todos esos nombres que abundan en La Madre de Máximo Gorki.
Al sentarnos nos pasaron dos platos con Borscht precisamente. Ahí conocí esta típica sopa rusa de betabel, col y crema que es una delicia hasta para quienes, como yo, odiamos el betabel. Después vino el pastel de poro, cebollas y papa en una pasta de hojaldre, con una sencilla ensalada de pepino, pilav y zanahoria y un plato de pelmenis (los raviolis rusos).
Yo estaba concentrada en la comida y esperando irme de ahí lo más pronto posible. Me entretenía ver al resto de los comensales –en su mayoría rusos-, con quienes compartía una larga mesa. Imaginé que estábamos en una taberna de un pueblo siberiano perdido en la blanca nada. Me acordé de Ana Karenina. Esa noche hacia frío también en Berlín. Extrañé no tener la confianza -y que los rusos no la provocaran- para pedir un poco de lo que había en otros platos para probar la variedad.
Sin embargo el vodka seguía fluyendo, así como el pan con un queso ácido y salado que combinaban con jitomate fresco.
El ruso hablaba y hablaba sin parar en su lengua materna y paterna con todos a su alrededor; su rostro se enrojecía por el calor del vodka. El mío por las miradas provocadoras que me lanzaba. Seguramente hablaba de sus planes conmigo pues miembros de su público también me lanzaban miradas, que no provocadoras, pero si curiosas.
Después de un rato alguien tuvo la amabilidad de preguntarme sobre mi procedencia y hacer algo de conversación. Me dijo que, por mi apariencia física, podría ser de alguna de las regiones del sur de Rusia. No supe si era un halago o un insulto. También me dijeron que me parecía a Frida Kahlo. Quise suponer que lo decían por el hecho de que iba a darle asilo sexual a un ruso y no por el bigote.
Después de comer pasaron el postre. Unas oladi, croquetas de manzana y zanahoria espolvoreadas de azúcar glas. Un cierre perfecto.
El ruso me preguntó sobre mis planes para esa noche. Era la una, “por dios! rusky, que pregunta!”.
Nos fuimos a su casa que, casualmente, estaba a dos cuadras del lugar.
Me ofreció algo de beber. Otro vaso más de vodka y te juro que vomito el borscht, le dije amablemente. Omitió la insistencia y nos dirigimos al sofá ya que el ruso vivía solo.
El sexo fue bueno, aunque me sobró alcohol y a él le faltó, por aquello que el alcohol desinhibe. Las miradas que lanzaba eran más cachondas que el ruso en si.
Era la primera vez que me acostaba con alguien tan eslavo, con un sexo tan rosado (de color, no de textura). Era demasiado ruso, por así decirlo. Esa primera noche preferí no quedarme. Y después se me hizo hábito pues la curiosidad de volver a verlo una segunda vez me hizo verlo muchas otras noches.
Se volvió itinerario, rutina y agenda de invierno. Sólo nos veíamos para lo mismo, casi siempre en un restaurante italiano y después siempre en su cama. Comodidad buscada y concedida. El ruso era un fan de las pastas y la pizza, no volví a comer Borscht con él, a pesar de que se lo pedía con el mismo entusiasmo con el que le pedía mi orgasmo semanal. Cada semana imaginaba que iríamos a comer Borscht antes de ir a la cama. No sucedía.
No sabíamos mucho el uno del otro y cuando hablábamos mentíamos descaradamente. Él había aprendido muy bien alemán, pero su conocimiento de inglés y español era nulo. Como yo tenía pocos meses en la ciudad, la conversación era básica, de “Grundstufe”. Nunca hablamos ni de Tolstoi, ni de Dostovyeski, ni de Gogol, ni de Chejov, ni de ningún grande de las letras de su país. Nunca le dije que uno de mis sueños era ir a Moscú. Nunca lo invite a mi casa, nunca dormimos juntos.
La cosa no iba ni mal, ni bien. Más bien no iba.
Un buen día el ruso me dejó. Sin explicaciones, sin demasiadas palabras, sin pasión, sin pleitos, sin ternura, sin disculpas.
En la única llamada que nos hacíamos a la semana para ponernos de acuerdo para el encuentro, me dijo que ya no nos veríamos más. Me dijo que había sido un placer conocerme, que el tiempo que paso conmigo lo paso bastante bien, que se divirtió mucho (ah! gracias) pero que no creía necesario (nuetzlich! dijo el eslavo) que nos siguiéramos viendo. Entonces el ruso dejo de ser un enigma.
Yo no hice drama. Pues no era para tanto, aunque dejo un raro vacío de algo. Creo que fue de ese buen plato de Borscht.

jueves

La Biznaga...un cactus mestizo en Oaxaca

Después de mi natal Baja California, Oaxaca es el estado que mejor conozco, al que más he visitado y en el que más tiempo me he quedado. Cuestiones de trabajo me llevaron en 1999 a conocer la ciudad capital. Después me ha tocado recorrer los valles, las sierras, el itsmo y la costa. Me gusta estar en Oaxaca, me gusta el clima, me gusta la gente, me gusta el ambiente, me gusta la artesanía y la ropa, me gusta la música y cuando estoy ahí me siento como en mi casa.

La comida fue obviamente uno de los elementos que me enamoró del lugar. El mole en sus varias presentaciones que es motivo de un festival de manteles largos durante julio en la capital. El mezcal, el tejate, las tlayudas, los tamales en hoja de plátano, el chocolate en agua, el buen café de la sierra, los helados de garrafa de la iglesia de La Soledad y tantas otras delicias hacen de la cocina oaxaqueña una de las mas ricas del país.

Pero cuando ya se conoce tan bien el folclore culinario, nada más refrescante que visitar un oasis de sabores nuevos y variados, de combinaciones arriesgadas y exóticas, y por que no hasta eróticas.
Eso es La Biznaga, un restaurante muy original ubicado en una vieja casona con patio interior en el centro de Oaxaca.

Conocí el lugar invitada por un colega antropólogo al que también le gusta comer bien. Después he vuelto sola varias veces. El sitio es muy agradable. Las mesas están ubicadas en el patio central de la casa, con un gusto rusticon pero refinado. A la izquierda hay una barra larga con un buen número de distintos licores, también una variedad de cervezas que incluye algunas europeas. Sirven vino tinto o blanco por copa o por botella.

El personal es amable y el ambiente es bastante relajado. Las veces que he estado ahí he comido con música muy bien elegida, electrónica suave, chill out, algunas mezclas de jazz con electrónica, o Lila Downs cuando se ponen oaxaqueños.

Generalmente doy banderazo de salida con un mezcal de cedrón de la casa. Ahí sirven uno que se llama Los Palenqueros. Además de las naranjas de rigor, te sirven una botana de zanahorias con limón, sal y chile.

El menú está escrito en dos pizarrones grandes que cuelgan de una viga, quedando frente a las mesas. Se enlistan, en el pizarrón del lado derecho las entradas, las sopas y las ensaladas, mientras que el pollo, la carne, el pescado y los postres en el del lado izquierdo.
A mi me gusta mucho empezar con Las Calendas, que es una hoja grande de hierba santa asada rellena de queso, flor de calabaza y rajas de chile poblano. No recuerdo haber pedido otra entrada distinta, porque a mi la hierba santa me encanta. Me he saltado generalmente las sopas -de cuatro quesos, de verduras, tipo crema o caldo- pero la silvestre con champiñones y tocino es una delicia.

Después sigo con una ensalada. Me gusta la Fresca con espinacas, toronja, nueces picadas y tocino y me gusta la Tehuana con berros, pera, roquefort y pistachos. Siempre me tardo mucho en decidir el plato fuerte pues todo se me antoja. Conozco el pollo Sandunga con plátano macho en mole de guayaba que es una delicia, también el filete de res El Necio, en salsa de chile pasilla, ciruela y mezcal, semi-acidito. He comido el filete De la Sierra, que es un pedazo de tasajo con hongo portobello, nuez y queso de cabra, un poco picosito. El pescado Al Pastor que es riquísimo, servido en una cama de piña, nopales y cebollitas. Generalmente la guarnición es arroz y sirven tortillas de maíz. La última vez me decidí por los camarones al Ajillo, servidos en una cama de arroz con una salsa de mole de tamarindo y rodajitas de chile frito. No me arrepentí.

Todo, absolutamente todo vale la pena probar, por eso hay que dejar espacio para el postre.

Conozco el Cinco hermanos que es una mousse de chocolate con guayaba; el Susto (mi favorito) que es un flan de coco con una salsa de cajeta al mezcal y la Lechuza: tarta de almendra con pera y un jarabe de chocolate. También tienen típicos helados de garrafa.

Ir a La Biznaga es una experiencia, y no lo digo porque vi ahí una vez comiendo a Pedro Armendáriz Jr., sino por el viaje de sabores tan variado y tan distinto que ofrece su singular menú. No deja de ser comida mexicana con ingredientes de la región, pero combinados con ingredientes de otras partes el resultado son combinaciones pertinentes y gustos distintos.
A precios bastante razonables, La Biznaga es uno de mis lugares favoritos para comer en México. Contrario a su nombre, no es un cactus en el seco desierto, el sitio es un bálsamo en el centro de la capital oaxaqueña.

Info: www.myspace.com/labiznaga (una actualización y mejor diseño no les vendría mal).

viernes

El conocedor. Vinos, placeres y sabores.

Es un placer (un vicio casi adicción tambien) abrir una revista de cocina. Por mas sencilla que sea me entretengo con las recetas, las fotografías y los útiles “tips” que aparecen en recuadros.
Pero hojear una que incluya artículos para instruir y compartir el conocimiento sobre productos y delicias varias ya es un lujo. Esto fue para mí descubrir, (si, apenas la descubrí), la revista “El Conocedor, vinos, placeres y sabores, edición México”.
Lamentablemente me he perdido los seis números anteriores. Compre el siete y el ocho. Ninguno tiene desperdicio.
La edición esta muy bien cuidada, con fotografías seleccionadas y artículos bien escritos que captan la atención desde la primera línea. Me gusto mucho que le dediquen el mismo número de páginas tanto a la bebida como a la comida.
El numero siete esta dedicado a ilustrar sobre los vinos australianos, sudafricanos y neozelandeses, mientras que el ocho lo hace sobre los vinos del viejo mundo. En ambos números cada vino se comenta en relación a su color, aroma, sabor, maridaje y precio. Tambien encontré que en cada numero hay un articulo dedicado a una cepa distinta (en el num. 7 al Syrah, en el num. 8 al Merlot), supongo que así será en los números siguientes. Hay un reportaje sobre los vinos blancos mexicanos (num. 7) y otro sobre lo que es el vino, su composición y elaboración (num. 8).
El área dedicada a sabores se llena de reportajes sobre cocineros afamados, restaurantes en el mundo, viajes gourmet (por ejemplo uno a Tailandia, en donde absolutamente se come fenomenal lo se por experiencia propia) y tambien hay algunas recetas de cocina. El num. siete mas bien dedicado a la cocina oriental (artículos sobre el sushi y su “pe a pa” para prepararlo y una receta de helado de te verde) contrasta con la degustación de quesos que en el siguiente numero se nos invita a hacer, con lista de precios y maridaje incluido, porque “con buen queso y mejor vino, mas corto se hace el camino”.
Los placeres cierran la edición con reportajes sobre ciudades, reseñas sobre libros y uno que otro ‘tip’ sobre tendencias.
El conocedor es una revista para conocer, para aprender y para convertirse en eso: en un conocedor. Es referencia obligada, me parece, para quienes tenemos la pasión por la cocina y el vino, sin ser catadores expertos o chefs reconocidos, para quienes buscamos aumentar nuestro conocimiento del universo del gusto y del sabor. La revista nos muestra en unas paginas una parte de lo que forma el inmenso e inabarcable mundo del buen comer y de la bebida de Bacco, con un buen gusto editorial.
Por eso aplaudo el proyecto deseando que vengan más números de tan interesante revista.
Salud!

Los beneficios de la yoga...

Flexibilidad, elasticidad, firmeza, tonicidad, fortaleza, relajación y sobre todo cero estrés.


Gracias India, por tu inmensa sabiduria...

El oasis en mi desierto.


Yo había hecho un recorrido por otras ciudades del país. Ahí fui porque el desierto me llamaba. Una casualidad nos hizo ir juntos atravesando todos los paisajes posibles en un viejo Mercedes beige. Música tradicional islámica acompañaba el recorrido. Teníamos una bolsa con naranjas que compartíamos entre los cinco: cuatro beréberes y yo. Había intentos de comunicación, ellos, los marroquíes, intentando un mal inglés, yo un mal francés.

Los idiomas no coincidían pero había una camaradería que el viaje provocaba. Ellos trataban de explicarme lo que íbamos viendo en el camino, el atlas, las cumbres nevadas, los “kasbah” y los oasis. Me llamaron la atención sus ojos oscuros como su cabello y su piel morena. Él no era el más guapo pero si el más serio de todos. Yo hacía intentos por provocar una conversación pero no hablo árabe marroquí ni tampoco francés, el no hablaba español, ni inglés. La atracción se alimentaba de miradas calculadas y oportunas, tímidas y discretas, atrevidas y directas.

Al llegar al desierto nos instalamos en una “jaima” o tienda de campaña hecha de tapetes bordados. Ellos tomaron una grande, dejándome a mí una pequeña. Estábamos en Merzouga. Después de lavarme y dejar las cosas en un aposento que olía a canela, con una cama cubierta por velos de colores y rodeada de cojines, con luz de velas, fui a unirme al resto del grupo para cenar.

Había un manjar servido en una mesa bajo las estrellas. Pollo al limón amarillo con aceitunas, borrego en salsa de ciruela pasa con almendras, una riquísima pastilla de carne y carne de camello asada, todo cocinado y servido en tajine de barro. La comida la compartimos entre sonrisas, cuscús, pan, té a la menta e intentos de pláticas. Ellos se divertían hablando ese idioma que El Profeta conoció. Él y yo intercambiábamos miradas.

La luna y el cielo estrellado invitaban a dar una vuelta por las dunas iluminadas. Me levanté y dije que iba a caminar por las olas de arena. Comprendieron sin entender y él se ofreció a acompañarme. Se levantó y me siguió.

Me dijo algo en un francés con un acento árabe que me provocó un estremecimiento. Cuando el idioma no es el código de comunicación es más fácil comprender lo que un cuerpo expresa. No necesitábamos hablar mucho, la oscuridad –cómplice infalible- ayudaba. Me tomó la mano y caminamos hasta llegar a una alta duna.

Sentados viendo el cielo intentábamos hablar, pero el silencio fue lo más prudente. Al oler la mezcla de especies, menta, sándalo, dátil y canela de su piel morena, enloquecí. Me atragante con su aroma. Aspiré su olor hasta que el deseo me invadió el cuerpo. Me acerqué a su boca y él respondió con un beso húmedo que aun sabía a limón amarillo.

Nos fuimos a mi “jaima”. Las velas reflejaban sus flamas sobre las paredes de colores y bordados. Nos metimos bajo los velos y nos desnudamos de prisa, jadeando de ganas. Tenía el pene más grande y oscuro que he visto en mi vida. Sin turbante y sin la ropa típica del deserto me sorprendí viendo el miembro más impresionante que jamás hubiera tenido dentro.

Él decía cosas en francés, yo las decía en español: estoy segura que decíamos lo mismo. Movía la pelvis con la maestría de un experto. Me llevaba a la cima sin permitirme llegar. Me prolongó el gusto y las sensaciones hasta que decidí subirme a él y pedírselo. Estábamos hechos un lago, teníamos toda la humedad que el Sahara necesitaba.

Éramos el oasis en medio del desierto.

Así se nos hizo de día. El sol del amanecer le daba a las dunas una sombra particular. Arropados con las cobijas salimos a ver el espectáculo de arena. Saciada salí de mi aridez de mucho tiempo. El desierto que me habitaba se quedó al sur de Marruecos, junto con el oasis que entre sábanas también deje.

El placer femenino de hacer el mole...

En la mixteca de Oaxaca el mole es el plato especial para la fiesta. Sea esta bautizo, primera comunión, XV años, boda o cuando se festeja que se termino una casa el mole forma parte del ritual o mas bien el mole es el ritual. Mole es sinónimo de fiesta, la gente no pregunta “¿vas a ir a la fiesta?”, pregunta: “¿vas a ir al mole?”.

Mole es lo que se regala cuando se establecen lazos de compadrazgo, es lo que se da para retribuir la ayuda recibida en la realización de una fiesta, es lo que se espera de recompensa cuando se lleva el presente (un cartón de cervezas, tortillas y chiles secos) a una fiesta. Y es lo que los invitados comen cuando van a una fiesta.

De pollo, guajolote, res o puerco el mole no puede faltar. Con tres o cuatro variedades de chiles, especies varias –ajonjolí, canela, almendras, orégano, clavo, pimienta, tortilla quemada, hoja de aguacate- entre otras, ajo, cebollas, jitomate, tomate verde y caldo. Espeso, oscuro y picoso, el mole de la mixteca no tiene comparación.

Para que el mole quede como debe quedar se hace en cazuela de barro, con leña, y con la sazón de muchas manos. Las mujeres se reúnen a limpiar los chiles, desvenarlos, tostarlos, remojarlos, molerlos en el metate, lo mismo hacen con los recaudos y con los otros ingredientes.

Hacer el mole, calcular las cantidades de cada cosa, medir los ingredientes, poner la cantidad de caldo suficiente para que hierva y espese, para que sazone no es conocimiento del dominio público. Es conocimiento de algunas mujeres viejas, de quienes han aprendido haciéndolo, de quienes conocen el proceso del mole y sus mañas.

Cocinar un buen mole forma parte del reconocimiento popular. Quien hace un buen mole es llamada para hacerlo en una fiesta grande, en un compromiso importante. Quien hace el mole es la autoridad en la cocina, ordena, manda, pide, exige, y la cocina toma el ritmo que la molera toca.

Reunión de dos días que las mujeres aprovechan para platicar, echar el chisme, tomarse las cervecitas y los tragos de licor que en otro contexto no se tomarían. La cocina se convierte en ese espacio público, abierto y político, de expresión propia y netamente femenino y el mole en el pretexto perfecto, la excusa adecuada, la razón que no se cuestiona.

La mujer que hace el mole en la mixteca tiene la autoridad y el reconocimiento comunitario, acumula prestigio, maneja poder. Quienes ayudan a hacer el mole aprovechan el espacio de liberación. En la mixteca oaxaqueña el mole no es el motivo de la fiesta, para las mujeres el mole es la fiesta.

sábado

Hoy mi vida...

Mi vida hoy tiene sexo todos los días. Buena comida y bebida. Mucho tiempo para compartir a la mesa y en la cama. Se acabaron las tardes de soledad, las noches con la mano entre las piernas, las mañanas tratando de mantener el sueño erótico. Mi sueño tiene carne, dura, larga y gruesa, de día y de noche.
Mi vida hoy tiene besos calientes, un cuerpo tibio, una risa cómplice y una petición distinta todos los días: pollo, vagina, pasta, culo, mariscos, boca, sushi, cara. Se terminaron las recetas de “Cocina para dos” que yo realizaba para dos días seguidos. Ya no repito guisado, aunque repita embutido.
Mi vida hoy tiene miradas libidinosas, un paladar exigente, una botella de vino a la hora de la cena y posiciones acrobáticas en la cama. Se puso fin a las tardes imaginando, a las noches fantaseando, a los días extrañando. Ahora él esta aquí, a mi lado, haciéndose presente en olor, calor, textura, sabor, como un buen estofado al horno, como un buen asado a la madera, como una ensalada fresca, como una sopita caliente, como el dulce del postre.
Mi vida hoy tiene una estufa que se usa todos los días como la cama en la que se duerme y se coge, como debe ser, como, si existiera, dios mandaría.

viernes

Eating Baja...

No hay nada que yo extrañe tanto estando fuera de Baja California como la comida. Desde que me fui de ahí hace ya 8 años, mis visitas son siempre a la familia y a lugares para comer.
Llegó derechito a comer tacos de pescado, ceviche, langosta, burritos del Bol Corona o taquitos de La Especial. Siempre llegó a comer lo típico, la comida con la crecí, los sabores que reconozco y me remiten a mi pasado fronterizo. Pero en mis recientes visitas he ido descubriendo otro tipo de comida que se hace llamar de Baja y que me esta dando agradables sorpresas.
Lo que se conoce fuera de México y se cree típico y propio deriva de la cocina poblana, yucateca y oaxaqueña, además de los conocidos antojitos con T. Son los referentes dominantes de la comida nacional que se erigen como iconos de una cocina mundialmente famosa.
Sin embargo pocos saben de los tesoros que se esconden en lugares donde lo popular y masivo (léase puestos de tacos o de mariscos) disimula el desarrollo de otra cocina, menos popular tal vez y por eso más exquisita.
Ahí donde la comida típica incluye los famosos tacos de pescado, la langosta de Puerto Nuevo, la adoptada comida china, el ceviche y los tacos de carne asada (que, btw son los mejores del país, digan lo que digan), poco a poco se ha ido descubriendo otro sabor regional.
Más allá de lo que todo visitante come por que es obligación, hay una preocupación de expertos y restaurantes por recuperar sabores, ingredientes, animales y combinaciones que remiten a la flora y fauna de una región singular de desierto y mares. Y eso hay que compartirlo y aplaudirlo.
Mi última visita a Tijuana incluyó lo de siempre. La comida de rigor en Las Playitas de la calle 6ª. Típico lugar para comer mariscos en donde, en esta ocasión, empecé con media docena de ostiones frescos, seguí con la tostada de ceviche, la almeja gratinada, un cóctel de pulpo, y cerré con una orden de los increíbles tacos “gobernador” de camarones con queso cocinados a la plancha. En esta ocasión omití los camarones al coco que son una delicia en ese lugar y también pase del medicinal caldo de mariscos pues hacia calor ese día (y, además, no estaba cruda).
Otro día llegué por los tacos de pescado y camarón estilo Ensenada con su repollo, salsa y crema. También por los ancestrales tacos de lomo de La Especial de la avenida Revolución con su salsita roja y su pedazo de zanahoria curtida. No pude resistir comerme unos tacos de carne asada con su rebanada de aguacate como los sirve Don Esteban en el centro de la ciudad una noche antes de entrar a La Cervecería Tijuana a beber morenas de barril.
Como ya se hizo costumbre durante mis visitas al terruño no dejo pasar la oportunidad de comerme un chile en nogada en el Bol Corona, que aunque no es típico de la región, si es, junto con los burritos, un clásico del lugar. Tampoco dejo pasar ir al histórico Hotel Cesar y pedir la ensalada de la casa cuyo aderezo es preparado a la vista del comensal.
Para recuperar el gusto por lo autóctono pasé a comer una codorniz asada, y conejo en otra ocasión al Potrero. En una reunión familiar me regocije comiendo chuletas de borrego (que no cimarrón) asadas.
Pero mi última cena antes de salir fue de antología como siempre que he ido a La Querencia. Lamentablemente ha sido sólo en tres ocasiones, pero siempre sucumbo a la misma tentación: pido las entradas. Jamás he pedido un plato fuerte por lo que mi experiencia deriva de pasar horas comiendo una cosita tras otra con cerveza oscura o copas de vino tinto. Ahí se descubre y redescubre el placer de las entradas, de probar poco de mucho y llenarse de sabores completos.
El lugar es agradable, aunque raya en lo fresa. Pero cuando yo quiero comer bien ignoro las conversaciones en las mesas ajenas y las miradas que me recorren cuando no cumplo con el estándar esperado de los clientes habituales. A pesar de la gente el lugar no es de etiqueta, aunque nadie con menos de 250 pesos destinados para comer iría a sentarse al restaurante.
Me encanta la manera que tienen de presentar el menú: en un pizarrón para que siempre este a la vista y no deje una de pensar en lo que sigue. Tampoco la cocina esconde demasiado por lo que los olores llenan los sentidos que se siguen deleitando en cuanto llegan los platos. Yo veía el ajetreo de la cocina pues le di la espalda al mundo en cuanto llegue al sitio. Me senté de frente a la barra en donde tres chicas y un chico ayudantes de cocina picaban, pelaban, partían ingredientes diversos y calentaban tortillas.
Pedí una cerveza oscura y empecé con el “shot” de almeja que es obligatorio sobre todo para los amantes de los mariscos (como yo). Con un saborcito de tomate y vodka es una excelente manera de abrir el apetito. De hecho el balazo me llegó antes que el pan que de rigor ponen de entrada con las cuatro salsitas de distintas intensidades de picor y sabor.
Para seguir en la línea marina pedí el ostión Rockefeller que no tiene comparación. Servido en una cama de sal de mar, gratinado con una combinación de queso, un poco de espinaca y coronado con una pizca de ajonjolí el ostión que fresco es exótico así se vuelve altanero.
Una vez limpia la concha, pedí los chiles güeros capeados. Uno relleno de marlín y el otro relleno de borrego. Ambos son una delicia. El capeado es perfecto, crujiente y total.
Después de los chiles pasé a los tacos que son clásicos de La Querencia. Uno de pato, otro de borrego y otro de ostión. Los primeros los había comido antes. El borrego está guisado de una manera tan particular que le rebaja el fuerte sabor (y olor) a este tipo de carne. El pato está marinado y asado, servido con una hoja de lechuga escarola morada.
El de ostión fue mi debut y me enamoró. Capean las piezas como el pescado para el taco. El taco no necesita nada más que una salsita. Es una delicia suave. Jamás había comido ostión de esa manera y me quedé prendida de la ostra. Bendije San Quintín y sus criaderos y maldije los años que pasé sin poder pasarme un ostión ni crudo ni cocinado cuando me llevaban hasta allá y no apreciaba la maravilla de su sabor.
Para cuando me terminé el último taco ya había pasado hora y media. Me terminé la tercera cerveza y decidí irme sin postre porque no quería matar los sabores que aun tenía en la boca. Faltaba poco para irme al aeropuerto y quería recordar algo al dejar la Baja California que es, aunque pocos lo sepan otro de los lugares mexicanos en donde se come muy bien.

martes

hambreada...

tengo hambre.
y tengo planes para ti.
como a una cebolla que se pela, te retiraré las capas de ropa que lleves puestas. como a un plátano que se le retira la cascara, te voy a liberar el miembro de su piel para dejar al descubierto la cima de tu placer. como a un plato con cajeta te voy a recorrer con la lengua.
como a un plato fuerte te voy a degustar con gusto.
como a un postre te voy a probar con lujuria y en pequeñas cucharadas.
te voy a morder, a chupar, a lamer, a exprimir.
te voy a calentar y no voy a dejar que te enfríes hasta que yo este absolutamente satisfecha y saceada.
porque llevo hambre acumulada y ahora eres tu quien puede alimentarme.